Suscríbete a la

  • Cuerpo
    • Alimentación
    • Belleza
    • Ejercicio
    • Salud hormonal
  • Mente
    • Meditación
    • Salud mental
    • Sueño
    • Testimonios
  • Planeta
    • Lifestyle eco
    • Mi vida sostenible
    • Tendencias
    • Shopping
  • Menopausia
  • Longevidad
  • Opinión
  • Eventos
    • ASISA WeLife Menopausia
    • Welife Festival
    • Welife Tour
    • WeLife Longevidad
    • –facebook–
    • –instagram–
    • –twitter–
    • –welife–

NO TE PIERDAS Alegrarse del mal ajeno es más frecuente de lo que imaginamos

Ese gustillo que da cuando otros tropiezan o les va un poco mal no debe írsenos de las manos. FOTO: KoolShooters (Pexels).

¿Qué puedo hacer si...?

Me gusta que a los demás les vaya mal, ¿soy mala persona?

Si algo dentro de ti que disfruta cuando a otra persona se le tuerce la vida, no estás sola. Lo que te pasa hasta tiene un impronunciable nombre alemán.

Por Paka Díaz

8 DE SEPTIEMBRE DE 2026 / 07:30

  • facebook
  • whatsapp web
  • copiar enlace enlace copiado

Hay placeres que no se confiesan en voz alta. Que pierda el equipo de tu pareja, que a esa compañera que siempre va impecable le quede fatal el nuevo corte de pelo, o que el vecino ruidoso pinche una rueda justo antes de irse de escapada. No se lo dirás a nadie, pero lo cierto es que lo has sentido. Una especie de alivio pequeño, casi imperceptible, acompañado de una culpa que a veces te corroe, y otras no. Te preguntas si solo te pasa a ti. Pero, al igual que lo de competir a veces con tu amiga, es algo más común de lo que parece.

De hecho, tiene hasta nombre: Schadenfreude. Este término alemán describe el placer que sentimos ante la desgracia ajena. Y aunque suene sofisticado, lo que hay detrás es bastante más cotidiano de lo que nos gusta admitir. "Aunque suele percibirse como algo incómodo o incluso vergonzante, en realidad es una reacción mucho más humana y frecuente de lo que nos gusta reconocer", explica Marga Salinas, psicóloga sanitaria especializada en autoexigencia. Desde un punto de vista psicológico, esta reacción, precisa, "no es muy distinta de otras emociones. Nos informa de cómo estamos interpretando una situación y de cómo nos afecta internamente".

TE PUEDE INTERESAR

Tus inseguridades dicen mucho de ti

Ese alegrarte del mal ajeno en realidad no habla tanto del otro como de ti. Sobre todo, habla de tu historia y de tus inseguridades. Porque no reaccionamos ante los hechos, sino ante lo que significan para nosotros. Esa es la clave. No es lo mismo que le pase algo malo a un desconocido que a alguien que, de alguna manera, sientes que te confronta.

Por ejemplo, a esa persona que parece tenerlo todo bajo control y que, en realidad, encarna justo lo que tú sientes que te falta o que representa una especie de estándar imposible que te encantaría alcanzar. Cuando algo falla en su vida, no es tanto que disfrutes de su mal, sino que algo dentro de ti se recoloca. "A veces, más que disfrutar del sufrimiento ajeno, lo que sentimos es alivio porque se reduce una discrepancia o injusticia que nos resultaba incómoda", explica Salinas. O sea, para ti, el mundo vuelve a parecer un poco más equilibrado.

Una forma de regular tu autoestima

También ocurre algo curioso en el proceso de sentirte bien por algo malo que le pasa a otro, y es que la caída ajena humaniza. "Cuando vemos que alguien a quien percibíamos como inalcanzable también se equivoca o atraviesa dificultades, la distancia se acorta", señala Salinas. Y eso reconforta, porque nos recuerda que la vulnerabilidad no es patrimonio exclusivo.

El problema aparece cuando deja de ser puntual y empieza a convertirse en una necesidad. "Se convierte en señal de inseguridad cuando necesitamos que otros fracasen para sentirnos valiosos", advierte la psicóloga. Ahí ya no hablamos de un pensamiento fugaz, sino de una forma de regular la autoestima. Pero si se convierte en herramienta, tienes que revisarlo. Porque entonces supone que el alivio no viene de lo que tú eres, sino de que el otro esté peor. Y no es lo mismo una reacción interna, casi automática, que una actitud deliberada. "El límite ético aparece cuando pasamos de una reacción espontánea a recrearnos en ello o amplificar el daño de otra persona", apunta Salinas. Pensar algo no te define, pero actuar en consecuencia, sí.

¿Es envidia?

La comparación social no es nueva, pero ahora tiene escaparate permanente: las redes sociales. Esas donde todos parecen más felices, más guapos, más exitosos que uno mismo. "No comparamos nuestra realidad con la realidad completa del otro, sino con una pequeña parte cuidadosamente seleccionada", recuerda Salinas. Por eso, cuando una persona idealizada tropieza, la caída tiene algo de alivio.

No necesariamente porque quieras su mal, sino porque, por un momento, te sientes más cerca. Pero ojo, las redes tienen un ingrediente peligroso: la desinhibición. "El anonimato y la validación grupal pueden facilitar que algunas personas expresen públicamente reacciones que en otros contextos quedarían en privado", señala. Un pensamiento pasajero puede convertirse en comentario, burla o incluso linchamiento digital. Y eso puede ser un problema.

"No todas las emociones incómodas son un problema a solucionar", matiza Salinas. Si es algo puntual, probablemente no haya nada que hacer más allá de observarlo y seguir. El problema es cuando aparece de forma recurrente y empieza a generar malestar o culpa. Muchas veces la envidia, que suele estar detrás de este fenómeno, habla de algo propio que hemos dejado de atender. "Puede señalar deseos legítimos, necesidades descuidadas o aspectos de nuestra vida que hemos relegado", explica la psicóloga. En ese sentido, es más una brújula que un defecto. Y hay que ver hacia dónde nos conduce.

OTROS TEMAS WELIFE

Afina tu emoción

El ejercicio que propone la experta no es negar la emoción, sino afinarla. Concretar qué es exactamente lo que estás envidiando. Porque rara vez es el conjunto completo lo que deseas, sino que suele ser algo más específico, más simbólico, ya sea "libertad, reconocimiento, seguridad, oportunidades", apunta la psicóloga. A partir de ahí, te toca decidir qué haces con esa información.

"La salud psicológica no consiste en eliminar pensamientos, sino en aprender a relacionarnos con ellos de forma consciente", resume Salinas. La experta propone usar una herramienta clave, la autocompasión. O sea, esa capacidad de tratarte con la misma comprensión que ofrecerías a otra persona. Quizá el primer paso sea dejar de escandalizarse por sentir algo profundamente humano. Porque no, no eres mala persona por haber pensado eso.

"El objetivo final no pasa por juzgar, rechazar o suprimir la envidia sin más, sino por preguntarnos de qué manera queremos responder a la información que esa emoción nos está ofreciendo", sugiere Salinas. O sea, transformarla "en una oportunidad para conocernos mejor y orientar nuestra vida hacia aquello que realmente es importante para nosotros".

Salir de la versión móvil
  • Contacta con nosotros
  • Quiénes somos
  • –facebook–
  • –instagram–
  • –twitter–
  • –welife–

Copyright Vocento interactive 2021

En lo posible, para la resolución de litigios en línea en materia de consumo conforme Reglamento (UE) 524/2013, se buscará la posibilidad que la Comisión Europea facilita como plataforma de resolución de litigios en línea y que se encuentra disponible en el enlace http://ec.europa.eu/consumers/odr.

  • Aviso Legal
  • EMFA
  • Condiciones de Uso
  • Política de Privacidad
  • Sindicación
  • Política de Cookies
Madrid
VOCENTO
C/Josefa Valcárcel, 40 bis
28027 Madrid