NO TE PIERDAS Mucha sororidad... y luego entre mujeres se ningunea a la mujer con dolor ginecológico

Sillón, mantita y tranquilidad en casa. Muchas mujeres se aíslan cuando el dolor por la endometriosis, la regla o los puntos de la cesárea es intenso. Mejor estas solas a que las llamen quejicas. FOTO: Ron Lach/Pexels.

Visibilizar lo que no se ve

«Cuando una mujer se queja de dolor ginecológico es que le duele de verdad»

La solidaridad brilla por su ausencia cuando se trata de empatizar con una regla dolorosa, una menopausia complicada o una endometriosis. Y es hora de cambiarlo.

Por Salomé García Gómez

5 DE MAYO DE 2026 / 14:00

La anatomía femenina es fascinante, pero, en más ocasiones de las deseadas puede ser una auténtica pesadilla. Casi 7 de cada 10 mujeres (el 65%) reconoce haber sufrido algún tipo de dolor ginecológico en el último año. Algunas veces es algo esporádico, una regla complicada o un momento puntual de relaciones sexuales dolorosas. Pero para un 23% de las mujeres ese dolor se convierte en un acompañante habitual que atenaza, limita y desgasta emocionalmente. Porque el dolor ginecólogico se sufre pero no se ve.
Y lo que no se ve, no siempre encuentra comprensión en el entorno. Si no te quejas, te abruma la soledad y el peso del dolor. Pero verbalizarlo puede verse como que eres una quejica. Y eso duele aún más.
Te despiertas y desayunas hecha un ovillo. Haces de tripas corazón y vas a trabajar contando los minutos que faltan para regresar a casa. Así un día tras otro. Estas son las principales conclusiones de una encuesta elaborada por Intimina, marca referente en salud íntima femenina, entre 700 mujeres y 700 hombres.
Vivir con un dolor en la anatomía íntima de forma constante e intensa resulta muy limitante. Tanto que un 45% de las mujeres renuncia a hacer deporte, a participar en actividades de ocio, a quedar con amigos y cuentan los minutos que quedan en la oficina para regresar a casa y agazaparse bajo una manta caliente. No es de extrañar que para un 70% tenga efectos emocionales negativos.
Una pierna rota, una brecha o una quemadura no dejan lugar a dudas: duelen. Posiblemente, mucho. Frente a estos dolores visibles y socialmente aceptados, el dolor pélvico parte con un hándicap: no se ve desde fuera. Y para colmo de males, suele ser recurrente. Y la gente con dolores es incómoda. Se queja, rehúsa participar en planes, anda siempre a medio gas.
Esta falta de empatía produce una reacción defensiva en la mujer con dolor: lo silencia. Intenta seguir con su vida como si aquello no doliera, sin molestar por algo de lo que no tiene culpa. Como si el de la brecha pidiera disculpas por tener la cabeza abierta.
La doctora Mercedes Herrero, ginecóloga, sexóloga y colaboradora de Intimina, subraya que «muchos de los problemas ginecológicos están invisibilizados. Se normaliza el dolor, tanto con la regla como en otros momentos del ciclo, como la ovulación. Por no hablar de patologías específicas, como la endometriosis, los quistes ováricos o un prolapso de suelo pélvico».
Diversos estudios advierten de que las mujeres por un legado educativo tendemos a callarnos cuando algo nos duele. Y ese no protestar puede volverse en contra.

El problema del dolor es que no hay una escala universal e igual para todo el mundo. Es una percepción subjetiva y se mezcla con las emociones.

Aplicando diversos cuestionarios los médicos pueden determinar cuánto le duele algo a un paciente, pero no significa que esa misma circunstancia física en otra persona cause el mismo grado de sensaciones dolorosas.

«La fisiología ginecológica complica aún más esta valoración porque la sintomatología puede ser tremendamente amplia», añade la ginecóloga de Intimina. Incluso en la misma mujer: ciclos que pasan sin apenas notarse y ciclos que se vuelven muy incapacitantes. Meses de menopausia sin complicaciones y meses con hinchazón y hasta sangrados ocasionales. Postpartos con episotomía que duelen según te sientas y endometriosis que alternan temporadas de alivio con meses de dolor infernal.

Resulta complicado valorar el dolor ajeno. Por eso solo cabe empatizar, acompañar y procurar que la situación no le angustie aún más. Justo lo que no suele ocurrir. Empezando por las propias mujeres. «No hay dos reglas iguales. Muchas mujeres tienen la suerte de que sus menstruaciones apenas tienen síntomas. O presentan, por naturaleza, una mayor tolerancia al dolor. Entonces tildan de ‘quejica’ a esa compañera que está doblada de dolor», añade.

Incluso sugieren que se está escaqueando del trabajo, cuando, en realidad, tiene un dolor limitante que no la deja trabajar. «Muchas pacientes con períodos muy dolorosos o con endometriosis reconocen que lo que más duele no es el propio dolor. Es el vacío que notan entre sus propias compañeras de trabajo o entre las amigas. Y por mi experiencia profesional sé que cuando una mujer se queja de dolor ginecológico, es que le duele de verdad», apunta la ginecóloga.

La encuesta de Intimina revela una realidad demasiado frecuente: 7 de cada 10 mujeres (73%) reciben mensajes como «es estrés», «es ansiedad» o «es normal» al hablar de su propio dolor íntimo.
La cuarta parte (24%) vive con dolor y sin un diagnóstico de por qué duele. Porque en consulta no suele ser lo primero que se aborda. Los médicos no preguntan y a la paciente le da vergüenza quedar de ‘floja o quejica’. Esta situación es especialmente delicada cuando se aborda la endometriosis. «En España el diagnóstico tarda entre 7 y 10 años en llegar. Por eso, educar a las mujeres sobre qué es lo normal en cuanto a su dolor ginecológico puede ser clave para buscar un diagnóstico», advierte la ginecóloga.

Suele decirse que las mujeres, por una carambola de la naturaleza, resistimos mejor el dolor. Dejaremos las explicaciones genéticas a los científicos y volvemos a las conclusiones sociológicas de la encuesta de Intimina, muy reveladoras de esa cultura del aguante en la que se nos educa desde pequeñas. «Es la tormenta perfecta: desde niña te enseñan a no quejarte, falta formación sobre salud femenina y vivimos en una sociedad regida por unos estereotipos exagerados sobre las mujeres y su tolerancia al sufrimiento», añade.

Cuando un varón pasa por una cirugía o le dan puntos para cerrar una herida, se toma el reposo como imperativo categórico. En fútbol estamos acostumbrados a ver cómo el entrenador retira del terreno de juego a un jugador tras recibir un golpe o una caída. En cambio, tras una cesárea o una episotomía el 64% de las mujeres reconoce que se obliga a estar operativa para cuidar de otros antes de estar completamente recuperadas.

En contra de lo que podría pensarse, las mujeres suelen ser más insensibles frente al dolor ginecológico ajeno. Porque de ellas se supone que conocen lo que puede suponer ese dolor que sale de las entrañas. Con los hombres aún queda esperanza.
En 2026 el 91% de los hombres reconoce saber poco o nada del dolor íntimo de las mujeres y asume que hace falta más información al respecto. Es un punto de partida para normalizar que la naturaleza a veces también duele.
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