
En la vida no hay premio al que más fastidiado esté y menos se queje. La salud también pasa por detectar cuando algo no está bien y pedir ayuda. FOTO: Artem Podrez/Pexels.
Sufrir con tal de no molestar
Si te duele, quéjate y ve al médico: el ‘ya se me pasará’ puede resultar letal
Lo que más daño hace al cuerpo no siempre duele, y lo que más duele no siempre es grave. ¿Y si ha llegado el momento de replantearnos la idea de lo que significa tener una buena salud?
Por Verónica Palomo
28 DE ABRIL DE 2026 / 07:30
Hay enfermedades que no duelen. Y pacientes que aunque noten dolor, no le hacen caso. Que nunca se quejan. Durante años, el radiólogo Amad Abu-Suboh Abadia, director del Servicio de Diagnóstico por la Imagen del Hospital Fundació Hospitalàries de Barcelona, ha observado el cuerpo humano desde el interior. Las radiografías, resonancias magnéticas, ecografías, mamografías o tomografías le han facilitado ver cómo personas que llegaron a su cita sintiéndose perfectamente bien tenían algo serio y cómo otras que llegaban alteradas y decían sentir mil síntomas estaban perfectamente sanas.
De esa experiencia nace ‘Lo que te mata no es lo que crees. La trampa biológica: el peligro silencioso de sentirse bien’, un libro que parte de una intención: cambiar el marco mental desde el que entendemos la salud.
La trampa de sentirse bien
Casi todos los mortales que no se dedican a la medicina o la investigación científica (o que no son hipocondriacos) suelen identificar la mala salud con el dolor, la fiebre, un bulto o el cansancio extremo. Normalmente, si no percibimos ninguno de estos síntomas, entendemos que todo marcha correctamente y seguimos adelante con nuestra vida.
Pero no se debe bajar la guardia. La clave no está en un determinado síntoma que nos grita ‘alerta, posible enfermedad’, sino en algo llamado homeostasis.
La trampa del equilibrio
«La homeostasis es una de las grandes maravillas del cuerpo. También, una de sus trampas más sofisticadas», parte advirtiendo el radiólogo. El especialista se refiere al conjunto de mecanismos que mantienen la temperatura, la glucosa en sangre, la presión arterial, la saturación de oxígeno, la inflamación o el equilibrio interno dentro de rangos compatibles con la vida. «Gracias a ella seguimos funcionando. Aunque durmamos mal, comamos tarde, vivamos sentados o atravesemos semanas de mucho estrés«.
Es la prueba de que el cuerpo ajusta, corrige, redistribuye. Compensa.
Las apariencias engañan
Pero Amad Abu-Suboh Abadia habla de trampa porque confundimos esa compensación con la salud. Lo explica así: «Si seguimos trabajando, si subimos las escaleras, atendemos a la familia, si no duele nada, deduzco que todo está bien. Pero muchas veces lo que ocurre es que el organismo está gastando recursos para que no notemos el coste».
Por ejemplo, una arteria puede endurecerse durante años sin doler, un hígado acumular grasa sin quejarse y un riñón puede perder función mientras el otro compensa. Por eso, la ausencia de dolor es un silencio, no un certificado de buena salud.
Males que no surgen de la noche a la mañana
Este experto sabe por experiencia, y así lo refleja en su libro, que una imagen médica revela algo que al paciente le cuesta aceptar: que el cuerpo tiene memoria.
«Guarda años de hábitos, de inflamación, tensiones, microlesiones, reparaciones imperfectas, calcio en las arterias, grasa en el hígado, pérdida de músculo, rigidez vascular, cambios degenerativos que no nacieron el día en que fueron vistos, etc… En definitiva, la imagen, cuando llega, rara vez muestra el inicio de la historia. Muestra el momento en que la historia se ha hecho visible», relata.
‘No quiero ser exagerada’, la justificación que nadie ha pedido
A alguien le sonará de algo la siguiente situación. Mujer que entra en una consulta del médico, se sienta, o incluso sin sentarse, y lo primero que pide son disculpas: ‘Perdón, no quiero parecer exagerada, pero es que me duele mucho aquí…’. ¿Te suena?
«Es sin duda una de las frases más reveladoras de nuestra cultura clínica», explica el doctor Abu-Suboh. «Muchas mujeres no llegan a la consulta solo con un síntoma. Llegan con una defensa previa. Antes de contar lo que les pasa, sienten que deben demostrar que no dramatizan, que no son ansiosas, que no están somatizando, que su dolor merece existir. Pero este es un peaje social que consume una energía enorme y, lo que es peor, retrasa decisiones», asegura.
Nos enseñan a no quejarnos
Las mujeres han aprendido que su malestar va a ser juzgado antes que escuchado. Y tienden a negociar con ellas mismas: ‘Seguro que no es nada’, ‘no voy a molestar’, ‘ya se me pasará’, ‘hay gente peor’…
Para más inri, en muchas mujeres ese aprendizaje se mezcla con una educación de servicio: cuidar, sostener, llegar, aguantar, no incomodar. «El resultado puede ser clínicamente peligroso: los síntomas se silencian hasta que el margen fisiológico está ya muy estrecho. No es porque falte inteligencia, sino porque sobra juicio alrededor», sentencia el autor.
Hay que desconectar el ‘modo aguante’
En muchas mujeres esa identidad de servicio tiene una fuerza especial porque ha sido culturalmente premiada. Ser la que sostiene, la que recuerda, la que cuida, la que anticipa, la que no falla es lo que se ha esperado de ellas. Incluso cuando el cuerpo empieza a enviar señales, la prioridad es tranquilizar a los demás o no alterar la logística familiar y laboral.
Así, poco a poco el cansancio crónico deja de verse como un dato clínico y se convierte en carácter. ¿Quién no ha escuchado a su madre o así misma diciéndose ‘es yo soy así’, ‘siempre he sido muy activa’, ‘me cuesta parar’?
Al final, el modo de aguante, tanto en mujeres como en hombres, es peligroso. «El cuerpo no interpreta ese sacrificio como un mérito moral. Lo interpreta como señal continua de demanda, alerta, falta de descanso, sueño fragmentado, tensión muscular, comida improvisada, disponibilidad permanente», cuenta el especialista.
Escucha a tu cuerpo antes de que sea tarde
Esta actitud, esta manera de convivir con nuestro propio dolor, al final tiene consecuencias. Antes de que aparezca una lesión visible que nos ponga en alerta, puede haberse producido ya en nuestro interior una erosión silenciosa que conlleve a una peor recuperación, a una mayor reactividad, menos sueño reparador, más dolor inespecífico, etc…
El mensaje no puede ser más claro: «Cuidar no es rendirse, parar a tiempo no es egoísmo y la perfección es una idea estética, no fisiológica», afirma.
Un cuerpo sano no es un cuerpo sin cicatrices, sin cansancio, sin hallazgos, sin días malos o sin vulnerabilidad. Un cuerpo sano es, sobre todo, un cuerpo con reserva: con capacidad para absorber un golpe, recuperarse de una mala noche, atravesar una infección, tolerar una cirugía y sostener una semana difícil sin derrumbarse. Sin trampas. Si te duele, quéjate. Y busca ayuda hoy mejor que mañana.
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