Muchas grandes amistades empiezan con un 'hola'. ¿Te lo vas a perder? FOTO: Yanrukov/Pexels.
Ser cordial es gratis y nos mejora el humor
Dar los buenos días es mucho más que un gesto de amabilidad: es una palanca antiestrés
Dar los buenos días en el ascensor o bromear con el camarero pueden aumentar tu sensación de bienestar y lograr que tu mente esté más joven. Nos declaramos fans absolutos de ser amables.
Por Paka Díaz
13 DE MAYO DE 2026 / 14:00
Nuestros abuelos daban los buenos días a todos el mundo. En la calle, en la tienda, en el portal. Dar los buenos días era casi una obligación tácita de convivencia. Tanto que retirar el saludo a alguien era signo de máximo agravio. Hoy, en cambio, muchas personas pueden pasar días enteros sin intercambiar una sola palabra con alguien fuera de su círculo cercano. No es que no sean amables, es que ni se lo plantean. Y no debería suceder porque somos seres sociales y eso también es ejercer de ser social. Charlar un poco con la panadera o cruzar una breve conversación con el mensajero son microinteracciones que nos hacen mucho bien.
Pero además es apostar por sentirte mejor al final del día y reducir el estrés, que ya sabemos que va muy ligado a la longevidad. No es palabrería: la ciencia lo valida.
¿Charlarías con un extraño en el Cercanías?
Un grupo de investigadores de la Universidad de Chicago pidió a los pasajeros del tren que les llevaba a diario desde las afueras al centro de la ciudad que dijeran unas palabras a un desconocido. El 100% de los intentos tuvieron éxito y los participantes reconocieron que el trayecto había sido más ameno. Esas ‘microinteracciones —como charlar con un desconocido, felicitar al camarero porque ayer ganó su equipo, elogiar la ropa de alguien o dar los buenos días— transforman nuestro estado de ánimo y nuestra sensación de conexión.
Para Daniel Lumera, escritor, investigador y autor de Como si todo fuera un milagro (Grijalbo), estas pequeñas conexiones humanas forman parte de algo mucho más profundo. En realidad son «la arquitectura emocional de nuestras relaciones. Las microinteracciones con otras personas son el fundamento de la calidad en las relaciones», subraya Daniel Lumera.
Gestos amables en tu día a día
Lumera insiste en que estos gestos cotidianos no son solo una cuestión de cortesía, sino también de salud mental y física.
La ciencia empieza a confirmar algo que las tradiciones humanas intuían desde hace siglos, las relaciones pequeñas pero constantes sostienen el equilibrio emocional. «Un gesto de gratitud, una palabra amable, un reconocimiento sincero… Son pequeñas semillas que producen un efecto contagio y se multiplican en el tiempo», apunta Lumera. «Son comportamientos que impactan no solo en la calidad de las relaciones, sino también en la salud biológica. Son, literalmente, medicamentos naturales».
Reconocer a las personas
Según Lumera, la clave está en la necesidad humana de ser reconocidos. «Valorar a las personas que nos rodean es un mecanismo identitario muy profundo», explica. «Hemos aprendido a amarnos a través de la forma en que nuestros padres nos reconocían. Cuando alguien nos saluda, nos escucha o nos dedica atención, se activan circuitos neurológicos relacionados con la dopamina y la motivación. Es una forma de confirmar que existimos para el otro», cuenta.
Ese reconocimiento, aunque sea mínimo, tiene efectos psicológicos poderosos. Incluso un simple saludo puede activar circuitos emocionales vinculados al bienestar. Las microinteracciones también introducen un elemento fundamental para el cerebro humano: la sorpresa.
La fuerza de lo inesperado
La interacción social con desconocidos nos abre las puertas a lo inesperado. «Y el misterio es un motor psicológico muy poderoso. Si nuestra mente creyera que ya lo conoce todo, caería en un aburrimiento profundo. La posibilidad de descubrir algo nuevo en cada interacción mantiene viva nuestra curiosidad», señala Lumera.
Este elemento de curiosidad conecta con otro concepto clave en su trabajo: la capacidad de maravillarse. Según el autor, la pérdida de la capacidad de asombro es uno de los problemas silenciosos de la vida adulta. De hecho, algunos investigadores hablan del llamado drift syndrome: la incapacidad de muchos adultos para experimentar sorpresa o fascinación ante lo cotidiano.
Una mente más joven
«Basta con quince segundos al día de maravillarse para influir positivamente en la neuroplasticidad del cerebro. Además, la curiosidad y el asombro ayudan a mantener la mente joven y flexible», afirma el investigador. Y ese asombro, dice, también puede aplicarse a las personas que conocemos desde hace años.
«Muchas veces dejamos de ver realmente a quienes tenemos delante», explica. Porque, como analiza, muchas veces nos relacionamos con la idea que tenemos de una persona. «Pero cuando liberamos esas expectativas y volvemos a mirar con curiosidad, descubrimos aspectos nuevos incluso en alguien con quien llevamos décadas», destaca.
Saludar activa neuromoduladores
Las microinteracciones y nuestra capacidad de sociabilidad tienen también una dimensión biológica. Durante estas pequeñas conexiones sociales se activan neuromoduladores como la oxitocina o la serotonina —relacionados con el bienestar y el cuidado— y también otros como la dopamina o la noradrenalina, vinculados a la curiosidad y la vitalidad.
«Cuando estos sistemas se equilibran», explica Lumera, «pueden reducir los niveles de inflamación crónica, estrés o ansiedad». En otras palabras, hablar con alguien en una cafetería no solo mejora el ánimo momentáneo. Además puede tener efectos acumulativos sobre la salud.
¿Por qué interactuamos menos que antes?
Sin embargo, lo cierto es cada vez hablamos menos con las personas fuera de nuestro entorno cercano. Y no digamos ya lo de dar las gracias con una sonrisa. Mucha gente se queja con tristeza de no recibir respuesta cuando saludan a un vecino, o dan los buenos días al entrar en una tienda. Lumera cree que la respuesta está en el entorno contemporáneo, saturado de estímulos digitales. «Vivimos en un contexto hiperestimulado donde la atención se ha convertido en una materia prima económica», señala.
«Las grandes plataformas digitales han entendido que captar nuestra atención tiene un enorme valor. El resultado es una fragmentación constante de la atención que dificulta la presencia real en el mundo», indica el experto. Esa fragmentación reduce la capacidad de establecer relaciones espontáneas. Miramos menos alrededor, hablamos menos con desconocidos y dedicamos más tiempo a las pantallas.
Cómo recuperar las microinteracciones
Lumera propone un ejercicio muy sencillo: asociar un pequeño gesto de amabilidad a una señal cotidiana. Por ejemplo, usar una notificación del móvil, el cambio de un semáforo o el sonido de un mensaje. «Cada vez que aparezca esa señal, haz un pequeño acto de gentileza, una palabra amable, un agradecimiento, un gesto de reconocimiento hacia alguien que tengas cerca», anima.
La idea es simple, pero poderosa. Y ayuda a transformar los estímulos que fragmentan nuestra atención en recordatorios para conectar con los demás. «Si logramos hacer al menos cuatro actos de gentileza al día, uno hacia nosotros mismos, uno hacia otras personas, uno hacia la naturaleza y uno hacia el entorno, estaremos invirtiendo directamente en nuestra salud emocional», concluye.
Tal vez nuestros abuelos no hablaban de neuroplasticidad, ni de dopamina. Pero intuían que una sociedad también se construye a partir de gestos minúsculos. A veces basta con decir buenos días y sonreír.