Conversar es mucho más que decir frases grandilocuentes para quedar bien. FOTO: Ale4x Green/Pexels.
Hablar es cosa de dos y hay que saber escuchar
Reglas no escritas para abordar una conversación sin pensar en tu lucimiento y conectar bien con tu interlocutor
Abordar una conversación pensando en cuál será tu próxima pregunta sin escuchar a quien está hablando solo te distancia de la charla. A ser espontáneo sin decir banalidades también se aprende.
Por Paka Díaz
11 DE MARZO DE 2026 / 14:00
Conversar no es solo intercambiar palabras. Es tomar miles de microdecisiones en segundos. Qué tema sacar, cuándo intervenir, si hacer una broma, si preguntar o callar. Algunas elecciones nos acercan a los demás; otras, levantan muros. La buena noticia es que conversar mejor no depende del carisma, ni de ser brillante, sino de aprender a elegir con más intención. Así lo explica Alison Wood Brooks, profesora de Harvard Business School y autora del libro ‘Talk. La ciencia de la conversación y el arte de ser nosotros mismos’. Existen ciertas reglas para mantener una buena conversación y comunicarnos con autenticidad.
«Conversar es algo que hacemos constantemente, pero casi nadie nos ha enseñado a hacerlo bien», señala la experta. «Sin embargo, la conversación da forma a casi todo lo importante en nuestra vida: las relaciones, la carrera profesional, la salud y la felicidad», añade. El objetivo es dejar de tratar la conversación como algo sin demasiada importancia, pero empezar a verla como una herramienta poderosa. Y que, además, se puede entrenar.
No eres el centro de la conversación
Uno de los fallos más comunes al hablar con otros es estar excesivamente centrados en nosotros mismos. Pensar qué diremos después, cómo sonamos, si estamos quedando bien. «El error más frecuente es planear la siguiente frase en lugar de responder a lo que está ocurriendo en ese momento», explica Wood Brooks. A eso se suman hábitos como hacer preguntas sin escuchar la respuesta, el llamado boomerasking, o preguntar solo para volver a hablar de uno mismo. O, también refugiarse en temas seguros pero vacíos de contenido.
La solución «no es tratar de ser perfectos, sino ser conscientes y estar presentes en la conversación», explica la profesora de Harvard. «Cuando detectamos nuestros automatismos, podemos sustituirlos por decisiones más intencionales, sobre todo en temas, preguntas, tono y amabilidad», sugiere.
Ir de menos a más
Para muchas personas, charlar de cualquier cosa es una tortura. «Las investigaciones muestran que disfrutamos más las conversaciones cuando avanzan, aunque sea suavemente, hacia algo con más sustancia», apunta Wood Brooks.
Su recomendación es empezar por algo concreto del entorno. A partir de ahí, hacer preguntas de seguimiento que lleven a un terreno más personal o interesante. No hace falta lanzarse a confesiones profundas, pero sí mostrar curiosidad sincera por lo que se escucha. Una pregunta bien hecha puede cambiar por completo el clima de una conversación.
Qué decir cuando te quedas en blanco
Ese momento incómodo en el que te quedas a solas con alguien que te intimida, un nuevo amigo, un jefe o un cliente importante, es más común de lo que parece. Si notas que no eres capaz de pensar, es porque tu cerebro se bloquea y entra el pánico. «La presión estrecha nuestra atención y nos paraliza», explica Wood Brooks.
Un truco práctico es llevar preparada una buena pregunta que te pueda servir en contextos diversos. «Las preguntas compran tiempo, reducen el foco en uno mismo y transmiten eficiencia e interés», asegura la experta. Y aún mejor si cambiamos el enfoque mental: pasar de pensar que tienes que impresionar al otro, a pensar qué puedes aprender, o cómo puedes ayudar. Ese simple giro mejora la presencia y la conexión.
El poder de las buenas preguntas
Las conversaciones que fluyen no suelen estar llenas de frases brillantes, sino de preguntas bien formuladas. «Deberíamos hacer más preguntas abiertas, especialmente las que empiezan por qué, y fomentan la reflexión», recomienda la experta. Pero igual de importante es lo que viene después, escuchar y repreguntar.
Conviene evitar las preguntas impostadas, esas que buscan lucirse o recuperar el protagonismo. «Si preguntas algo, respétalo: escucha antes de volver a llevar el foco hacia ti», advierte. Pequeños gestos de calidez, una sonrisa, una risa compartida o una dosis de confesión pueden relajar mucho una conversación. Si se usa el humor, la clave es que surja, no que sea algo ensayado. «Buscamos instantes de calidez, no un monólogo cómico», resume. La idea es hablar desde las emociones propias.
La postura corporal también cuenta
Hablar desde el corazón no significa decirlo todo sin filtro, sino elegir cómo decirlo. Para Wood Brooks, la amabilidad es una decisión estratégica. «Se expresa en cómo escuchamos, en cuándo respondemos y en cómo reconocemos al otro», afirma.
Verbalmente, pasa por validar esfuerzos y hacer preguntas atentas. A nivel no verbal, aconseja mantaner el contacto visual, la postura abierta y no interrumpir.
La amabilidad y los sentimientos no están reñidos con la honestidad. Al contrario: la hacen más efectiva. Otro de los hábitos transformadores es la escucha receptiva. Es decir, dejar que lo que el otro acaba de decir guíe nuestra respuesta. «Resistir la tentación de ensayar mientras el otro habla mejora la confianza, la simpatía y hasta la percepción de inteligencia», explica la autora. La conversación deja de ser competitiva y se vuelve colaborativa.
Tres trucos para empezar
Para resumirlo en acciones concretas, Alison Wood Brooks propone empezar por hacer una pregunta sobre cómo está la otra persona y escucharla de forma activa. Eso aumenta la conexión de forma fiable. Además, genera que también te escuchen con mayor atención.
Segundo, profundizar en la conversación, ya que, destaca «solemos subestimar lo bien recibido que es ver que nos estamos preocupando de verdad por lo que nos cuentan», afirma.
Finalmente, cuando hables de ti, hazlo desde tus sentimientos.
Hablar bien no es hablar más, ni más alto, ni ser la persona más brillante. Es hacerlo con intención, curiosidad y cuidado. En definitiva, hablar desde el corazón y desde los emociones ayuda a mejorar las relaciones y hacer nuevos amigos, relaciones más duraderas. Porque, como recuerda la experta, «la conversación es el agua en la que nadamos, y aprender a movernos mejor en ella es clave para conseguir casi todo lo que queremos en la vida».