Enfundarse en unas mallas supone un esfuerzo titánico cuando sientes que todos te juzgan. Perder peso es un alivio y estimula a entrenar más. FOTO: Anna Tarazevich/Pexels.
Verse bien, entrenar más
«Cuando tienes obesidad, al entrar en un gimnasio te sientes desnuda»: la otra victoria del Ozempic
La pérdida de peso gracias a los nuevos fármacos agonistas del GLP-1 tiene un efecto secundario inesperado: engancharse con ganas al deporte de forma regular.
Por Silvia Capafons
6 DE MAYO DE 2026 / 07:53
El gimnasio puede ser un lugar hostil para quienes tienen un cuerpo no normativo. Miradas impertinentes, risas por lo bajinis y la sospecha de que te señalan mentalmente con ese adjetivo de cinco letras que se clavan como puñales. La pérdida de peso gracias al Ozempic y otros fármacos agonistas del GLP-1 han logrado algo que no estaba sobre la mesa, pero que se traduce en más salud: una mayor adherencia a la actividad física. En otras palabras: perder peso con Ozempic hace que le pierdan el miedo a hacer deporte.
Cuando el gimnasio da vergüenza
Ana es menuda y parlanchina. Mide poco más de 1,60 metros y narra su experiencia con este fármaco en primera persona. «Siempre he tenido obesidad. A rachas, he intentado hacer ejercicio para adelgazar, pero cuando pesas 85 kilos, al entrar en un gimnasio te sientes como desnuda. Yo notaba una vergüenza paralizante. Me apunté varias veces y lo dejé porque me veía fuera de lugar, como de segunda categoría. Empecé a odiar todo lo que tuviera que ver con entrenar. Incluso, a mis amigos que se pasaban el día entre pesas y máquinas de running». Esta ha sido la relación con el deporte de Ana, de 43 años y enfermera de profesión, hasta que hace aproximadamente un año empezó a tomar uno de los fármacos agonistas del receptor GLP-1 para controlar su obesidad.
Su relato no es excepcional. Es una realidad demasiado frecuente. Cuando sobran decenas de kilos, el lema de que el ejercicio es salud puede sonar a discurso vacío. Más allá de la falta de resuello, de agilidad o los dolores articulares, está el ruido mental que susurra que el cuerpo no va a responder. Que el gimnasio no es para ti.
Deporte y fármacos, la alianza inesperada
Sin embargo, cada vez son más las personas que siguen el tratamiento con semaglutida y acaban enganchándose al entrenamiento. Lo más interesante no es solo que como consecuencia de adelgazar, apetezca volver a calzarse la zapatilla y enfundarse las mallas, sino cómo estos fármacos, cuando están bien indicados, alteran la química de recompensa del cerebro.
Un estudio de la Universidad de Copenhage descubrió hace poco que la combinación de liraglutida (un agonista del receptor GLP-1), con ejercicio físico entre moderado e intenso, es mucho más potente que el fármaco solo.
La investigación observó que los pacientes que combinaban ambos no solo perdían más grasa. También mejoraban su adherencia al entrenamiento. Al reducirse la carga física y la inflamación, el ejercicio dejaba de ser doloroso para convertirse en gratificante.
Hacer deporte se convierte en un placer
Otras revisiones recientes exploran cómo los receptores de GLP-1 están situados en las áreas de recompensa del cerebro de una forma curiosa. Habitualmente, en personas con obesidad severa, la señal de dopamina que genera placer a la hora de hacer ejercicio podría estar atenuada. Al regular el sistema de recompensa, el cerebro podría percibir la satisfacción del esfuerzo y eliminar el ruido mental del hambre o la ansiedad constante.
«Cuando empecé con el tratamiento no esperaba que mi relación con el esfuerzo cambiara tanto. No es que la medicación me diera ganas de hacer burpees por arte de magia, es que silenció el ruido. Primero, el del hambre constante; y después, el ruido de no sentirme suficiente para pisar un gimnasio. Por primera vez en mi vida, mi cuerpo no pesaba como si fuera plomo. Al bajar los primeros 10 kilos, sentí una ligereza que no era solo física, sino mental. De repente, la idea de salir a caminar no era un castigo, sino una curiosidad: ¿Hasta dónde puedo llegar hoy sin que me duela todo? De ahí pasé a Pilates, y después me enganché con Crossfit», prosigue Ana.
La química de la recompensa
El postureo en los gimnasios no se lo pone fácil a las personas con obesidad. A la dificultad física de quien está en sobrepeso se le suma la de tipo social.
En España en 2025 había unos 500.000 usuarios de fármacos GLP-1 específicamente para la pérdida de peso, un 16% más que el año anterior, según la consultora Lantern. No es que el GLP-1 te haga deportista de repente, pero sí parece devolver la reconexión con el propio cuerpo para decidir cómo y cuánto moverlo.
Ana, quien nos ha prestado su testimonio, se pregunta: «¿Es el fármaco el que me hace entrenar o es que el fármaco ha quitado los obstáculos que me impedían ser yo misma? No sabría decirte».
Recuperar la autoconfianza
Esta paciente, que nos pide que no demos su nombre completo porque aún teme a los comentarios maliciosos, asegura que la confianza física y mental que ha ganado son el acicate para acudir al gimnasio sus 4 días por semana desde hace ya unos 6 meses. Y espera que este hábito se quede con ella de por vida. «Probablemente siga tomando el medicamento durante un tiempo largo, y a veces me pregunto si cuando lo deje, las ganas flojearán por la alteración química y hormonal que supone para mi organismo. Pero luego pienso que en ese momento el ejercicio será para mi como el café de la mañana, algo que me da la energía que necesito para afrontar el día y que es ya incuestionable».
A largo plazo, la clave de la adherencia no es el fármaco en sí, sino cómo este facilita que el paciente cree hábitos saludables que sobrevivan al propio tratamiento.
Del tratamiento médico al hábito
En pleno auge de estos medicamentos, la pérdida de peso tiene que ir acompañada de ejercicio para un objetivo saludable. Sin él, la masa muscular desciende y la funcionalidad física disminuye, con consecuencias directas sobre el metabolismo, la fuerza y la movilidad, además de aumentar el riesgo de recuperar el peso al finalizar el tratamiento.
Por si fuera poco, con la edad se añade el riesgo asociado de la reducción del metabolismo basal y una mayor probabilidad de fragilidad. Para evitarlo, se recomienda el entrenamiento de fuerza y la actividad física estructurada.
En ese camino, los fármacos agonistas del GLP-1 no te ponen por sí mismos las zapatillas, pero te quitan la pereza o los miedos. Al ver resultados rápidos y sentir menos fatiga, parece entrarse en una retroalimentación positiva: pierdo peso, me muevo mejor, por lo tanto me gusta hacer ejercicio y creo un hábito para incorporarlo a mi estilo de vida.