Esas notas de voz de hace años que pasas de móvil a móvil, ¿realmente te hacen falta? FOTO: Shvets/Pexels.
Necesito una Marie Kondo digital
Diógenes digital: ¿Despreocupación o parálisis por si perdemos recuerdos para siempre?
Acumulamos gigas y gigas de fotos y correos innecesarios. Pero no siempre es por pereza. Hay quienes tienen auténtico pavor a borrar y prefieren manejarse en un auténtico trastero digital.
Por Marita Alonso
7 DE MARZO DE 2026 / 08:00
¿Cuántas fotos almacenas en el móvil que no sirven para nada? Capturas de pantalla, horarios de restaurantes, el contador del gas, la cita del médico… Y lo mismo con los correos electrónicos o las notas de voz. En tu bandeja de entrada yacen muertos de tristeza mails de antes de pandemia. Por no hablar de la de vídeos sin sentido que almacenas en la nube, ese habitáculo virtual donde mandamos toneladas de gigas absurdos que jamás volveremos a rescatar. Este fenómeno tiene nombre: Diógenes digital. Pese a estar bien definido, las causas del Diógenes digital son variadas. Y todas dicen bastante de nosotros y de cómo nos relacionamos con la tecnología.
Como esos gigas no se ven…
Un estudio del Instituto de Marketing Digital TEDKI indica que más del 70% de las personas entre 25 y 50 años de edad no recuerda haber borrado archivos antiguos en el último mes. Es más: a 9 de cada 10 les costaba diferenciar lo que querían conservar de lo que, en realidad, no necesitaban en sus teléfonos.
Francisco Rivera, psicólogo & manager clínico de Unobravo, aclara que el Diógenes digital comparte con el Diógenes tradicional diversos procesos psicológicos. Entre ellos, la resistencia a desprenderse de elementos por su valor emocional o simbólico. No quieres borrar las fotos de esa amiga que se fue a vivir a Países Bajos y a la que ahora apenas ves y eso está bien. Lo que no tiene mucho sentido es acumular ráfagas enteras de la misma secuencia.
Otras veces se guardan por creencias anticipatorias sobre una posible necesidad futura. Es cuando no borras correos de un cliente antiguo por si algún día quisieras volver a entrar en contacto con él. «Una referencia relevante es que en el entorno digital, la acumulación es invisible. No ocupa espacio físico y está ampliamente normalizada socialmente, lo que hace que pase más desapercibida y se detecte menos como un posible problema», explica a WeLife.
Mientras quede espacio no pasa nada
Rivera aclara que en la mayoría de los casos, no se trata de un trastorno clínico propiamente dicho. Otra cosa es que sea un pecado ampliamente compartido. «Vivimos en una sociedad que tiende a documentar constantemente la experiencia. ‘Guardar’ es más fácil que ‘decidir qué borrar’. Sin embargo, puede adquirir relevancia clínica en determinados casos cuando esta acumulación genera ansiedad, sensación de pérdida de control, interferencias en la vida diaria o una respuesta de angustia desproporcionada ante la idea de eliminar contenido. Ahí ya no es solo un hábito, sino un reflejo de procesos emocionales más profundos», asegura.
Terror a olvidar
Pero, ¿por qué sentimos la necesidad de guardar tantas fotos, incluso las que nunca volvemos a mirar? ¿Por qué nos cuesta tanto borrar fotografías, aunque sepamos que no las usaremos? Francisco Rivera señala que guardar fotos puede responder a una necesidad de ‘congelar’ el tiempo y momentos que sabemos que no volverán a repetirse. Más allá de indagar en las causas del Diógenes digital, analiza qué significa esa nota de voz, esa foto o ese correo de 2019 para nosotros. Muchas veces no guardamos la imagen en sí, sino lo que representa: una etapa, una persona, una versión de nosotros mismos. «Borrar, en cambio, se puede vivir de forma parcialmente inconsciente como una pérdida. Aunque sepamos racionalmente que no volveremos a mirar esa foto, emocionalmente puede sentirse como renunciar a un recuerdo, a una prueba de que ese momento existió», aclara.
Por descontado, el miedo a olvidar tiene un papel relevante en estas dinámicas, pues considera que existe una creencia muy extendida de que, si no lo guardamos todo, vamos a olvidar lo importante. «Se tiende a delegar la memoria en el dispositivo y convertimos el móvil en una especie de archivo vital. El problema es que acumular sin filtrar no mejora el recuerdo y que, en muchos casos, puede diluirlo. Paradójicamente, cuanto más guardamos, menos conectamos con lo verdaderamente significativo», asegura. Hay quienes necesitan una Marie Kondo que en vez de poner orden en sus armarios, les organice los archivos digitales.
Si ahí está a salvo, no lo toques
A la hora de buscar las causas de este Diógenes digital lo habitual es la coexistencia de varias emociones. «El apego suele ser muy frecuente, especialmente a personas o etapas pasadas. En algunos casos, existe una necesidad de control y de sentir que todo está guardado y a salvo. En momentos de incertidumbre vital, la acumulación digital puede funcionar como una falsa sensación de estabilidad», comenta. Para Marta Parella, coach de autoestima, esta actitud no deja de ser una manifestación más de inseguridad. «Y puede ser difícil manejar la inseguridad», advierte. No es tanto guardar por guardar, sino guardar porque sabemos que ahí está todo seguro. Al borrar o trasladarlo a otro dispositivo, perdemos el control.
Hay otro grupo de Diógenes que son los que no se apañan bien con la tecnología y temen perder recuerdos por un error al pasar las fotos desde al disco duro. O a la nube. En este caso es más prudencia que pánico digital.
Otros sencillamente lo van posponiendo y solo se ponen manos a la obra cuando la memoria digital colapsa. Es el grupo de la procrastinación digital, el mal de nuestros días.