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Las fotos de aquel verano con tus padres son mucho más que un bonito recuerdo. FOTO: Ivan S/Pexels.

Recordar y calmar

Las fotos de tu infancia son mucho más que un bonito recuerdo: mirarlas funciona como antiestrés

Desde hace tiempo se sabe que repasar instantáneas bonitas de nuestra vida reduce el deterioro cognitivo. Ahora también, que activa zonas del cerebro relacionadas con la calma y el bienestar.

Por Paka Díaz

19 DE FEBRERO DE 2026 / 14:00

‘Debí tiras más fotos de cuando te tuve…’, dice Bad Bunny, el súper premiado cantante en los Grammy, en uno de sus temas más celebrados, el que da título al álbum que le ha dado tres galardones. En su canción se refiere a aprovechar el momento con las personas a las que amas. Porque, si las pierdes, las fotografías se convierten en recuerdo y celebración de ese amor.

Lo que quizá no sepa el artista puertorriqueño es que la ciencia le da la razón. Mirar tus fotos tiene muchos beneficios. Porque esas imágenes no solo cuentan una historia. Además, activan la memoria, regulan las emociones y ayudan a que el cuerpo baje el volumen del estrés.

Un estudio pionero del National Institute for Dementia Education (NIDE) en Estados Unidos señala que las terapias de reminiscencia tienen potencial para mejorar temporalmente y ralentizar el avance del deterioro cognitivo. Estas terapias estimulan la memoria evocando recuerdos personales con fotografías, música, olores u objetos antiguos.

«Todo lo que asociamos a emociones positivas y, sobre todo, a vínculo y conexión con seres queridos, activa zonas del cerebro y mecanismos de nuestro sistema nervioso relacionados con la calma y el bienestar», explica la psicóloga Laura Palomares, directora de Avance Psicólogos. Y eso tiene efectos casi inmediatos.

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Mirar una foto de alguien a quien queremos, ya sea tu madre, amigo, pareja, o incluso alguien que ya no está, puede cambiar nuestro estado emocional en cuestión de segundos. No es magia, es neurobiología. «Las imágenes asociadas a vínculos seguros despiertan respuestas automáticas de calma», explica Palomares. El cerebro reconoce esa cara, ese momento, esa historia compartida, y envía un mensaje claro al cuerpo de no estar solo, de estar a salvo.

La explicación está en la inhibición del sistema nervioso simpático, el que se dispara cuando estamos en alerta constante. Al mirar fotos, se activa el parasimpático que favorece un estado más relajado. Por eso muchas personas notan que, tras mirar fotos queridas, la respiración se calma, el pulso afloja y la ansiedad baja un poco.

Las fotografías no solo evocan recuerdos, también reactivan emociones. «Evocar sensaciones y recuerdos felices, sobre todo los ligados a vínculos amables y seguros, genera reacciones en el sistema límbico, que es el centro emocional del cerebro», señala Palomares. En ese proceso se liberan neurotransmisores como la oxitocina, relacionada con el apego, el bienestar y la sensación de conexión.

Al activarse el sistema parasimpático se reducen los niveles de cortisol, la hormona del estrés. Y eso tiene efectos beneficiosos incluso sobre el sistema inmunológico.

En momentos de baja motivación, cansancio mental o saturación emocional, revisar fotografías de gente a la que queremos puede ser un pequeño reinicio para la mente. «Despertar sentimientos positivos alrededor de alguien importante o de experiencias alegres favorece la relajación del organismo y, por tanto, mejora la concentración y la atención», explica la psicóloga.

Cuando el cuerpo se relaja, la mente funciona mejor. Disminuye el ruido interno, se recupera la claridad y aumenta la flexibilidad cognitiva. Eso nos ayuda a pensar con más amplitud y no quedarnos atrapados en bucles negativos.

Aparte, recordar logros pasados ayuda a poner en perspectiva el presente. «Sentir que esos lazos existen y son un apoyo, da seguridad y favorece la valoración personal», añade Palomares. Por ello, mirar fotos también puede fortalecer la autoestima y la sensación de que nuestra vida tiene sentido, incluso en momentos difíciles.

Repasar nuestro álbum más personal puede ser una forma de atención plena cotidiana y accesible. «Revisar imágenes con calma, deteniéndonos en los detalles y reconociendo las sensaciones que aparecen, puede ser un ejercicio muy fortalecedor», afirma la experta. La clave está en la pausa consciente: detenerse en cada imagen, observar los gestos, recordar el contexto, notar qué emoción produce…

Además, Palomares introduce un matiz importante, «a veces encontramos fotos de seres queridos que ya no están. Dependiendo del momento del duelo, habrá que hacerlo con más o menos intensidad y escuchando muy bien nuestra necesidad». No se trata de forzarnos, sino de respetar el proceso emocional en el que estemos.

Una de las claves más potentes de esta práctica es que el vínculo con la persona de la foto no desaparece porque esta no esté físicamente presente. «Hoy sabemos que el calmante más potente para el estrés y la ansiedad son las buenas relaciones y los sentimientos de conexión con otros», explica Palomares.

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A fin de cuentas, el cerebro no distingue del todo entre una presencia real y una evocada con intensidad emocional. Por eso, una fotografía puede activar los mismos circuitos de seguridad y apego que un abrazo recordado. Y eso viene a ser como una magnífica herramienta antiestrés.

Convertir mirar fotos en un hábito de autocuidado puede ser recomendable, pero con matices. «Es una buena herramienta de regulación emocional, pero siempre con la precaución de elegir fotos que evoquen sentimientos acordes a lo que necesitamos en ese momento», señala la experta.

Un consejo práctico puede ser crear un pequeño álbum, digital o físico, con imágenes que nos hagan sentir bien. Mirarlo conscientemente durante unos minutos puede convertirse en un ritual sencillo para bajar revoluciones, reconectar con lo importante y recordarnos que no estamos solos.

En un mundo que va deprisa, quizá cuidar la mente empiece por algo tan simple, y tan profundo, como mirar una foto y dejar fluir las emociones que despierta en nosotros.

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