NO TE PIERDAS Llorar durante los estiramientos de yoga no es tan raro y tiene una explicación física

Estirar, respirar... y llorar. FOTO: Danilo Silva/Pexels.

Llorar con cada asana

Yoga con lágrimas en los ojos: nada de traumas, es una liberación

Ojos lacrimosos, moqueo y esa sensación de que el alma se te sale por los poros de la piel. No es bloqueo, sino todo lo contrario. Y sienta fenomenal.

Por Silvia Capafons

11 DE MAYO DE 2026 / 07:30

La esterilla de yoga puede convertirse en el diván perfecto. Si has practicado la disciplina, es más que probable que hayas pasado de la relajación más absoluta al llanto sin saber porqué. No a alguna lagrimilla tonta, no: al sollozo, al hipido, al gimoteo. Una sucesión de reacciones incontroladas que no alcanzaste a entender y te hicieron preguntarte si acaso habían sido provocadas por algún drama vital no consciente.

¿Lo que dice la ciencia? Que no tiene porqué. Pero sí cuenta con su explicación.

Trabajos de la Universidad de Emory en Atlanta vincula el almacenamiento del estrés emocional en las caderas y el psoas, el músculo que conecta la columna lumbar con el fémur.

La estimulación de los tejidos profundos, como los mencionados, envía señales al sistema límbico, algo así como el centro emocional del cerebro. Las asanas, es decir las posturas típicas, y las técnicas de respiración habituales de la actividad, estimulan el sistema nervioso y ayudan así a soltar bloqueos que, a veces, quedan estancados en zonas específicas.

El momento culmen es durante la relajación final, aunque también puede ocurrir al hacer arcos de espalda o aperturas intensas de cadera.

Todo esto no lo dicen los yoguis: la psicología y la psiquiatría también. El psiquiatra neerlandés Bessel van der Kolk fue uno de los primeros en utilizar los ejercicios de yoga y las técnicas de respiración como tratamiento clínico con sus pacientes. Según este experto, cuando vivimos situaciones de estrés, el sistema nervioso colapsa y esa energía se queda atrapada, especialmente en caderas y psoas. Como la mente no puede procesarlo, el cuerpo se acoraza.

Al soltar la tensión física, la emoción que estaba bloqueada sale de golpe. Esta sería la explicación de ese acceso incontrolable de llanto.

María José Ortolà, psicóloga clínica integradora, experta en yoga y directora del centro Libélula, confirma esta hipótesis: «Al relajarse zonas como el psoas, relacionado con respuestas de protección y alerta, hay quien siente alivio físico, y quien experimenta emociones intensas, como temblores, descarga o necesidad de llorar»

No significa que la emoción estuviera atrapada exactamente ahí, «pero sí que el cuerpo y el sistema nervioso estaba sosteniendo mucha tensión acumulada».

Según la experta, es mucho más frecuente de lo que pensamos. «Hay personas que llegan a una clase de esta disciplina o a un estiramiento pensando que simplemente van a mover el cuerpo. De repente, aparece una emoción intensa, ganas de llorar o incluso una sensación difícil de explicar».

Insiste en que «es esencial entender que cuerpo y mente no trabajan por separado. Muchas veces vivimos en automático, sosteniendo el estrés, la tensión, la exigencia o emociones contenidas sin darnos cuenta. Cuando el cuerpo entra en un estado de pausa, seguridad y presencia, puede aparecer aquello que llevaba tiempo silenciado». 

Podría decirse que el cuerpo tiene memoria. Y al moverse y estirarse, la activa. María José Ortolà explica que puede quedarse en estados de activación, defensa o tensión mantenida. «Hay experiencias emocionales que quizá no procesamos del todo y el sistema nervioso continúa reaccionando, aunque cognitivamente intentemos seguir adelante. Por eso muchas personas viven con el pecho apretado, el abdomen en tensión, la mandíbula rígida o la respiración bloqueada sin darse cuenta».

En definitiva, el cuerpo expresa muchas veces lo que la mente ha aprendido a callar para sobrevivir. 

Con todo, no es que se escape la lagrimita, es que puede irrumpir un llanto incontrolable de manera inesperada. Y esto tiene que ver también con el hecho de que a veces no lloramos cuando ocurre algo difícil, sino cuando por fin sentimos un espacio de seguridad.

«El cuerpo necesita sentirse suficientemente seguro para soltar. Durante el día solemos estar produciendo, atendiendo responsabilidades o distrayéndonos. En cambio, en la práctica de yoga, respiración o mindfulness, el ritmo baja, aparece conexión interna y disminuye el ruido externo. Es ahí cuando algunas emociones encuentran espacio para salir», añade la psicóloga.

El sollozo no siempre significa que haya un trauma detrás. «No significa que estemos mal. A veces se trata de una liberación relacionada con cansancio, estrés acumulado, sensibilidad del momento o simplemente, una activación fisiológica intensa», apunta Ortolà.

Lo que sí es importante, insiste, es no ridiculizarlo ni minimizarlo: el llanto es una respuesta humana, parte de nuestro código genético y un desahogo necesario. «No hay que dramatizarlo, sino acompañarlo con respeto», sugiere.

La experta aporta varios consejos para gestionar el momento sin sentir vergüenza frente al grupo, si lo hubiera.

“Nuestro cuerpo es una máquina y las emociones no son un fallo. Si ocurre, recomiendo no luchar contra ello ni intentar controlarse a toda costa. A veces ayuda volver a la respiración, notar los pies apoyados en el suelo, beber agua o simplemente, permitirse parar unos minutos. Y, sobre todo, entender que nadie debería sentirse juzgado por tener una reacción emocional en un espacio pensado precisamente para conectar con uno mismo. Muchas veces, detrás de esas lágrimas no hay debilidad, sino mucho tiempo sosteniendo más de lo que podemos cargar solos». 

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