
Del amor al odio hay dos pasos. Y a veces, ni eso. FOTO: Polina/Pexels.
¿Qué puedo hacer si...
No puedo evitar competir con mi mejor amiga (y me siento culpable por ello)
Es tu amiga del alma pero no puedes evitar compararte con ella y te frustra cuando ella es mejor. ¿Significa que no la quieres o es una reacción normal?
Por Paka Díaz
3 DE JUNIO DE 2026 / 07:30
Tu mejor amiga es perfecta. O así la ves tú desde niñas. Siempre sabe los mejores restaurantes a los que ir, es la reina de las fiestas, derrocha simpatía, es guapa y destila un estilo excepcional a la hora de vestir. Es un orgullo ser su amiga. Pero en tu fuero interno algo se subleva. Llevas media vida compitiendo con ella en silencio. Tanto que, pese a que la quieres con el alma, a veces sientes hasta un poco de rencor. ¿Significa que no sois tan amigas? ¿Se puede sentir algo así por alguien a quien quieres? ¿Por qué competir con tu mejor amiga?
La amistad debería ser un refugio emocional. Un lugar donde sentirse apoyado, comprendido y celebrado. Sin embargo, a veces se puede experimentar algo incómodo en las relaciones más cercanas. Una sensación de competencia silenciosa más habitual de lo que parece. La razón principal es que somos seres humanos, con nuestra complejidad y su poquito de oscuridad. Lo más desconcertante es que esa rivalidad suele convivir con un cariño profundo.
Competir es normal
¿Es normal sentir algo así? Para el psicólogo Leocadio Martín Borges, autor de La felicidad: qué ayuda y qué no (Plataforma), la respuesta es clara: sí. «Es más normal de lo que solemos admitir», explica. «Las relaciones cercanas son también un espejo en el que inevitablemente nos comparamos. Cuando alguien forma parte de nuestra vida cotidiana se convierte en un punto de referencia natural para medir dónde estamos». Esa comparación no implica necesariamente mala intención ni falta de afecto. Es, en gran parte, un mecanismo psicológico automático.
«Las personas tenemos una tendencia muy humana a evaluarnos en relación con los demás», señala Martín Borges. «Y cuanto más parecido sentimos que alguien es a nosotros, ya sea en edad, profesión, estilo de vida, más probable es que aparezca esa comparación», señala.
El valor de la autoestima
Esa comparación con tu mejor amiga puede tener efectos muy diferentes según el estado de tu autoestima. «En la mayoría de los casos, la comparación constante dice más de nuestra propia autoestima que de la amistad».
Cuando la valoración personal es sólida, los logros de una amiga suelen vivirse como una alegría compartida. Pero cuando existe inseguridad, la situación cambia. «Los éxitos de alguien cercano pueden sentirse inconscientemente como una amenaza», dice. No porque queramos que le vaya mal, sino porque esos logros activan preguntas incómodas: ¿y yo dónde estoy? ¿Estoy haciendo lo suficiente? En ese momento aparece lo que Martín Borges llama rivalidad emocional.
La quiero pero no soporto que le vaya bien
La rivalidad emocional no es una rivalidad explícita. Se manifiesta en pequeños gestos. Como sentir cierta dificultad para alegrarse sinceramente por el éxito de la otra persona, la necesidad de demostrar algo o una sensación constante de estar siendo evaluada. Cuando esto ocurre, la amistad puede transformarse en un escenario de comparación permanente.
Sin embargo, la competencia entre amigas no siempre es negativa. «Puede ser sana cuando funciona como motivación mutua», explica el psicólogo. «Hay amistades en las que cada persona impulsa a la otra a crecer, a aprender o a intentar cosas nuevas». En ese caso, la comparación no genera amenaza, sino inspiración.
Perder siempre sienta mal
El problema aparece cuando la relación se percibe como un juego en el que sientes que no ganas nada. «Cuando alguien empieza a sentir que siempre está perdiendo, la relación deja de ser un espacio de apoyo», advierte.
En esas condiciones es cuestión de tiempo que se te haga cuesta arriba quedar con ella sabiendo que siempre va a ser más que tú.
Lo primero es no sentirte culpable
Romper ese ciclo requiere un cambio de perspectiva. El primer paso —según Martín Borges— es reconocer lo que está ocurriendo sin culpabilizarse. «Muchas personas se sienten mal por tener estos pensamientos. Pero esa culpa solo añade más tensión», explica el terapeuta.
El siguiente paso consiste en cambiar el foco de la comparación hacia la propia vida. «En lugar de preguntarse constantemente cómo está la otra persona, es más útil preguntarse qué quiero yo realmente. Cuando la atención se desplaza hacia los propios objetivos, la presión comparativa disminuye», prosigue.
También ayuda recordar que «las amistades más duraderas no se sostienen sobre la competencia, sino sobre la generosidad emocional. La alegría por los logros de los demás es una habilidad que también se puede entrenar», señala Martín Borges. Practicarla implica entender que la vida de cada persona sigue ritmos diferentes. Y que la amistad, en su versión más madura, no consiste en llegar antes que el otro, sino en caminar juntos.
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