No es la adrenalina, sino la dopamina que genera cada reto que superas lo que te tiene enganchada al estrés. FOTO: Peter Dazeley/Getty.
No culpes al cortisol por no saber desconectar
Adictos al estrés: cuando estar todo el día al pie del cañón proporciona un enorme placer
Si eres incapaz de tomarte un descanso, te molesta el silencio y siempre tienes necesidad de estar ocupada, eres una yonqui del cortisol. Y acabará pasándote factura en la salud.
Por Verónica Palomo
8 DE ABRIL DE 2026 / 14:00
Vivimos en un mundo que nunca se detiene. Entre reuniones, notificaciones, pendientes, mensajes y obligaciones, el ruido constante se ha convertido en la banda sonora de nuestra vida. Nos quejamos constantemente de ello, pero sin embargo muchas personas no saben qué hacer cuando, de repente, todo se silencia y no hay un problema urgente que resolver. La doctora Haglen J. Marín, médico internista y especialista en hormonología lo pone de manifiesto en su libro Metabolismo emocional (Arcopress Ediciones): «El estrés puede ser adictivo, pero no como lo sería una droga. Es una adicción a un estado neurobiológico».
Por resumir: nos quejamos de que no nos da la vida y luego estamos enganchados al estrés.
Enganchadas a vivir en un sinvivir
Esto significa que el estrés es una respuesta del cuerpo a un estímulo de urgencia. Activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, movilizando cortisol y catecolaminas, y al mismo tiempo activa el sistema dopaminérgico (el conjunto de neuronas que producen, liberan y responden a la dopamina). No lo hace por placer, sino por anticipación y urgencia.
Toda esta cascada de reacciones provoca que el cerebro interiorice una lección peligrosa. «El cerebro percibe que intensidad es igual a claridad, que la urgencia es motivación y que activación es sinónimo de sentirse vivo. Pero esa activación constante deja huellas profundas», explica la autora. Para la doctora Haglen, «un sistema nervioso que ha vivido años en alto voltaje no solo se cansa, se reorganiza. La amígdala se vuelve experta en detectar amenazas, incluso donde no las hay. El eje HPA aprende a funcionar con cortisol elevado como línea base y la dopamina deja de asociarse al placer sereno para vincularse a la urgencia y la resolución rápida».
Todo esto provoca que con el tiempo disminuya la sensibilidad dopaminérgica, aumente la tolerancia al estrés y disminuya la capacidad de sentir placer tranquilo.
No puedo (ni quiero) desconectar
Ese estado de alerta constante en el que viven muchas personas se refleja en el cuerpo de muchas maneras. Entre ellas, la imposibilidad de relajarse sin sentirse inútil, la necesidad constante de estímulo —pantallas, trabajo, comida—, la fatiga acompañada de mente hiperactiva, el sueño superficial o fragmentado. Incluso el silencio puede ser molesto y generar irritabilidad.
Resumiendo: cuando la calma incomoda más que el estrés, hay que replantearse las cosas. Haglen explica que «el sistema nervioso aprende por repetición, y ha aprendido que estar activos es igual a seguridad y que la calma es algo que nos es desconocido. Por ello, cuando el estrés baja, no siempre sentimos alivio. Aparece un vacío que antes estaba cubierto por la urgencia y el ruido mental. Ese vacío revela emociones no procesadas, desconexión y cierta falta de sentido: el estrés no solo activaba; también estructuraba».
El cuerpo aguanta… hasta que se rompe
No olvidemos que el cuerpo es un auténtico superviviente. Es capaz de soportar silencios, autoexigencias y ritmos que no respetan su biología. No nos damos cuenta, pero es capaz de sobrevivir a cada etapa emocional por la que atravesamos y a la que decidimos no prestar atención, no curar. A cada noche en la que no dormimos, a cada relación que no nos sostenía, pero que no cortábamos. A cada ‘estoy bien’ dicho por lo bajini y con la mandíbula tensa, el pecho apretado y el abdomen inflamado. «El cuerpo resiste, hasta que ya no puede más, y cuando eso sucede, no levanta pancartas. Se manifiesta con síntomas: dolor, inflamación, fatiga extrema, alteraciones digestivas o insomnio», explica la doctoraHaglen.
Ella lo llama «agotamiento biológico por exceso de supervivencia».
El cortisol no es el villano, solo cumple su función
Y aquí entra en escena el cortisol. Antes de que existieran términos como ‘inflamación crónica’ o ‘resistencia hormonal’, ya conocíamos al cortisol como ese soldado leal que nos mantiene vivos ante situaciones de peligro real. «Siempre estuvo allí, sosteniéndonos cuando el mundo se ponía feo. Pero con el tiempo se ha ido creando mala prensa: se le culpa de aumentar peso, de la inflamación, del insomnio y de la fatiga crónica. Y aunque algunos síntomas existen, el problema no es el cortisol en sí, sino el sistema emocional en el que ha quedado atrapado», explica Haglen.
El cortisol es protector, modula la inflamación, moviliza energía y ajusta el metabolismo para sobrevivir. Tal y como Haglen relata en Metabolismo emocional cuando interpretamos que cada correo sin responder, cada silencio incómodo o cada tarea pendiente son amenazas, el cortisol deja de funcionar como una respuesta puntual y se convierte en un ruido de fondo, como una radio que chisporrotea sin descanso. Entonces la inflamación de bajo grado se perpetúa y el sistema inmune pierde capacidad de respuesta, generando síntomas inespecíficos como dolores difusos, fatiga o molestias que no encajan en diagnósticos clásicos.
Y hay que tener en cuenta que este estrés crónico reorganiza el metabolismo. «Engordamos porque el cuerpo prioriza la defensa sobre la optimización: los recursos se dirigen a mantenernos alerta, a resistir, no a rendir al máximo. Los mecanismos diseñados para supervivencia puntual terminan convirtiéndose en obesidad visceral, resistencia a la insulina, hipertensión y alteraciones metabólicas».
Busca una alternativa al estrés como fuente de placer
Entonces, ¿qué podemos hacer para reconducir nuestra relación con el cortisol? Según la doctora Haglen, «no se trata de eliminar el estrés por completo, sino de enseñar al cuerpo que la amenaza ha pasado y reentrenar el sistema nervioso».
Explica que «regular el cortisol no empieza con grandes cambios, sino con gestos mínimos: relativizar una expectativa que asfixia, soltar un rol que ya no te corresponde, apagar una pantalla antes de que te apague a ti, respirar sin prisa…». Estos ejemplos decisiones casi imperceptibles que envían un mensaje directo al cuerpo: ya no estamos en guerra.
La clave está en cambiar la fuente de dopamina: pasar de la urgencia al disfrute, reintroducir recompensas lentas como vínculos, movimiento o creación, y aprender a sentir placer sin necesidad de picos de adrenalina. «Cuando dejas de necesitar el estrés para sentirte completo, la energía deja de depender de la urgencia, el placer deja de depender del estímulo y la identidad deja de depender del rendimiento», asegura Haglen.