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NO TE PIERDAS La sostenibilidad en la moda no solo depende de tener un tejido orgánico

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moda sostenible diseño o tejido

Una etiqueta certificando la sostenibilidad del material no significa que esa prenda sea del todo sostenible. FOTO: Ron Lach/Pexels.

Moda sostenible, ¿materiales o ecodiseño?

¿Y si tu vestido de lino orgánico fuera menos sostenible que una prenda sintética bien hecha?

¿La moda sostenible depende del tejido o del diseño? Creemos que basta con comprar un tejido orgánico, pero un tejido sintético bien trabajado puede tener un impacto menor en el planeta.

Por Patricia de la Torre

17 DE MAYO DE 2026 / 08:00

La sostenibilidad en la moda tiene un problema de base: nos hemos quedado en lo fácil. Miramos la etiqueta. Buscamos ‘orgánico’, ‘reciclado’, ‘eco’, de ‘comercio justo’… Y sentimos que estamos haciendo lo correcto. Pero luego esa prenda destiñe, se deforma, no encaja en tu día a día o directamente deja de gustarte en semanas. Y entonces pasa lo de siempre: se queda en el armario o sale antes de tiempo. La moda sostenible está mal planteada. Porque la moda sostenible no depende tanto del material como del diseño. 

Y casi nadie se fija en ello.

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No basta con tener algodón orgánico

Beatriz Jordá Ponsoda, diseñadora textil industrial especializada en desarrollo de producto, ecodiseño y estrategia sostenible, lo resume sin rodeos: «Nos hemos obsesionado con los materiales… pero estamos ignorando algo más incómodo: las decisiones de diseño». Hablar de tejidos es fácil, pero analizar cómo se diseña un producto implica entrar en procesos, decisiones, tiempos, errores y responsabilidades.

Y eso ya no cabe en una etiqueta.

La diseñadora, con más de una década en desarrollo textil industrial, lo ha visto desde dentro: tejidos ‘sostenibles’ aplicados a productos que no lo son en absoluto. Según explica, ahí es donde el discurso deja de sostenerse.

Si se estropea pronto, no es sostenible

En la industria existe el concepto ‘análisis del ciclo de vida’ para rastrear el impacto real de un producto, desde que se eligen las materias primas hasta que acaba en el vertedero o se recicla. Cuanto más larga sea la fase de uso, menor será su impacto. Y eso es lo que no siempre sucede.

Nos hemos acostumbrado a valorar la ropa por su coste económico y damos por bueno que dure poco cuando ha sido una adquisición barata. La trampa es que rara vez hacemos la cuenta del coste por uso. ¿Una camiseta de 10 euros es barata? Depende. Si tras dos puestas, se lava, destiñe y acaba en la basura, tendrá un coste de 5 euros por uso.

Pero para el planeta el coste será mucho mayor.

Prendas que suspenden en durabilidad

Al prêt-à-porter con dos temporadas (invierno y verano) le siguió la moda ultrarrápida con decenas de microcolecciones a lo largo del año. Para alimentar esa voracidad de consumo surgieron nuevas marcas con prendas de diseño vistoso, calidad baja y precios imbatibles. Se llegó a hablar de la ‘Generación Blanco’: adolescentes que allá por el año 2000 se tiraban toda la tarde del viernes probándose ropa en aquella cadena española, ya desaparecida, famosa por sus diseños de ultratendencia con tejidos sintéticos y asequibles.

Tanto que se compraban y, tras un par de puestas, acaban en la basura. A veces, porque se descosían fatalmente. O porque el diseño era incómodo. O porque desteñían al lavar. O las costuras eran tan rígidas que picaban. Las cremalleras se rompían y los ojales se desgarraban. Pero como eran baratas… daban igual.

Entonces nadie hablaba de sostenibilidad. Pero el impacto de una prenda no se define solo en su origen, sino en su uso. «Una prenda que no se utiliza lo suficiente deja de tener sentido, independientemente de que sea orgánica o reciclada», explica Jordá. Para ella, una prenda bien diseñada implica durabilidad, funcionalidad, versatilidad y facilidad de cuidado.

Comprar por el placer de estrenar

Nos gusta ir de compras y estrenar. No nos planteamos si esa falda la vamos a llevar más de una temporada. La reflexión conecta con la tesis de Gema Gómez de Pablo en el libro ‘Shopping Detox. Libera tu mente de la manipulación del consumismo’ (Planeta), donde la fundadora de la plataforma pionera en formación y consultoría en sostenibilidad aplicada al negocio de la moda Slow Fashion Next, plantea que comprar menos puede ser una forma de vivir mejor.

Su pregunta es tan sencilla como incómoda: ¿compramos para cubrir una necesidad real o para calmar una emoción? «Comprar es fácil. Nos hace sentir bien en el momento. El riesgo es que ese estímulo se vuelva adictivo y cada vez necesitemos más para sentir lo mismo», señala.

La felicidad de comprar, la culpa al tirar

Al final, compramos por el chute de dopamina, esta felicidad efímera que sentimos al cortar la etiqueta de la tienda y ponernos un jersey por primera vez. Nuestra cartera y el planeta pagan los platos rotos.

Gómez de Pablo insiste en que el problema no es individual. El sistema está diseñado para empujarnos a consumir sin la sensación de gastar en exceso, especialmente en momentos de cansancio o vulnerabilidad. «No es que seamos débiles. Es que comprar está pensado para ser la salida fácil. Seguimos tomando decisiones rápidas, poco reflexionadas, basadas en lo inmediato, y esperando que la sostenibilidad venga resuelta desde la etiqueta», subraya Jordá.

«Es que es sintética»

Sí, las fibras sintéticas proceden del petróleo. Y también pueden ser sostenibles. Una prenda sintética bien diseñada que dura, funciona, se usa de forma recurrente y requiere menos mantenimiento tiene un impacto menor que una orgánica con problemas de uso. Los materiales no son lo único que importa.

¿En serio, un tejido sintético es más sostenible que un tejido orgánico? ¿Pero qué brujería es esta? Pues por extraño que parezca, así es.

En desarrollo de producto, Jordá señala que «hay decisiones ‘eco’ que comprometen la funcionalidad. Lo sintético puede ser más sostenible si se lleva mejor y dura más».

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Los errores de la moda sin modistas

Tejidos reciclados que se arrugan más, pierden forma o exigen más cuidados. Prendas que cumplen estándares sostenibles… pero no han sido testadas en uso real. En las escuelas de diseño enseñan que una americana está mal diseñada si al parar un taxi la manga no acompaña suavemente el movimiento del brazo. Y eso pasa porque lo de probar el prototipo en una modelo (las llamadas ‘modelos de casa’) es cosa de modistas, no de grandes industrias con producción en serie. Ponte tú a parar un taxi con una americana de Shein.

A esto se suma, cómo y en qué condiciones se produce esa prenda. Porque no hay sostenibilidad real si el sistema que la hace posible no es coherente también en lo social».

¿No hay nadie al volante?

Algo tan simple como añadir una cremallera dificulta la reciclabilidad de un jersey 100% lana. Comprar esa cremallera en China, las fibras en Corea, fabricar en Marruecos y poner las etiquetas en Elche tampoco es la solución más sostenible en términos de huella de carbono. Y si, para colmo de males, ese jersey saca bolitas con el primer uso su ciclo de vida será corto y contaminante.

Los profesionales del sector apuntan a la fragmentación de decisiones como problema. Se elige un material, una narrativa, una certificación… pero no se diseña el sistema completo. No hay ecodiseño, esa planificación que mira el impacto de la prenda en cada etapa. Y que, entre otras cosas prevé las reparaciones (el famoso upcycling textil).

«No es solo qué decisiones se toman, sino desde dónde se toman y cómo se alinean entre áreas», explica Jordá. Sin esa coherencia, el impacto se diluye. Y esto explica muchas contradicciones del sector. Hay marcas con discursos impecables… y productos que siguen respondiendo al mismo modelo de siempre.

¿Adónde va lo que no se vende?

Esas montañas de ropa que vemos en el desierto de Atacama no siempre proceden de usuarias cansadas de su ropa. Muchas prendas se convierten en residuos sin haberse llegado a estrenar. Aun así se sigue produciendo en serie y en tiradas monumentales para abaratar costes.

Más aun, muchos residuos son solo prototipos. Pantalones, faldas o cazadoras que en su día se produjeron para ver qué tal y no llegaron a entrar en catálogo. Acabaron en la basura. Antes se quemaban. La nueva regulación europea lo impide. Y acaban en vertederos.

Jordá es contundente: La moda sostenible no puede convivir con la sobreproducción. «Entre un 15% y un 30% de las muestras desarrolladas nunca llegan a producción, lo que implica un volumen significativo de impacto generado sin aportar valor real».

Y aun así, el foco sigue puesto en el material.

El mito del reciclaje

Cuando un pantalón destiñe porque el tinte era orgánico pero poco sólido, a una cazadora se le descose la cremallera porque la sisa va justa, o un abrigo no abriga porque nadie pensó en hacerlo resistente al viento, esa prenda tiene muchas papeletas de acabar en un contenedor. En nuestra cabeza imaginamos que se recicla. La realidad es bastante más fea.

Primero, porque a día de hay el circuito del reciclaje textil está poco menos que en pañales. Apenas hay puntos de recogida, menos aún aún plantas de reciclaje y la mezcla de fibras complica mucho la circularidad (mezclas de fibras, elastano, componentes técnicos, acabados complejos…). Pensar ‘ya se reciclará’ es, hoy por hoy, más intención que realidad. Y la donación a Caritas, Humana u otras entidades alivia solo parcialmente el problema.

Por eso Jordá insiste en que «la moda sostenible está en el diseño. No empieza en el tejido ni termina en el reciclaje. Empieza antes». Exactamente cuando esa prenda es solo un proyecto.

Todo arranca con una pregunta incómoda

Quizá la pregunta no es: ¿esto es sostenible?, sino  ¿está bien diseñado para durar? O, si nos ponemos ahorrativas, ¿a cuánto me sale cada puesta? El abrigo de la abuela que ahora te fascina porque es vintage seguro que no le costó calderilla. Pero estaba bien hecho, bien cosido, bien acabado y durará décadas. Las mantas de lana merina cuestan 250 euros y pasan de generación en generación. Eso es sostenibilidad y no un tejido orgánico.

Llevamos años sacrificando lo más importante: que la prenda funcione de verdad. «La sostenibilidad no depende de un único factor, sino de cómo se conectan todos dentro del mismo sistema», concluye la experta. En otras palabras, la sostenibilidad depende más del diseño que del tejido.

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