Ni guapas ni feas: retoques estéticos que clonan un mismo modelo de rostro
14 DE MAYO DE 2026 / 07:30
En un momento en que la cara parece haberse convertido en una tendencia más, cada vez resulta más difícil distinguir entre mejorar y transformarse. Hay tratamientos estéticos que acaban con tu identidad.
Beatriz Hernández
Fundadora de The Other Beauty
Carolyn Bessette-Kennedy, una belleza de las de antes del cortar y pegar. FOTO: Tyler Mallory/Liaison/Getty.
Con el furor que ha desatado la última serie de Ryan Murphy, Love Story, las redes sociales no dejan de mostrarnos imágenes de John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette. Al menos a mí, que confieso he visto todos y cada uno de los capítulos.
De toda esta avalancha mediática que está circulando desde su estreno, hay un reel que no se borra de la memoria. Partía de una fotografía de Carolyn y, poco a poco, iba transformando su rostro: labios más voluminosos, pómulos más marcados, una nariz retocada. En cuestión de segundos, esa cara tan reconocible se convertía en otra completamente distinta. Más actual. Más 'perfecta'. El resultado era curioso: ya no era Carolyn. Había perdido su esencia. Y se parecía a muchos de los rostros que vemos hoy constantemente en redes e incluso a nuestro alrededor. Esos falsos retoques estéticos habían engullido su identidad.
Lo que la hacía bella y única no era un rostro simétrico o perfecto, sino precisamente lo contrario: esa sonrisa abierta que iluminaba su cara, que incluso acentuaba su nariz, unos ojos azules enormes con los párpados ligeramente caídos. Su rostro tenía algo cada vez menos frecuente: personalidad.
Ese reel no es solo un ejemplo de transformación estética. Es un reflejo de lo que estamos viviendo.
Durante mucho tiempo, el rostro fue entendido como algo profundamente ligado a la identidad. El lugar donde se inscribía la historia de nuestra vida: el paso del tiempo, las emociones, incluso el carácter. No era intercambiable. No respondía a tendencias. Hoy, sin embargo, algo ha cambiado. Cada vez es más frecuente ver caras que comparten los mismos rasgos. No se trata tanto de parecer más joven, sino de parecer de una determinada manera. De encajar en un patrón reconocible. La cara, como la ropa o el maquillaje, ha entrado en el terreno de las tendencias.
Las redes sociales han tenido un papel clave en este cambio. La repetición constante de ciertos rasgos ha ido configurando una estética dominante, una especie de 'cara global' que se reconoce al instante. En este contexto, los tratamientos estéticos ya no buscan solo corregir o mejorar, sino también transformar. Aproximarse a lo que asociamos con el canon de belleza.
El resultado es una paradoja interesante: nunca ha habido tantas herramientas para personalizar la apariencia y, sin embargo, cada vez vemos caras más parecidas entre sí.
Pero cuando la cara se convierte en tendencia, deja de ser solo una cuestión estética. Empieza a tener implicaciones más profundas. Porque el rostro no es solo lo que mostramos, también es cómo nos reconocemos. Es nuestra identidad y no deja de ser un error caer en esos retoques estéticos de cortar y pegar que clonan un modelo estandarizado de mujer.
Recuerdo una historia que no se me ha olvidado. Allá por los años 90, y un amigo me contó que un familiar suyo se había realizado un lifting. Cayó en una depresión profunda porque cada mañana se miraba al espejo y no se reconocía. Aquello se me quedó grabado en lo que yo llamo 'mi memoria selectiva'.
En mi opinión, no se trata de cuestionar los tratamientos estéticos en sí. Probablemente, esta persona hoy tendría un resultado muy diferente. Forman parte de una evolución natural: si algo nos incomoda y existe la posibilidad de mejorarlo, es lógico querer hacerlo. La cirugía estética y, cada vez más, la medicina regenerativa ha abierto un campo interesante en ese sentido.
Pero, como en todo, la clave está en cómo se utilizan estas técnicas y en qué momento.
La doctora María Mancha de la Plata, especialista en cirugía maxilofacial y firme defensora de utilizar estas técnicas para mejorar —pero no para transformar—, apunta a algo que va más allá de lo puramente estético: el impacto en la expresividad y, por extensión, en nuestras emociones.
"Nuestras emociones se reflejan en el rostro de forma automática. Pero también ocurre lo contrario: el rostro influye en cómo nos sentimos", explica. "Al relajar determinados músculos, como los del entrecejo, no solo se suavizan los gestos de enfado o preocupación, sino que también se reduce la señal que enviamos al cerebro asociada con esta emoción, por lo que mejora tu relación con los demás y también contigo, tu cerebro va a procesar que todo va bien". Por eso se dice que el bótox mejora tu humor. O, al menos, el que perciben los demás de ti.
Pero también advierte de la otra cara: "Si paralizamos en exceso ciertas zonas, podemos perder parte de nuestra capacidad de expresión. Y la expresión es nuestra forma de comunicación, es vínculo, es identidad. Los ojos son un componente esencial en la sonrisa. De hecho, se dice que la sonrisa verdadera es con los ojos. Si como profesionales paralizamos mucho esta zona estamos bloqueando la sensación de alegría".
De ahí la importancia de no eliminar todo aquello que nos identifica, porque en ese intento de borrar líneas también podemos estar limitando la forma en la que sentimos, y nos relacionamos con los demás. Un ejemplo claro lo vemos en otra serie de Ryan Murphy, All’s Fair: bastan unos minutos para comprobar lo difícil que resulta conectar con el personaje de Kim Kardashian. Su expresividad es tan limitada que apenas permite intuir cómo se siente. Solo cuando aparecen las lágrimas en su rostro podemos intuir algo…
Como resume la doctora Mancha de la Plata: "No es tanto una cuestión de intervenir o no intervenir, sino de entender qué estamos modificando cuando lo hacemos y, sobre todo, de no perder nuestra esencia y nuestra identidad".
Miro a mi alrededor y veo que las personas que me resultan más atractivas e interesantes tienen caras con alma, caras vividas, con huellas de todas las emociones que han atravesado. Y me gusta. En un entorno donde todo tiende a parecerse, lo verdaderamente atractivo empieza a ser aquello que todavía conserva identidad. Ahora bien, también te digo: no me gustan mis 'líneas de marioneta', causadas por la flacidez, no por las emociones. Así que sí, estoy buscando soluciones.
Y quizá ahí esté la cuestión. No en elegir entre natural o intervenido, sino en encontrar un equilibrio en el que sigamos siendo reconocibles por los demás y, sobre todo, por nosotros mismos.
Beatriz Hernández Beatriz Hernández es fundadora de The Other Beauty, una consultoría de belleza y bienestar desde la que desarrolla proyectos de contenido, curaduría y estrategia vinculados a este universo. A través de artículos, encuentros y colaboraciones, explora temas relacionados con la identidad, la estética y las nuevas formas de entender la belleza y el bienestar desde una mirada reflexiva.