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OPINIÓN
9 DE SEPTIEMBRE DE 2026 / 14:00
Cada año se lanzan al mercado miles de propuestas. Muchas se diluyen en el olvido. Solo unas pocas convencen y su éxito radica en que parece saber qué necesitamos.
Sandra García Experta en branding estratégico
A veces, solo queremos reconectar con nosotras y con el mundo en su forma más sencilla. FOTO: Felipe Wallace/Pexels.
Hace tiempo que el bienestar dejó de ser una tendencia para convertirse en una expectativa. Lo buscamos en la alimentación, en el ejercicio, en la belleza, en los espacios que habitamos y también en las marcas que elegimos. No es casualidad que cada vez más marcas hablen de calma, de autocuidado o de equilibrio. De hecho, cada vez hay más marcas que prometen bienestar de una u otra forma.
Pero no todas consiguen transmitirlo de la misma manera. Entre el discurso y la experiencia hay una diferencia importante. Quizá por eso solo algunas consiguen quedarse con nosotras. Son esas capaces de convertir su relato en una experiencia auténtica y coherente.
Cuando hace unos meses cumplí (asustada) mis 40, decidí estrenarlos cultivando mi bienestar.
Así fue como llegué al atelier de una facialista de referencia en pleno centro de Barcelona. Tenía un tratamiento llamado El Cisne. No me lo podía perder. Los astros, el universo —pensaba yo—, la excusa perfecta para dedicarme un homenaje. Pero, en realidad, lo que me llevó hasta ella no fue su precioso espacio, ni el nombre del tratamiento, sino su manera de entender el bienestar, que llevaba meses siguiendo con atención.
Había convertido el bienestar en un lenguaje propio, donde la armonía, la naturalidad y la calma lo atraviesan todo. En su universo no hay trucos de magia, ni promesas imposibles; hay buen gusto. Y esa es la clave del acierto: las marcas no solo se construyen desde la imagen o desde el producto, se construyen desde el significado. Qué quieren decirnos, por qué nos representan, qué nos aportan, por qué resuenan con nosotras en este momento.
Ese discurso se traducía físicamente en su imagen: en el diseño de sus fascinantes joyas de tocador, en una identidad llena de simbología ancestral, en rituales de automasaje sin prisa. Todo respondía a una misma idea: ofrecer una experiencia genuina para acompañar a miles de mujeres en su tránsito hacia la madurez.
Las marcas que perduran son las que saben construir una relación significativa con nosotras.
Hablar de bienestar ahora que aún estoy en 'modo verano' me lleva directamente al huerto. Al tomate. A la piparra. A la contemplación. Al ritmo lento. Como sucede en el mundo vegetal, las marcas también necesitan evolucionar para seguir vivas. Si prestamos atención, la naturaleza nos muestra cómo todo su sistema está conectado directamente con nuestro equilibrio. Su presencia reduce el estrés, acelera la recuperación y mejora nuestra atención.
Es curioso cómo nuestra idea de bienestar evoluciona, también, con el tiempo. Cómo deja de ser una meta para convertirse en una forma de vivir. En un mundo hiperconectado e hiperestimulado, parece que ahora nos damos cuenta de que lo realmente importante es saber estar presente. Con todos tus sentidos en el ahora. Otra cosa que aprendes con la edad (y con mucho yoga).
En este sentido, existen propuestas tecnológicas que promueven una vida mejor, paradójicamente, con menos tecnología. Se trata de dispositivos minimalistas, diseñados específicamente para eliminar las distracciones, las redes sociales y el scroll infinito. Una invitación a conectar con nuestra realidad, donde el diseño y el relato se utilizan para liberarnos, no para atraparnos. Más allá del producto, algunas de estas iniciativas han conseguido construir comunidades que promueven un estilo de vida más presente. Recomiendan planes, lecturas, museos… Respetan la atención en lugar de competir por ella. Dejan espacio para el silencio.
Y para respirar.
Sandra García Experta en branding estratégico. Managing Director de CBA Design España, una compañía de WPP
Recorrer cientos de kilómetros sin más compañía que la propia sombra se hace con los pies y con la mente.