¿Quedada con amigos para ver una peli o probar un nuevo videojuego? Haced una pausa y dedicad un rato a disfrutar la comida. Aunque sea una pizza recalentada. FOTO: Ron Lach/Pexels.
La prisa también engorda
¿Comer rápido es el nuevo sedentarismo? Lo que pasa en tu cuerpo cuando engulles el almuerzo
Arañar minutos al reloj a costa de comer a matacaballo no es buena idea. Y no porque haya más papeletas para engordar. La salud a largo plazo también se resiente.
22 DE MARZO DE 2026 / 08:00
La falta de actividad física favorece la obesidad. O, por simplificar, el sedentarismo, engorda. Pero, ¿y comer rápido fuera tan perjudicial para tu metabolismo como pasarte todo el día sentado sin moverte? Para entender qué ocurre en nuestro cuerpo cuando no le damos a la ingesta de alimentos el tiempo que necesita, hablamos con Lucas Jurado-Fasoli, socio de la Sociedad Española de Nutrición (SEÑ) y profesor en el Departamento de Fisiología de la Facultad de Medicina en la Universidad de Granada.
Engullir favorece la obesidad
Según Jurado-Fasoli, comparar el hábito de comer rápido con el sedentarismo tiene todo el sentido: «Ambos son factores de riesgo modificables. La velocidad a la que comemos es una característica de nuestra alimentación. Si es excesiva, tiene un impacto negativo en la salud».
Sin embargo, el experto pide cautela «ante los titulares sensacionalistas. Aunque existe evidencia de que la ingesta rápida se asocia con obesidad y enfermedades crónicas, su efecto es moderado comparado con factores, como el tabaco, el consumo de alcohol o el nivel de actividad física». Es decir, sabemos que comer rápido engorda, pero no podemos quedarnos solo con ese mensaje.
Añade, además, que «existe una gran variabilidad entre personas en el tiempo que tardan en ingerir una comida».
Las prisas nunca fueron buenas
Meterse un primero, segundo y postre a matacaballo no es la mejor forma de alimentarnos. Tampoco lo es tomarse algo de take away mientras hacemos el trasbordo en el metro. Porque cuando ingerimos alimentos a gran velocidad, el organismo activa una serie de respuestas fisiológicas que afectan tanto al sistema digestivo como al metabolismo.
Por un lado, tendemos a comer más cantidad. Esto se debe a que las señales de saciedad tardan un tiempo en llegar al cerebro. Como no nos sentimos llenos, es más fácil aumentar la ingesta calórica antes de percibir que estamos satisfechos. Si este patrón se mantiene con el tiempo, aumenta el riesgo de sobrepeso.
Pero no es el único mecanismo implicado. Comer rápido también altera procesos digestivos básicos.
Masticar: el primer paso de la saciedad
Cuando comemos deprisa, solemos reducir el número de masticaciones. Tragamos sin triturar, ni ensalivar bien. O sea, empezamos mal nuestra comida. «El alimento se mezcla peor con la saliva, llega en trozos más grandes al estómago y se envían menos señales saciantes al cerebro», explica el socio de la SEÑ.
Al mismo tiempo, «el estómago se llena a gran velocidad. Sus paredes se estiran y activan receptores mecánicos que detectan que está lleno. Esto puede generar sensación de pesadez, dolor, reflujo o incluso una sensación extrema de llenado». Porque una cosa es que nosotros comamos atropelladamente y otra, que pretendamos que nuestro estómago se acelere.
Además, «cuando los trozos de comida llegan mal masticados, el estómago tiene que realizar más trabajo mecánico y liberar más jugos gástricos y enzimas para descomponerlos». En otras palabras: pista libre para una bonita tarde de acidez, hinchazón y malestar digestivo.
Mal si comes en menos de 20 minutos
La saciedad no solo depende del estiramiento del estómago, sino también de leptina. «Desde que la comida entra en el estómago hasta que el intestino libera las hormonas y llegan al sistema nervioso para frenar la ingesta de alimentos, pasan aproximadamente 20 minutos”, explica el experto.
Por tanto, si en esos 20 minutos se ingiere el doble o triple de comida de lo que se necesita, se envía la señal de parar de ingerir alimentos cuando ya es demasiado tarde. «Aumenta la ingesta calórica antes de que se perciba la sensación de saciedad, incrementando el riesgo de sobrepeso, adiposidad y alteraciones metabólicas». Pero lo malo no es ya engordar. Las consecuencias pueden arrasar con la salud a largo plazo.
Con la insulina hemos topado
«Comer rápido se asocia con mayor peso corporal, mayor acumulación de grasa visceral, menor concentración de adiponectina y aumento de la circunferencia de cintura. Todo esto contribuye a la resistencia a la insulina y a la disfunción metabólica», asegura el profesor de la Universidad de Granada.
En este sentido, «el hecho de ingerir alimentos de forma rápida, también aumenta la glucosa plasmática en ayunas, la presión arterial y genera alteraciones del perfil lipídico. Un ejemplo es el aumento en los niveles de triglicéridos», añade.
Una cascada de desastres metabólicos que podría aumentar el riesgo de enfermedades metabólicas y cardiovasculares.
El papel del cortisol
El vínculo entre comer rápido y el cortisol —la hormona asociada al estrés— no es directo. Según Jurado-Fasoli, el estrés y el cortisol elevado pueden favorecer conductas alimentarias poco saludables, pero la relación entre comer rápido y esta hormona parece ser indirecta.
«Al comer rápido, solemos realizar una mayor ingesta calórica, lo que se relaciona con menor saciedad y alteraciones en el apetito, afectando por tanto al cortisol», asegura el socio de la SEÑ. «Pero aunque comer rápido puede contribuir a las alteraciones metabólicas, no se ha establecido que sea a través de un aumento directo de cortisol».
Sentados ante el ordenador y de prisa: todo mal
Comer algo rápido sin levantarnos de delante del ordenador es una pésima idea. El motivo es lo que Jurado-Fasoli denomina «contaminación cruzada de contextos»: el espacio de trabajo deja de ser neutro y la comida se convierte en una tarea más.
Además, comer mientras se mira una pantalla puede duplicar la ingesta y alterar la memoria gustativa, es decir, la forma en que recordamos y percibimos lo que hemos comido.
Si no existe otra alternativa, el experto recomienda, al menos, «crear una transición entre trabajo y comida. Es decir, apagar la pantalla, retirar los papeles, colocar un mantel o incluso salir a comer fuera, aunque sea en un banco o zona común para cambiar el entorno». Y, sobre todo, intentar no hacer otra actividad mientras se come.
Momento de disfrute
En países como España, la comida ha sido tradicionalmente un momento de pausa, disfrute y socialización. Cuando comemos deprisa, esa dimensión se pierde.
«Debemos entender el momento de las comidas, y más en nuestra cultura, como un momento consciente, de disfrute y de socialización», explica el experto. Acelerar las comidas puede afectar tanto a nuestra salud física como a nuestra salud social por el mero hecho de no poder disfrutar de la comida con nuestros seres queridos.
¿Es realista pedir que comamos más despacio?
«Sería realista si lo incorporáramos como una estrategia de eficiencia y bienestar», afirma el socio de la Sociedad Española de Nutrición. Pero el contexto de vida acelerada, muktitasking y jornadas laborales intensas no ayuda. «Desde una perspectiva laboral, fomentar las comidas conscientes podría aumentar la productividad, ya que conlleva una mejor digestión reduciendo la somnolencia tras las comidas, mantiene una estabilidad en la glucosa y permite una mejor toma de decisiones».