NO TE PIERDAS Cómo desprenderte de los tabús en el sexo que te impiden disfrutar de tu intimidad

Fantasías, tabús, reprimendas... Todo eso se guarda en nuestra cabeza y con todo eso nos vamos a la cama. FOTO: Andrea Piacquadio/Pexels.

Fantasías, tabús y sexualidad

¿Qué pensaría mi madre si me viera ahora teniendo sexo?

Lo que aprendemos en los primeros años de nuestra vida sobre la intimidad deja un poso en la mente. También arrastramos las experiencias de relaciones pasadas. Y todo eso pesa.

Por Salomé García Gómez

22 DE ABRIL DE 2026 / 14:00

Hay enseñanzas, consejos, mitos y prohibiciones que se nos graban a fuego. Aunque los aprendiéramos de pequeños, siguen ahí, latentes. Incluso aunque de mayores pensemos de forma distinta, hay momentos en los que esas limitaciones se cuelan en nuestro inconsciente y producen incomodidad. Como si oyeras a tu madre riñéndote por hacer algo que a ella le parecía mal. Aunque sea con tu marido y padre de tus hijos, al que adoran e invitan a comer todos los domingos. Son esos tabús que lastran tu sexualidad, incluso bien entrada en la madurez.

La psicóloga y sexóloga Cristina Pérez no lo duda: tenemos que aprender a cortar con todas esas cortapisas adquiridas en la infancia. Y no, no es fácil. 

Las relaciones emocionales de pareja y la sexualidad forman parte de la vida. «Si te pregunto si te educaron en sexualidad, la respuesta rápida más probable es que no. Pero sí, claro que te enseñaron. Tu entorno de niño creó conceptos y valoraciones en torno al sexo», señala la psicóloga.

Estas enseñanzas no siempre se producen de viva voz. «Muchas veces se educa con el silencio. Si yo como niño voy a mi madre y le digo ‘siento esto en mi cuerpo’ y veo a mi madre incómoda, intentando cambiarme de tema o me dice ‘esto son cosas de mayores’ claro que me está educando. Estoy codificando dentro de mí este es un tema del que no está bien hablar. Que hay algo malo. O peor aún: su cerebro rellena esos silencios con fantasías o temores».

Aunque el entorno familiar inmediato —papá y mamá— son el primer peldaño en nuestra educación, lo que sucede en el colegio, con los amigos o en el pueblo también da forma a nuestra forma de entender la sexualidad. «Son muy importantes los comentarios de mi grupo de referencia, de mis amigos, de mis profesores… Cómo codifiquemos la relación con nuestro cuerpo y con el de las otras personas condiciona cómo nos enfrentamos a las relaciones sexuales».

La sexóloga reconoce que puede resultar incómodo abordar el sexo con nuestros hijos. «Sin querer y con nuestra mejor intención les podemos pasar esos tabús sobre la sexualidad. Es lo que sucede cuando decimos ‘si te tocas, te vas a quedar ciego’. Podemos pensar que ‘a mí me educaron así’ y no me he cuestionado si eso está bien o no. Simplemente, lo transmito. Pero estaré contribuyendo a que mi hijo o mi hija no se sienta bien luego con su cuerpo».

Otra falsa enseñanza que puede hacer mucho daño es «en pareja, si os queréis, todo te tiene que apetecer. Ahí nos va metiendo un montón de presiones», apunta la sexóloga.

La falta de educación abierta en casa puede llevar a buscar información en fuentes aún peores. «Si yo no tengo un modelo, tiraré de lo que tenga a mano. Pero, igual que no se nos ocurriría aprender a vivir viendo Batman, el sexo no se aprende viendo porno». 

Somos seres sexuados «desde que nacemos hasta que morimos. En cada etapa de la vida nos relacionaremos con nuestra sexualidad de una u otra forma y eso no tiene por qué ser juzgado como malo», señala la sexóloga.

Tampoco se debe entender el placer sexual como algo negativo. «De hecho, debemos trabajar para mejorar nuestra satisfacción sexual porque sabemos que tiene efectos positivos a nivel físico y emocional», explica.

Y esa satisfacción empieza por deshacernos de los prejuicios que nos impiden tener sexo de forma natural.

Las vivencias a lo largo del día dejan un poso. Cristina Pérez los denomina aceleradores, si aumentan el deseo de sexo, y frenos, si nos remiten a algún trauma del pasado o nos alejan de las ganas de tener un encuentro sexual. «Si te gusta hacerlo nada más levantarte, eso es un acelerador. Pero puede ser un freno si lo dejo todo para el final del día porque tengo trabajo, los niños, el gimnasio…».

Otros frenos son más sutiles. «No me relajo porque no me siento segura de mi cuerpo y solo quiero tener sexo a oscuras. Tengo una paciente que me dice ‘es como si tuviera un pequeño monje dentro de mí que no me deja relajarme. O, lo que es peor, me planteo qué pensaría mi madre si me viene haciendo esto o lo otro en la cama», relata.

Con todo ese ruido es difícil lograr satisfacción sexual. Y algo que es natural, se enquista.

OTROS TEMAS WELIFE

Nadie nos enseña a caminar bien el podólogo nos dice cómo hay que pisar correctamente o el fisioterapeuta nos enseña a colocar bien la espalda para caminar erguidas y no acabar con dolor. «Es paradójico: vivimos en la cultura del esfuerzo para todo, menos para el amor. Y a veces hay que trabajar también la relación de pareja», apunta.

En estos caso, lo primero es la sinceridad. Una forma de trabajar esa confianza cuando no salen las palabras es recurrir al bote de los deseos: un bote donde ambos introducen papeles con lo que les gustaría tener en la intimidad. A sabiendas de que el otro puede aceptarlo o negarse, sin que eso sea motivo de conflicto. «Todos llevamos una mochila de relaciones con parejas complicadas, experiencias sexuales que no nos han gustado o situaciones donde nos hemos sentido incómodas. O, simplemente, parejas que no terminan de encontrar el momento. Las mujeres solemos querer primero la conexión  y luego, el sexo. Ellos son al revés: si tienen ganas, prefieren tener antes el sexo y luego ya llega el momento de conexión».

Cuando los frenos o los tabús en torno a la sexualidad persisten lo mejor es buscar ayuda profesional para gestionarlos. «Sin vergüenza y sin sensación de fracaso. El sexo es y debe ser algo natural y los profesionales estamos para ayudar a que así sea».  

Salir de la versión móvil