Dormir no debería ser un lujo
22 DE JULIO DE 2026 / 07:30
Hemos normalizado el cansancio crónico por falta de sueño y asociamos descanso a improductividad. Y nos está costando la salud... y dinero.
Elena Urrestarazu Bolumburu
Especialista en Neurología y Neurofisiología Clínica
Hay quien lleva años levantándose cansado y ha terminado creyendo que eso es lo normal. Foto: Mikhail Nilov
Vivimos en una sociedad que sigue premiando a quien duerme poco. Madrugar mucho, acostarse tarde y ‘aguantar’ el ritmo se interpreta a menudo como una señal de compromiso, productividad o incluso éxito. Mientras tanto, dormir bien ha pasado a verse casi como un capricho reservado para quienes tienen tiempo. Frases como ‘ya dormiré cuando pueda’ o ‘con cinco horas voy bien’ siguen estando sorprendentemente normalizadas. Pero dormir las horas necesarias no es un lujo: es una necesidad vital.
En consulta esto se ve constantemente. Hay personas que apenas pasan cinco horas en la cama porque priorizan el trabajo, las relaciones personales, el ejercicio o simplemente tener un rato para desconectar viendo redes sociales o series antes de dormir.
El problema es que el sueño suele ser lo primero que sacrificamos cuando el día no da para todo. Y muchas veces no somos conscientes del precio que pagamos hasta que aparece el cansancio persistente, la dificultad para concentrarse o la sensación de no recuperarse nunca del todo.
Porque dormir no es perder el tiempo. Es una función biológica imprescindible. Durante el sueño el cerebro organiza información, consolida recuerdos, regula emociones y elimina sustancias de desecho que se acumulan durante el día. El cuerpo repara tejidos, ajusta hormonas y fortalece el sistema inmunitario. Dormimos porque necesitamos hacerlo para funcionar correctamente, igual que necesitamos alimentarnos o respirar.
Sin embargo, seguimos tratando el descanso como algo secundario. A menudo presumimos de agendas llenas y jornadas interminables, mientras dormir ocho horas parece casi un lujo inalcanzable. Lo preocupante es que esta normalización del cansancio ha hecho que muchas personas no identifiquen como problema vivir agotadas. Hay quien lleva años levantándose cansado y lo interpreta simplemente como ‘lo normal’.
Hay quienes normalizan dormir cinco o seis horas porque ‘siempre ha sido así’. Otras llegan a consulta diciendo que ni siquiera se sienten cansadas, aunque duerman muy poco. En algunos casos el nivel de estrés sostenido, el exceso de cafeína u otros estimulantes mantienen al organismo en un estado de activación constante que enmascara temporalmente la fatiga. Pero que alguien no perciba sueño no significa que su cuerpo esté funcionando bien.
De hecho, cuando una persona vive durante mucho tiempo privada de sueño, puede perder la referencia de cómo se siente estar realmente descansado. Se acostumbran a funcionar con una versión limitada de sí mismos: peor concentración, más irritabilidad, menos paciencia, menor rendimiento físico y mental. Aun así, continúan porque creen que ‘pueden con ello’.
También es frecuente ver cómo desaparece la capacidad de descansar incluso los fines de semana. Hay personas que encadenan actividades desde primera hora, llenan cada hueco del día y reconocen que hace años que no saben lo que es despertarse sin alarma. Hemos normalizado tanto vivir acelerados que descansar empieza a generar incluso cierta incomodidad o sensación de culpa. Como si parar fuese perder el tiempo.
Además, no todo depende de la voluntad individual. Nuestros horarios sociales muchas veces chocan con la biología. Hay adolescentes que deben levantarse cuando su cerebro todavía está programado para dormir. Personas que trabajan a turnos y viven con un reloj interno constantemente alterado. Adultos que llegan a casa tarde y sacrifican descanso para poder tener algo de tiempo personal antes de acostarse.
La tecnología tampoco ayuda. Vivimos hiperconectados y permanentemente estimulados. Muchas personas terminan el día respondiendo mensajes, viendo vídeos o revisando redes sociales desde la cama. El problema no es solo el tiempo que eso roba al sueño, sino la dificultad para darle al cerebro una verdadera oportunidad de desconectar.
Lo paradójico es que seguimos justificando la falta de sueño en nombre de la productividad, cuando ocurre justamente lo contrario. Dormir menos no nos hace rendir mejor: nos hace cometer más errores, concentrarnos peor, tomar peores decisiones y funcionar con más lentitud de la que creemos. De hecho, existen análisis económicos que han calculado el enorme impacto de la privación de sueño sobre la productividad y el gasto sanitario en distintos países. Las pérdidas se cuentan en miles de millones cada año debido al absentismo, los accidentes laborales, la disminución del rendimiento y los problemas de salud asociados al mal descanso.
A veces se habla del sueño como si fuese un problema privado, casi una cuestión de organización personal. Pero sus consecuencias afectan a toda la sociedad. Una población cansada rinde menos, se equivoca más y enferma más. Resulta difícil entender que todavía existan entornos laborales que premien dormir poco cuando el coste económico de la privación de sueño es enorme. Invertir en descanso no es bajar la productividad. Es probablemente una de las formas más eficientes de mejorarla a largo plazo.
Por eso quizá deberíamos empezar a plantearnos una pregunta incómoda: ¿y si el problema no es que la gente duerma mal, sino que hemos construido rutinas incompatibles con el descanso? Hablar de sueño no debería limitarse a dar consejos sobre evitar pantallas o cenar ligero. También implica reflexionar sobre horarios laborales, ritmos escolares y una cultura que asocia descanso con pereza.
Dormir bien no debería ser un privilegio. Debería ser una prioridad de salud pública. Igual que entendemos la importancia de comer bien o hacer ejercicio, necesitamos asumir que descansar es una parte esencial del bienestar físico y mental. Porque cuando el sueño se convierte en un lujo, lo que realmente estamos haciendo es normalizar el agotamiento.
Elena Urrestarazu Bolumburu Especialista en Neurología y Neurofisiología Clínica. Dedicación preferencial al estudio y tratamiento de trastornos del sueño. Acreditada como experta en sueño por el Comité Español de Acreditación en Medicina del Sueño y European Sleep Research Society. Licenciada y doctora en Medicina y Cirugía por la Universidad de Navarra. Es miembro asociado de la Sociedad Española del Sueño, European Sleep Research Society y American Academy of Sleep Medicine.