
Estamos en 2026. La información que no quepa en la etiqueta se puede ampliar con QR... si el laboratorio quiere. FOTO: Monkey Business Images/Getty.
Las lagunas del INCI
¿Por qué el etiquetado de los cosméticos no es tan claro como la etiqueta de tu yogur?
Saber qué lleva tu crema favorita es un acto de fe. La normativa no obliga al laboratorio a revelar cuánto hay de cada ingrediente, ni siquiera de los más abundantes.
2 DE JUNIO DE 2026 / 14:00
Si leer las etiquetas de los productos alimentarios que ingerimos ya es todo un rompecabezas, en el universo de los cosméticos nos topamos con otra pared. O, mejor dicho, con un muro invisible: el de los porcentajes. Por mucho que quieras, no puedes saber a priori la concentración de ingredientes de los cosméticos, ya sea una crema, un serum o un gel.
Cuando coges un yogur y le das la vuelta, encuentras algo muy concreto: tantos gramos de proteína, tanta grasa, tanta azúcar por cada 100 gramos de producto… La información nutricional no solo te dice qué ingredientes hay dentro, sino cuánto hay de cada macronutriente. Es lo que marca la normativa. Con un cosmético, en cambio, lo máximo a lo que puedes aspirar es a una lista ordenada de mayor a menor concentración. Sin cantidades, sin porcentajes. Solo nombres. La normativa, en este caso, no obliga a pormenorizarlo y casi nadie lo hace.
Esa lista tiene un nombre: INCI, cuyas siglas en inglés significan International Nomenclature of Cosmetic Ingredients. Y tiene bastantes lagunas si la comparamos con la etiqueta de información nutricional de cualquier productor en el supermercado.
Que no nos vayan a copiar la fórmula
¿Y por qué no se publican los porcentajes exactos? Héctor Núñez, el farmacéutico conocido como Cosmetocrítico, lo explica sin rodeos: «Si se dieran las concentraciones exactas de los activos, las marcas estarían expuestas a las copias de una forma muy fácil». Así que esta oscuridad en el etiquetado protege al formulador, pero deja al consumidor en una posición vulnerable. No te queda otra que confiar en el laboratorio, que puede hacer dusting o añadir más o menos de un ingrediente si que el que paga sea consciente de ello.
Rita Silva, directora de comunicación científica de The Ordinary, añade que «la normativa cosmética no lo exige», aunque puntualiza que las concentraciones sí se comunican a las autoridades durante el registro del producto. “The Ordinary, por ejemplo, se compromete a compartir la concentración de activos siempre que esto sea posible», señala Silva.
Una excepción que, precisamente por serlo, pone el foco en una pregunta incómoda: ¿por qué esta no es la norma?
Cuando un ingrediente no hace lo que crees
Esa falta de información importa, y mucho. Porque la cantidad de un ingrediente no es un detalle menor: determina completamente lo que ese ingrediente hace, o deja de hacer.
Núñez lo ilustra con un ejemplo que invita a la reflexión: «Puede introducirse ácido salicílico en la fórmula pero la intención principal del formulador quizás sea usarlo como conservante». Es decir, no tendrá efecto exfoliante o renovador.
Lo mismo ocurre con los antioxidantes en fotoprotectores: «En ocasiones se utilizan a bajas concentraciones como boosters del SPF o para estabilizar filtros. Funcionan como boosters porque tienen un efecto antioxidante, pero están introducidos en la fórmula con la intención de aumentar el SPF», explica.
Elena Martínez Lorenzo, dermatóloga y embajadora de CeraVe, matiza: «Un ingrediente puede estar presente como estabilizante o no alcanzar concentración suficiente para tener efecto clínico», mientras que Rita Silva añade: «Si un ingrediente no se menciona en los claims del producto, probablemente no esté aportando beneficios cosméticos directos».
La paradoja del glicólico
Helena Rodero, farmacéutica y divulgadora, pone el foco en un ingrediente concreto: el ácido glicólico. «Un 15% va a tener una acción exfoliante, que a lo mejor es lo que uno está buscando. Sin embargo, si ponen porcentajes del 1%, 2%, 3%, 4%, tienen una acción hidratante, y eso no es lo que buscaría en un sérum de ácido glicólico». Mismo ingrediente, resultado completamente diferente.
Luego está el caso de la vitamina C. «Cuando ponen vitamina C, te están diciendo que están usando un activo del grupo de la vitamina C, pero puede no ser el más potente, que es el ácido ascórbico», advierte Rodero. «Quizás estén utilizando un derivado como el glucósido, mucho más estable para formular pero muy por debajo en eficacia del ácido L-ascórbico».
Y por último, ocurre lo mismo con el retinol: «En el mercado conviven el retinol puro con derivados como el retinaldehído, el retinyl palmitate o el retinyl acetate, con potencias de actuación muy distintas entre sí», explica Rodero.
¿Un 1% de qué?
Si ya de por sí resulta ambiguo determinar qué lleva tu crema facial favorita mirando el listado de ingredientes, hay una zona que se convierte en un auténtico batiburrillo de principios activos. Es la zona donde se desglosan aquellos ingredientes con una concentración por debajo del 1%. «Los ingredientes aparecen ordenados, según su concentración, en la formulación de mayor a menor hasta un 1%. A partir de ahí, los ingredientes que están por debajo del 1% pueden ordenarse de cualquier modo», explica Tamara Martínez, directora médica de Martiderm.
Los porcentajes no lo dicen todo
Durante décadas nos hemos acercado a la cosmética con fe ciega y poco conocimiento. En los últimos años, la información fluye y surge una nueva generación de usuarias con curiosidad y conocimiento. Ya no se buscan nombres de producto, sino activos. Buscamos niacinamida, exosomas, vitamina C, retinal… Y quizás vaya siendo el momento de saber por cuánta cantidad de activo estamos pagando. Marga Lorente, directora general de laboratorios Praxis recuerda que «la legislación europea no exige indicar el porcentaje exacto de cada ingrediente en el etiquetado, salvo en aquellas excepciones en las que deben declararse determinadas concentraciones o advertencias específicas, por ejemplo en ingredientes restringidos, conservantes, filtros UV o sustancias con potencial alergénico. Cuando algunas marcas incorporan porcentajes en el etiquetado frontal o en soportes adicionales, se trata de una decisión voluntaria de comunicación y transparencia por parte del fabricante, no de un requisito regulatorio».
Insiste en que «en cosmética la eficacia de un ingrediente no depende únicamente de que esté presente en un porcentaje elevado. Muchos activos funcionan correctamente a concentraciones bajas, porque su eficacia está ligada a la formulación completa, la combinación con otros ingredientes, la estabilidad del activo o el vehículo cosmético utilizado. Por este motivo, indicar porcentajes exactos puede generar interpretaciones erróneas en el consumidor, asociando “más cantidad” con “más eficacia”, cuando técnicamente no siempre es así. En productos como cremas o sérums, hay ingredientes activos muy eficaces en dosis reducidas y otros componentes de la fórmula son igualmente necesarios para garantizar textura, conservación, estabilidad y tolerancia cutánea».

A modo de ejemplo, cita que «en los proteoglicanos la concentración de vitamina C y proteoglicanos es relevante , al igual que en el retinol, que lo indicamos, pero en el resto de productos poner el tanto por ciento no aportaría valor al producto ya que muchos ingredientes están por debajo del 1%, aunque tienen un efecto como ya hemos indicado».
Hora de cambiar
La excusa de que no cabe tanta información en el etiquetado ya no sirve. Las tecnologías digitales permiten ampliar información mediante un QR. Se puede informar de qué porcentaje de tal cosmético hay en tu bote, cuál es el máximo que permite la normativa, cuál es su efecto, si actúa en sinergia con otros activos, dónde se produce… Así podremos valorar con precisión si es lo que buscamos o no.
Solo hace falta incorporar toda esa información en la etiqueta o en el QR, algo que algunas marcas de alimentación ya hacen para proporcionar información sobre trazabilidad. La cosmética no es vanidad, es salud de la piel y cuidado para envejecer bien. Y este paso valiente es ya una necesidad.
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