La vergüenza ajena con la familia funciona diferente porque hay una sensación de pertenencia. FOTO: Anastasia Shuraeva (Pexels).
¿Qué puedo hacer si....
Me avergüenza mi familia porque no es perfecta como las de Instagram
No son guapos, ni listos, ni destacan en nada en particular. Los quieres a rabiar pero te gustaría que fueran otra cosa.
Por Paka Díaz
19 DE JUNIO DE 2026 / 07:30
Quieres horrores a tu familia, pero… no son como los de las revistas. Y mucho menos como esas adorables parejas que llenan Instagram. Vamos, que sientes vergüenza ajena. Te gustaría que fueran ideales como la familia de María Pombo. O con ganas de embarcarse en planes emocionantes al estilo de las Kardashian. Pero no lo son, eso te molesta y, a la vez, te hace sentir mal por ello. ¿Cómo salir de este bucle infernal? ¿Aceptar que son common people es una derrota? ¿Tienes que aprender a querer de verdad y no por imagen?
Sentimientos encontrados
Pocas emociones generan tanta incomodidad como querer profundamente a la propia familia y, al mismo tiempo, sentir una especie de vergüenza silenciosa por cómo son. Sin embargo, para el psicólogo Leocadio Martín Borges, autor de La felicidad: qué ayuda y qué no (Editorial Plataforma), esta tensión es más común de lo que parece.
Puede manifestarse de muchas formas. Una madre que hace comentarios incómodos en público, un padre poco sofisticado, una pareja calva o con sobrepeso, hijos que no destacan ni en lo académico ni en lo deportivo…
La contradicción resulta dolorosa. Genera incomodidad inicial, y, a la vez,culpa por sentir algo así. «Puede parecer contradictorio querer profundamente a tu familia y sentir incomodidad por cómo te representa socialmente. Pero en realidad son dos planos distintos», explica Leocadio Martín Borges. «Por un lado está el vínculo afectivo real. Por otro, la dimensión pública de la identidad».
¿Pero qué van a pensar de mí?
Esa vergüenza ajena deja de ser tal cuando se trata de nuestra familia, porque es algo que sentimos como propio. Como recalca el experto, «la familia forma parte de nuestra identidad social. Cuando otras personas conocen a nuestros padres, hijos o pareja, sentimos que también están viendo algo de nosotros».
En una cultura donde el estatus, la imagen y el éxito visible tienen un gran peso simbólico, es fácil que aparezca la preocupación por cómo encaja la familia dentro de esos parámetros. Sin embargo, Martín Borges precisa que «desear que nuestra familia fuese más admirada no es necesariamente inmadurez emocional. A menudo refleja simplemente la presión social por proyectar una determinada imagen».
El peligro de comparar
Las comparaciones juegan un papel importante, y peligroso, en este tipo de emociones. Observamos otras familias que parecen más exitosas, más armónicas o más admiradas. A veces en nuestro entorno, pero con frecuencia a través de los medios o las redes sociales. «El problema es que esas comparaciones se basan casi siempre en imágenes parciales», advierte el psicólogo, ya que, aclara, «no vemos la complejidad real de las relaciones familiares de los demás».
Las redes sociales amplifican este fenómeno. En ellas predominan los momentos felices, los logros y las celebraciones. Ese flujo constante de imágenes puede crear la impresión de que las familias de los demás son más brillantes que la propia. «Cuando ese tipo de imágenes se repite constantemente, es fácil empezar a pensar que esa es la norma», explica Martín Borges. Nuestra familia puede parecernos menos impresionante. Ahora bien, aceptar la imperfección familiar no significa renunciar a aspiraciones personales. «Todas las familias son imperfectas. La idealización suele generar más presión que bienestar», recuerda.
Valorar lo que tienes
Abandonar la idea de una familia perfecta suele producir un efecto inesperado. Se provoca una mirada más realista y, al mismo tiempo, más amable. Y eso tiene mucho que ver con madurar de forma sana. «La madurez emocional consiste en reducir la distancia entre esos dos planos, el vínculo afectivo real y la identidad social que intentamos construir», explica Martín Borges.
Cuando esa distancia disminuye, la vergüenza pierde fuerza. El trabajo psicológico, según él, empieza por reconocer el conflicto sin añadir más culpa: «Muchas personas experimentan estos pensamientos. Y además se juzgan duramente por tenerlos«. También puede ser útil revisar de dónde procede realmente la incomodidad. En muchos casos no tiene tanto que ver con la familia como con el miedo a la evaluación social.
«A veces estamos intentando cumplir expectativas que ni siquiera hemos elegido conscientemente», sentencia. Cuestionar esos ideales puede resultar liberador. Porque cuando la mirada se vuelve menos comparativa, algo cambia. La familia deja de ser un escaparate y vuelve a ser lo que siempre fue, un espacio imperfecto, pero real.