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El paso del tiempo puede hacer que los dos miembros de la pareja se vuelvan perfectos desconocidos. Sin necesidad de discusiones, ni infidelidades. FOTO: Pixabay/Pexels.

Divorcios pasados los 50

¿Quién es este desconocido que vive conmigo? Cuando el nido vacío da la estocada a la pareja

Cada vez son más los matrimonios que rompen cuando termina la crianza, lo único que tenían en común. ¿Merece la pena reconstruir la relación a estas alturas?

Por Verónica Palomo

15 DE ENERO DE 2026 / 07:30

El pasado otoño Nicole Kidman y Keith Urban anunciaban su separación. Más allá de la anécdota para el papel couché pone de manifiesto una realidad: la de los ‘divorcios grises‘. Esos divorcios que llegan con el Síndrome del Nido Vacío: los hijos se van y el matrimonio se esfuma. Nayara Malnero, sexóloga, psicóloga y terapeuta de parejas, explica este fenómenos cada vez más frecuente.

Cada vez son más las parejas que, a partir de los 50 años, y tras décadas de matrimonio, deciden romper. En España, de los 82.991 divorcios que se produjeron, el 31,8% se consumó tras 20 años o más de matrimonio. En Estados Unidos, el 36% de los divorcios corresponde a parejas con más de 50 años. Solo  el 8,7% lo hacían en 1990 en esta misma franja de edad.

Todo indica que el Síndrome del Nido Vacío, el término con el que la psicología define el conjunto de experiencias que sienten los padres al independizarse sus hijos, es el punto de inflexión a la hora de ponerle fin a décadas de convivencia. La crisis, para muchos, no llega tanto por la marcha de sus retoños, sino porque tras 30 años juntos se dan de bruces con una realidad: solo han sabido ser padre y madre, pero no pareja.

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Nayara Malnero, sexóloga, psicóloga y terapeuta de parejas, explica que «todos los cambios en nuestra vida influyen en nuestra pareja de un modo u otro. La diferencia está en los cambios que nos hacen salir del modo automático, reflexionar, tomar decisiones y centrarnos en nosotros mismos. La marcha de los hijos es un momento crucial en este sentido», explica.

A veces es sencillo aconsejar: cuida de la pareja, reserva momentos solo para el otro, dedicaros unas vacaciones para los dos, etc… Pero el día a día es hostil en ese sentido y en la mayoría de las ocasiones ni hay tiempo, ni ganas, ni canguro disponible. Y así van transcurriendo los años.

«Todo nuestro día a día, nuestra toma de decisiones o la organización de las prioridades giraban en torno a la crianza. Cuando los hijos se hacen adolescentes empezamos a ver cambios. De repente hay un tiempo disponible, una cantidad de tareas que ya no tenemos que hacer o vemos cómo hay una independencia hacia nosotros. Más allá, cuando los hijos se van de casa completamente, aparece el Síndrome del Nido Vacío», relata la sexóloga.

De la noche a la mañana, las parejas se encuentran que ese tiempo que antes tenían tan ocupado queda libre y que sus prioridades han cambiado. «Es entonces —continúa explicando Nayara — cuando se miran a los ojos y descubren que, probablemente, han pasado muchos años sin sembrar nada en común».

Evidentemente esto no sucede en todos los matrimonios. El problema está en las relaciones que no han mantenido la propia pareja. Para aquellos que durante esta etapa sí han cuidado la relación, que han disfrutado del tiempo juntos, que han tenido citas, planes, intereses y proyectos comunes, disponer de más tiempo ahora es lo mejor que les puede pasar para seguir alimentando su relación. «Cuando llega el Síndrome del Nido Vacío y con él esta catarsis, lo que realmente se ve es que esta crisis ya existía muchísimo antes, porque no sabían ser pareja. Solo sabían ser padre y madre», dice Malnero.

Hay parejas que se dan cuenta muchísimo antes y piden ayuda, acudiendo a terapia para reconectar para ser pareja. «Otros, sin embargo, hasta que no llega el nido vacío no se dan cuenta. Entonces, de repente, se dan de bruces con un montón de años en los que sencillamente no han sido pareja, no saben serlo y tienen que empezar a construirlo en este momento. Esto es una auténtica crisis».

Suena contradictorio, pero estas crisis suceden en las parejas estables. Tan estables que están juntas por esa estabilidad, no porque haya una pareja realmente. La experta lo explica: «Cuando hay infidelidades o cuando hay conflicto, uno se replantea la pareja, pero cuando todo está bien y está instalado en la comodidad del día a día o en la zona de confort, no hay este planteamiento. Por eso esto ocurre en aquellas parejas que están bien entre ellos y funcionan bien».

Y ese es, precisamente, el problema, que creen que están bien. «Realmente lo están como individuos, pero probablemente no lo estén como pareja realizada en sí misma. Y eso esun conflicto encubierto que sale a la luz cuando llegan situaciones como la que estamos abordando», matiza la psicóloga.

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Que no exista una vida sexual plena tampoco ayuda. Es cierto que mantener poco sexo no está directamente vinculado con la ruptura después de tantos años juntos, pero por supuesto que está íntimamente relacionado. «Generalmente lo que vemos en consulta son parejas que están menos conectadas sexualmente, donde la frecuencia y la calidad sexual es baja», cuenta la terapeuta.

Si la prioridad es la crianza, el sexo, que no deja de ser un reflejo más de cómo es la relación, se convierte en rutina. El problema de quedarse anclado en esta rutina es que luego, cuando te das de bruces con la crisis por la que atraviesa la pareja, muchas veces ya es tarde para aumentar la frecuencia, ser más creativos o innovar en la cama. Si durante años el sexo no ha sido uno de los ingredientes básicos dentro de la pareja, retomar o reforzar el deseo ya no sale de manera espontánea y natural.

La buena noticia es que se puede reconducir la situación. Lo más importante es, primero, tomar conciencia y, luego, empezar a sembrar en pareja. «En terapia de pareja esto lo vemos habitualmente, pero cuando los dos se implican, el éxito es rotundo, tanto para la reconstrucción de la relación como la de la parte sexual», cuenta la experta.

Evitar el divorcio tras el nido vacío pasa por reencontrarte con tu pareja. Dejar de ser meros cuidadores o compañeros de piso. «Tenemos que empezar a generar toda esa diversión, esa conquista y esas citas que había al principio de la relación», cuenta Nayara Malnero.

Para iniciar esta reconstrucción hay que verdaderamente sentirlo. Quedarse por pena, porque será mejor para el otro (¿quién le va a cuidar ahora?), porque estamos cómodos o porque sencillamente no somos valientes para dar el paso, al final no beneficia a nadie.

Como señala Malnero, «siempre merecerá la pena reconstruir la relación cuando ambos miembros de la pareja sienten que verdaderamente merece la pena el esfuerzo de cambiar hábitos, formas de comportarse, dinámicas y están abiertos a ver nuevas perspectivas». En definitiva, cuando estamos dispuestos a hacer los cambios que sean necesarios para salvar aquello que se tuvo antes de la llegada de los hijos.

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