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Trabajar sin parar puede que no sea un don, ni una fuerza de voluntad inquebrantable. A veces esconde falta de cariño. FOTO: Cottonbro Studio/Pexels.

Lo que la autoexigencia esconde

La cara oculta de la superproductividad: podría esconder traumas de inseguridad

A veces no es saber organizarse bien el tiempo y tener un tesón a prueba de bombas. Es pánico a no cumplir con las expectativas ajenas y ser rechazados en nuestro entorno.

Por Abigail Campos

14 DE ENERO DE 2026 / 07:30

¿Y si la superproductividad no es un don innato, sino un síntoma de inseguridad? Valeria Aragón, especialista en IA pedagógica y la psicóloga María José Santiago analizan este fenómeno cada vez más frecuente en nuestra sociedad. 

Hay personas superproductivas que parece que pueden con todo: trabajan sin descanso, se marcan nuevas metas sin parar y siempre buscan más. Es esa necesidad constante de llenar cada minuto del día, de producir sin parar, y de responder a frases como ‘el tiempo es oro’ o ‘descansar es perder el tiempo’. Pero detrás de esa energía imparable y bajo esa aparente ambición puede ocultarse un impulso psicológico muy diferente que no es la búsqueda de éxito, sino la búsqueda de seguridad emocional.

Y puede que esa motivación nazca del miedo a no ser suficiente, a no destacar, a quedarse atrás.

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Psicólogos y expertos en desarrollo humano coinciden en que muchas personas altamente productivas no están persiguiendo el éxito en sí mismo, sino una forma de sentirse seguras en el mundo. Y puede que todo empezara en la infancia. Cuando un niño crece emocionalmente descuidado, es decir, sin sentirse visto, sin que nadie celebre sus éxitos o le consuele cuando le hace falta, su sistema nervioso interioriza una ecuación: logro equivale a amor y productividad equivale a valía.

«En algunos casos, la superproductivdad se desarrolla como una estrategia adaptativa. En algún momento la persona tuvo que aprender a ser muy productiva porque así, se ‘aseguraba’ el refuerzo o el reconocimiento de sus cuidadores o se evitaba el rechazo o la crítica. Por ejemplo, si crecemos en un entorno en el que hay mucha exigencia y el cariño está condicionado por lo que se logra (buenas notas), probablemente tendamos a esa superproductividad como una forma de conectar con las personas que nos cuidan», detalla María José Santiago, psicóloga sanitaria creadora de Blooming Psicología.

En otras palabras, esa superproductividad esconde una gran inseguridad.

La diferencia no está en si hay o no ambición, sino en el para qué íntimo de los objetivos que nos marcamos, advierte por su lado Valeria Aragón, especialista en IA pedagógica y autora de Educar rompiendo el molde. «Existen metas que actúan como objetivos de compensación: no se persiguen tanto porque tengan sentido para la vida de la persona, sino porque, al conseguirlo, se genera la falsa ilusión de que evidencian nuestro valor o evitan entrar en contacto con aquello que aún duele».

Es la inseguridad de no ser valorados lo que nos impulsa a esa superproductividad enfermiza.

¿Qué señales permiten diferenciar entre una productividad motivada por ambición sana y otra motivada por inseguridad emocional? Hay dos que son claras y que ayudan a distinguirlo. La primera es cómo se vive esa productividad por dentro. «Cuando nace de la inseguridad, se vive con urgencia: no cumplir se percibe como algo peligroso, casi como una catástrofe. Parece que, si no se alcanza ese objetivo, algo grave va a pasar. En cambio, cuando la productividad está conectada con un objetivo alineado con nuestros valores y sentido vital, puede haber plazos y exigencia, pero no amenaza; hay una confianza de fondo en que, si no es de una manera, será de otra», apunta Aragón. 

El segundo indicador tiene que ver con el hecho de que la persona se incluya o se excluya en el camino. «En la productividad compensatoria, la idea que tenemos de logro es tan fuerte que hacemos lo que sea con tal de llegar. Creemos que, cuando lo consigamos, todo eso que se vive de forma desagradable se esfumará. Y eso no ocurre. Lo que se siente no se regula acumulando logros fuera. Muchas veces, aquello que se vive como amenaza externa es, en realidad, una proyección de la desconexión interna, y se intenta resolver una cosa con la otra», añade Valeria Aragón.

Cuando la productividad nace del sentido vital, en cambio, la persona se incluye todo el tiempo desde la consciencia: cuida su integridad, su descanso y su coherencia interna, porque no necesita usar el logro como anestesia de la desconexión consigo misma.

OTROS TEMAS WELIFE

Cuando la superproductividad nace de la inseguridad emocional, en la vida adulta suele vivirse con una dificultad real para parar. En muchos casos, en la infancia no existió un espacio seguro para simplemente estar sin hacer, para descansar o para no producir. «Recuerdo, por ejemplo, a una ejecutiva que contaba que, cuando era niña, su madre, al verla en el sofá justo después de haber hecho los deberes, le decía: ‘Al menos ponte a leer el diccionario’. El mensaje implícito era claro: estar sin hacer no era una opción. El valor no estaba en lo que era, sino en lo que hacía».

En ese caso, «respecto a lo que hacía, tampoco se distinguía entre el valor personal y el valor de lo que hace, como si fueran una misma cosa. En su mente su valía venía determinada por su rendimiento. Por tanto cada objetivo se vivía como una prueba de su valor», relata Aragón.

En la edad adulta esto se puede traducir en culpa al descansar, inquietud al bajar el ritmo y una sensación constante de estar perdiendo el tiempo al no hacer. Pero esa necesidad continua de producir sin parar y aprovechar el tiempo al máximo puede tener consecuencias. «A corto plazo, la superproductividad suele estar socialmente reforzada (sobre todo por ese mismo entorno que ha facilitado su desarrollo y que además ayuda a que se mantenga). A medio y largo plazo puede llevar a consecuencias tanto emocionales como físicas», advierte Santiago.

Algunas de ellas son el burnout (agotamiento, problemas para dormir, somatización…), desregulación emocional, ansiedad, estrés e hipervigilancia, autoestima frágil, autoexigencia, rigidez o problemas con el entorno.

Romper este patrón «no pasa por no hacer ni por bajar el listón de calidad, sino por cambiar la relación con el hacer», advierte Aragón. El abordaje de estas situaciones suele ser progresivo y con mucha autocompasión. «Al final la hiperproductividad ha sido un recurso que ha sido ‘útil’ durante mucho tiempo y de alguna forma ha sido algo ‘seguro’ y destaco las comillas por el malestar que supone”, agrega María José Santiago. 

Ante casos así, en terapia se trabaja la historia de vida para poder ver de dónde viene la autoexigencia y la superproductividad y si hay una posible inseguridad. «Así podemos aprender nuevas formas de relacionarse con el esfuerzo y la recompensa», indica la psicóloga.

También se trabaja para identificar las emociones y estrategias de regulación (ejercicios de respiración, corporales…). Y se fomenta el realizar actividades que resulten agradables «y hacerlas sólo por el hecho de disfrutarlas, sin buscar un resultado». Todo esto sin olvidar una buena higiene del sueño y el descanso.

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