NO TE PIERDAS La menopausia también afecta a los pies: más dolor, juanetes y talones agrietados

Sandalias de taconazo y stilettos, solo para ocasiones especiales. FOTO: Worldview Capture/Pexels.

¿Por qué ahora me duelen más los pies? El viaje hacia la menopausia también deja juanetes, talones agrietados y más riesgo de fascitis plantar

Cuando los estrógenos empiezan a bajar, también debería hacerlo la altura de los tacones. Al menos, los de diario. Los cambios hormonales también alteran la arquitectura del pie.

Por Verónica Palomo

17 DE MARZO DE 2026 / 07:30

Sofocos, insomnio… y juanetes. La menopausia es una caja de sorpresas y deja un rastro de alteraciones en el cuerpo que van desde el cabello a la punta del pie. Si notas que ahora todos los zapatos te machacan los pies, no es culpa de la horma: son los cambios hormonales. Por la menopausia también causa cambios en el pie. Recientemente, la coach irlandesa Sarah Hyland compartía en su canal de YouTube We Talk Menopause una reflexión muy personal sobre cómo la perimenopausia puede afectar incluso algo tan cotidiano como los pies. Sarah contaba que tenía un par de sandalias de tacón que solía usar con frecuencia, cómodas y elegantes. Era casi capaz de correr con ellas. Sin embargo, un día se dio cuenta de que ya no podía ponérselas. La experta explicó que sus pies, antes muy flexibles y fuertes —lo que ella llamaba ‘pies de yoga’— habían pasado a estar tensos y bastante rígidos. No podía creer que estos síntomas estuvieran relacionados con la perimenopausia, pero, al investigar algo más en profundidad, descubrió que síntomas como el agarrotamiento, la hinchazón, dolores o malestar al caminar, los callos o juanetes son comunes durante esta etapa de la vida.

Cuesta trabajo imaginar que la sombra de la menopausia sea tan alargada como para alcanzar los pies. Para salir de dudas preguntamos a dos expertas si es posible recuperar la flexibilidad podal y volver a usar nuestros taconazos preferidos o si, por el contrario, quizá haya llegado el momento de considerar opciones de calzado más sensatas.

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Uno de los síntomas que antes da la cara es la sequedad. No hablamos de una deshidratación leve, sino de talones tan resecos que se agrietan casi de forma permanente. Es el más notable de los cambios en el pies derivados de la menopausia y, ya avisamos, no será el último. Ana Olivas Garrido, farmacéutica experta en dermofarmacia y menopausia, hace hincapié en algo que parece obvio: «La menopausia es una etapa natural del envejecimiento femenino, no una enfermedad. Sin embargo, la caída brusca de los estrógenos tiene un impacto directo en múltiples tejidos del organismo, incluida la piel y las estructuras del pie. Estos cambios provocan pérdida de elasticidad, menor hidratación y alteraciones en el colágeno de ligamentos, tendones y piel», enumera.

Ya sabíamos que, a partir de la menopausia, el colágeno disminuye aproximadamente un 2% anual y la elasticidad cutánea cae en torno a un 1,5%, mientras que los lípidos se reducen de forma significativa. Todo ello favorece sequedad, mayor fragilidad cutánea y molestias. Pero lo limitábamos a la piel, al rostro, a las arrugas y la flacidez. Y no, también afecta a los pies.

Atender a los pies en esta etapa de la vida es esencial para evitar males mayores. Como explica la especialista, «no es algo simplemente estético. Todos los cambios hormonales pueden afectar a la estructura del pie». Y aquí llega el segundo síntoma: ahora los pies duelen más.

Tener menos elasticidad y que disminuya el soporte de los ligamentos y tejidos conectivos provoca que aumente la presión sobre los huesos y articulaciones del pie, llegando a causar dolor en las plantas. Incluso se multiplica el mayor riesgo de desarrollar la molesta fascitis (cuando se inflama el tejido de la planta del pie) o metatarsalgia (dolor en la almohadilla). «La menopausia debe entenderse como una nueva etapa vital en la que invertir en bienestar es clave, especialmente cuando la esperanza de vida supera ampliamente los 80 años. Ahora el autocuidado deja de ser una cuestión estética y se convierte en una medida de salud», dice Garrido. «Desde la farmacia podemos recomendar suplementos con evidencia científica y seguridad demostrada —por ejemplo, formulaciones con espino amarillo en concentraciones adecuadas— que ayudan a mejorar la sequedad cutánea y mucosa, siempre bajo consejo profesional».

Lipikar Gel Urea 30%, de La Roche Posay (10€); Urea 10% loción reparadora, de Babé (21,10€); y Waterwave, de Cosmetocrítico (38,90€). FOTO: D.R.

Elena Carrascosa, presidenta del Consejo General de Colegios Oficiales de Podólogos, confirma que «es frecuente que durante la menopausia aumenten la sequedad, las grietas y las callosidades. También que las uñas se vuelvan más frágiles. De nuevo, es una consecuencia fisiológica derivada de la disminución hormonal y del envejecimiento cutáneo». Los cambios en la densidad ósea, que como hemos comentado pueden influir progresivamente en la estructura del pie, también puede favorecer la aparición de hiperqueratosis al modificar los puntos de apoyo.

«Desde el punto de vista práctico, es fundamental mantener una hidratación adecuada. Las cremas con urea en concentraciones entre el 10% y el 20% ayudan a retener agua y suavizar durezas. Es recomendable aplicarlas por la noche mediante un masaje suave. En casos de talones muy secos, puede potenciarse el efecto utilizando calcetines de algodón», recomienda Elena Carrascosa. «Eso sí, conviene evitar la aplicación de crema en los espacios interdigitales para prevenir maceración y riesgo de infección por hongos».

La presidenta del Consejo General de Colegios Oficiales de Podólogos atribuye ese aumento del dolor de pies «por un lado, a la caída de estrógenos. Ese bajón acelera la pérdida de densidad mineral ósea, aumentando el riesgo de osteopenia y osteoporosis. Esto puede traducirse en mayor susceptibilidad a fracturas por estrés en el pie y dolor ante cargas mantenidas.  Por otro lado, los cambios hormonales influyen en la elasticidad ligamentosa y en la respuesta inflamatoria, lo que puede generar molestias articulares y sobrecargas biomecánicas», indica Carrascosa.

En este contexto, Ana Olivas asegura que «la suplementación con vitamina D3 asociada a vitamina K2 puede ser una herramienta útil para el mantenimiento de la salud ósea, siempre bajo supervisión profesional».

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Sin excluir de nuestras rutinas a la pedicura como tratamiento de bienestar, durante la perimenopausia y menopausia es importante también hacer un hueco a la agenda para visitar al podólogo. Al final, se trata de prevenir males mayores, ya que cualquier molestia en los pies, por nimia que parezca puede degenerar en problemas mayores en un futuro, como dolores de rodilla o de columna. Elena Carrascosa recomienda algunas medidas sencillas, pero constantes, que favorecen una buena salud del pie:

  • Hidratación diaria para prevenir sequedad y grietas
  • Revisión periódica de piel y uñas
  • Uso de calzado adecuado, con buena sujeción y amortiguación
  • No hay que esperar a que el dolor sea intenso para acudir al podólogo. Si aparece dolor persistente en talón o planta, grietas que no cicatrizan, cambios en las uñas o deformidades como el hallux valgus, más conocido como juanete, es recomendable consultar. Incluso en ausencia de síntomas, una revisión anual puede prevenir complicaciones y detectar alteraciones de forma precoz.
Por su aspecto sobrio y actual, el diseño ergonómico y la comodidad de su suela, las sandalias XLT2 de Teva (80€) cada vez son más frecuentes como calzado diario en la ciudad en cuanto llega el buen tiempo. FOTO: D.R.

Carrascosa, cuenta que «durante la menopausia puede producirse un ligero cambio en la forma del pie. No siempre implica aumentar una talla, pero sí puede aparecer cierto aplanamiento del arco, mayor laxitud ligamentosa o ensanchamiento del antepié». Esto explica que un zapato que antes resultaba cómodo deje de serlo o que ahora nos apriete uno que nos quedaba holgado. Razón de más para, si antes no lo hacíamos, probar el calzado al final del día, cuando el pie está más dilatado.

La podóloga añade que muchas molestias derivan de zapatos excesivamente planos o demasiado altos. Además, mantenerse activa y controlar el peso es clave, porque cualquier incremento de carga repercute directamente en los pies.

Un buen calzado en esta etapa debería tener:

  • Buena sujeción en el talón
  • Amortiguación adecuada
  • Suela flexible pero estable
  • Puntera amplia que evite compresiones
  • Tacón fisiológico de entre 2 y 4 cm

Entonces, ¿qué hacemos con las sandalias de 10 cm? «En cuanto a los tacones altos, no es necesario eliminarlos por completo, pero sí reservarlos para ocasiones puntuales. El uso continuado favorece sobrecargas en el antepié, puede agravar deformidades como el juanete (hallux valgas) y aumentar el dolor articular», explica Carrascosa.

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