NO TE PIERDAS Revolución Hyrox: cuando las mujeres dejaron de entrenar 'como mujeres'

Los expertos en moda creen que en los próximos meses podría haber una avalancha de rebajas y outlets. FOTO: Gustavo Fring/Pexels.

Ni triturar, ni quemar, ni reciclar

Se acabó: Europa prohíbe destruir la ropa sin vender

Adiós a producir textiles sin tener en cuenta qué pasará si no encuentran comprador. El vertedero ya no es destino para la moda.

Por Patricia de la Torre

20 DE JULIO DE 2026 / 07:30

19 de julio de 2026. Domingo, para más inri. Mientras en España (y en el resto del planeta) contábamos los minutos y segundos que quedaban para la final del Mundial 2026 entre la roja y Argentina, entraba en vigor uno de los puntos más delicados del Reglamento sobre Diseño Ecológico para Productos Sostenibles (ESPR, por sus siglas en inglés): la prohibición de destruir las prendas textiles sin vender. 

Una práctica que, por extraña que parezca, hasta ahora era habitual en el sector. Bruselas ha dicho ‘se acabó.

Ni quemar, ni triturar, ni abandonar en vertederos en países lejanos. Entre el 4 y el 9% de la ropa que se fabrica en Europa se destruye sin que nadie la haya estrenado. Se convierten directamente en basura, un despilfarro textil que genera 5,6 millones de toneladas de emisiones de CO2. Para entendernos, equivaldría a las emisiones totales de Suecia en 2021.

Lo curioso es que los consumidores no eran conscientes del impacto enorme que tienen sus marcas favoritas en la sostenibilidad del planeta. Muchos desconocían incluso que bolsos, faldas o pantalones de lujo acaban ardiendo en una pira cada año para evitar que se vendan rebajadas y la marca se devalúe.

Algunas marcas abiertamente lo confirmaban. Otras optaban por el silencio. En 2018 la BBC  escandalizaba a los ingleses al destapar cómo la muy británica Burberry llevaba años quemando ropa, perfumes y complementos para que no acabaran en canales de venta barata.

TE PUEDE INTERESAR

Una falda nueva sale de fábrica, cruza medio planeta, ocupa una percha durante unas semanas y termina triturada con la etiqueta puesta. Todo ese tejido, agua, energía, transporte y trabajo para acabar convertido en residuo antes de llegar a un armario. Una forma bastante cara de fabricar basura.

Desde ayer 19 de julio de 2026, esa vía se cierra para las grandes empresas que operan en la Unión Europea. El Reglamento de Ecodiseño (así es como se conoce de forma coloquial) prohíbe destruir prendas, accesorios y calzado que se hayan quedado fuera de la cesta de la compra.

La medida llegará a las empresas medianas en julio de 2030. Este pequeño desfase les permitirá adaptar su producción a las ventas reales y evitar tener que tomar medidas con los excedentes que no han convencido al mercado. Las pequeñas empresas textiles y las microempresas quedan exentas.

Para Gema Gómez, diseñadora de moda y fundadora en 2011 de Slow Fashion Next, la aplicación de esta norma marca un cambio de mentalidad. «El excedente deja de ser un coste asumible del negocio y empieza a convertirse en una responsabilidad», señala.

Buena parte de la moda rápida ha basado su negocio en producir grandes volúmenes a precios bajos y asumir que una parte de la colección se quedará por el camino. Ese stock podía acabar incinerado, triturado o enviado a un gestor de residuos.

Para el Reglamento de Ecodiseño enviar las prendas nuevas al reciclaje también cuenta como destruirlas. Quedan fuera la preparación para la reutilización, el reacondicionamiento y la remanufacturación. La destrucción solo se admite por razones de salud, higiene o seguridad, o cuando la prenda ya no puede recuperarse.

«La prohibición de destruir este stock rompe un poco esta lógica de producir sin medida y obliga a que las empresas se hagan cargo de lo que producen», afirma Gómez.

La consecuencia inmediata para los fabricantes es que van a empezar a tener que gestionar sus excedentes de forma sostenible. Y racional. No se trata de ropa rota, gastada o deteriorada. Son prendas de plena moda, de la temporada que acaba de terminar o las anteriores, en perfecto uso, pero que no han seducido a sus compradores. Quizás por el diseño, tal vez por el color, por el precio… A veces, porque se concibieron para una primavera soleada, pero la lluvia redujo las ventas de entretiempo. O porque un invierno demasiado cálido hizo que no se agotara el stock de abrigos. 

Hasta ahora se podían destruir sin más. Ya no. Gómez prevé más descuentos, outlets y plataformas de segunda vida impulsadas por las marcas. Marcas de mass market como Inditex, Mango o H&M ya aprovechan las rebajas para sacar en su web prendas de otras temporadas a precios de derribo. Esta táctica obliga a multiplicar la capacidad logística de las marcas, es decir, a contar con almacenes mucho más grandes para guardar toda esa ropa a la espera de que alguien la eche al carrito.  

Las donaciones o las campañas de ventas flash de resto de archivo son otras alternativas para darles  salida. «Por primera vez la regulación cuestiona las consecuencias de un modelo basado en el crecimiento continuo del volumen de producción», apunta Gómez.

Un pantalón no es una botella de vidrio que se echa al contenedor y se recicla con facilidad. Hay que separar fibras mezcladas (la ropa rara vez es 100% de un mismo material), retirar cremalleras, botones, tintes y otros acabados decorativos. Estos procesos exigen tecnología, energía y… cuestan dinero. Y choca con una dura realidad: el reciclaje textil en Europa apenas es eficiente.

La producción mundial de fibras nuevas alcanzó 132 millones de toneladas en 2024 y podría llegar a 169 millones en 2030. Sin embargo, las fibras recicladas procedentes de residuos textiles representaron menos del 1 % del mercado mundial. «Las mejoras unitarias están quedando anuladas por el aumento de volumen», advierte Gómez.

Con las cifras en la mano se entiende por qué Bruselas no está dispuesta a admitir el reciclaje de prendas nuevas como un remedio a la sobreproducción. Si todos los fabricantes optaran por reciclar lo que tienen sin vender en sus almacenes, no habría capacidad técnica para reciclar dentro de Europa. Y fuera, aún menos.

Los textiles nuevos sin vender se suman al problema que ya suponen las prendas usadas que acaban en vertederos en terceros países. Europa exportó más de 1,44 millones de toneladas de textiles usados en 2025, sobre todo hacia África y Asia. Parte encuentra una segunda vida en mercados locales, mientras otra acaba presionando sistemas de residuos con pocos recursos.

Al mercado de Kantamanto, en Ghana, llegan cada semana unos 15 millones de prendas procedentes del norte global, según The Or Foundation. Los comerciantes pagan por fardos que también contienen artículos con pocas posibilidades de venta. Una donación en origen puede convertirse en una factura en destino.

Gómez reclama una responsabilidad ampliada del productor (RAP) de alcance global para que las marcas contribuyan a gestionar los residuos también en los países donde terminan sus prendas. «Si las cadenas son globales, la ética y la responsabilidad también tienen que ser globales», defiende.

OTROS TEMAS WELIFE

Cuando hablan de sostenibilidad y de responsabilidad social corporativa, las empresas del sector textil suelen comunicar el porcentaje de fibras recicladas que han incorporado a sus prendas, el uso de tintes más sostenibles, el ahorro de agua en sus instalaciones y hasta la instalación de paneles solares como forma de reducir emisiones.

Rara vez cuentan cuántas prendas fabricaron de su colección primavera-verano del año tal, cuántas se produjeron con defectos y cuántas de las producidas correctamente se quedaron sin vender. Porque esos abrigos, camisetas, pantalones o cazadoras acabarán siendo residuos. Un descalabro comercial y un despropósito medioambiental. «El volumen es uno de los indicadores que mejor explica el impacto de una empresa», señala Gómez. «Producir una prenda con menor impacto siempre es positivo, pero producir millones de prendas menos puede tener un impacto ambiental mejor», añade.

A partir del 2 de marzo de 2027, las empresas deberán publicar cuántas unidades descartan, su peso, los motivos y su destino. Aun así, el volumen total de producción seguirá siendo la gran cifra pendiente.

Encargar de más dejará de ser una decisión barata. Cada prenda sobrante pedirá espacio, gestión, trazabilidad y una salida compatible con la ley. Quizá algunas compañías aprendan a calcular mejor. Quizá otras conviertan el outlet en una prolongación habitual de la tienda. Gómez resume el debate con una pregunta sencilla: «¿Para qué producimos tanta ropa?».

Europa acaba de cerrar la puerta de la trituradora. Ahora toca decidir si la solución consiste en buscar otro sitio para la montaña de prendas o en fabricar una montaña bastante más pequeña.

Salir de la versión móvil