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De niños abríamos los ojos bajo el agua por pura temeridad. De mayores, las gafas de natación se convierten en uno de esos pequeños gestos de autocuidado que agradece la vista. Foto: Leticia Higa / Pexels
¡Al agua, topos...!
Solemos señalar al cloro como la causa de todos los males. Pero hay otros enemigos bajo el agua que ponen a prueba nuestra vista.
Por Amor Sáez
18 DE JULIO DE 2026 / 08:00
Cuentan que rodando en Venecia, la actriz Katherine Hepburn cayó a uno de los canales. La suciedad del agua le provocó una infección ocular que arrastró el resto de su vida. Pensamos que eso no puede pasarnos en nuestra piscina favorita, pero bajo el agua y en los alrededores de nuestros chapuzones de verano se esconden muchas amenazas para nuestra salud ocular. Por eso, además del bañador y la gorra, no está de más repasar los consejos para evitar los riesgos y asegurar la protección de los ojos en la piscina, el mar y otros lugares con agua donde combatir el calor.
"El principal problema no es solo el cloro, sino la combinación de químicos y microorganismos. Al nadar sin gafas, se deteriora la película lagrimal, que es la barrera protectora natural del ojo, lo que deja la superficie ocular expuesta a irritantes y bacterias. Esto puede provocar conjuntivitis química (ojos rojos, picor y escozor) y aumentar el riesgo de infecciones", asegura Mª Isabel Andrés Martín, doctora en farmacia, diplomada en óptica y vocal de óptica y acústica del Consejo General de Colegios de Farmacéuticos.
Aunque puede tratarse de molestias puntuales, si tiendes a nadar con los ojos abiertos de manera frecuente y prolongada, el problema puede derivar en ojo seco o incluso en lesiones corneales. "Es especialmente peligroso si se usan lentillas, ya que pueden retener microorganismos como la Acanthamoeba, capaces de causar infecciones graves", asegura Ignacio Migoya López, farmacéutico, óptico y secretario del Colegio de Farmacéuticos de Asturias.
Otro enemigo para la salud ocular son las cloraminas. Este compuesto químico, formado por la unión de cloro y amoníaco, se forma al contacto con el sudor, la saliva u otros residuos. Por así decirlo, no lo echan los responsables de la piscina, lo generamos nosotros cada vez que nos zambullimos en el agua.
"Estas sustancias destruyen la capa protectora del ojo, favoreciendo la sequedad, la irritación y la queratitis. Además, un pH mal equilibrado puede provocar irritación adicional y facilitar infecciones", aclara la doctora Mª Isabel Andrés Martín.
Una curiosidad: un fuerte olor a piscina suele indicar una mayor presencia de compuestos irritantes. "Las piscinas de agua salada, aunque también tienen cloro, generan menos cloraminas y respetan mejor el equilibrio natural del ojo", según el farmacéutico y óptico Migoya López.
Un mito: el agua marina no es beneficiosa para los ojos, aunque exista esa creencia. "Su alta concentración de sal provoca deshidratación de la superficie ocular mediante un efecto osmótico, generando escozor inmediato. Además, al ser un entorno no desinfectado, contiene microorganismos que pueden causar infecciones, especialmente cuando la córnea está desprotegida. A esto se suma la presencia de arena y partículas microscópicas que pueden producir pequeñas abrasiones", detalla la Dra. Andrés Martín.
El consejo de los ópticos es evitar abrir los ojos bajo el agua sin protección. Ni en la piscina, ni en el mar, ni en lagos y ríos. Si no puedes evitar hacerlo, acláralos nada más salir con agua dulce limpia.
¿Qué pasa si encima llevas extensiones de pestañas o el eyeliner micropigmentado? "El cloro y la sal actúan degradando el adhesivo de las extensiones de pestañas, provocando que se caigan antes; además, el sol y el calor también lo debilitan. En el caso del eyeliner micropigmentado, la radiación UV puede decolorar el pigmento y alterar su tono, especialmente si está reciente", apunta Migoya López.
Puede darse todavía un caso más: ¿y si usas lentillas? Pues que el riesgo de infecciones aumenta significativamente. "Estas actúan como una esponja que retiene agua y microorganismos contra la córnea. El mayor peligro es la Acanthamoeba, que puede causar infecciones graves. Lo ideal es no usarlas, pero si es necesario, deben ser lentillas diarias combinadas con gafas de natación herméticas. También es esencial mantener una higiene estricta, evitar el agua del grifo y usar lágrimas artificiales", aconseja la vocal de óptica y acústica del Consejo General de Colegios de Farmacéuticos.
Ponerse vuelta y vuelta bajo el sol no solo pone en riesgo la salud de la piel. Los ojos también lo pasan mal. Pese a tener mecanismos de autoprotección autólogos frente a la radiación infrarroja y la luz visible, no disponen de algo similar ante las radiaciones UVA y UVB. Y esa radiación ultravioleta es especialmente peligrosa porque es invisible y no activa mecanismos de defensa inmediatos.
Los párpados no son una muralla infranqueable. Dejan pasar parte de la radiación UV. Su efecto es acumulativo y puede afectar a distintas estructuras del ojo: en la superficie provoca quemaduras como la fotoqueratitis e, incluso, aumenta el riesgo de cáncer de piel en los párpados. También puede provocar daños en la córnea y en el cristalino, favorece la aparición de cataratas; y en la retina incrementa el riesgo de degeneración macular. "Además, el agua y la arena reflejan la radiación solar, aumentando la exposición. Por eso, la protección frente a la radiación UV es fundamental, incluso cuando no se percibe una molestia inmediata", advierte el farmacéutico Migoya López.
Amén de que el gesto reflejo de entrecerrar los ojos bajo el sol contribuye a que aparezcan las famosas patas de gallo. El consejo: llevar siempre puestas las gafas de categoría 3. Esta clasificación tiene que venir impresa en la patilla e indica que los cristales bloquean la mayor parte de la luz solar visible (un 82-92%). "Actúan como una barrera física que protege tanto la visión como la piel", asegura Mª Isabel Andrés Martín.
Para proteger la salud ocular en la piscina y en nuestros baños en el mar, Migoya López recomienda ser constantes con estas medidas:
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