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NO TE PIERDAS Edadismo en las canas: de los cuerpos ajenos no se habla, pero el cabello canoso sí se puede juzgar

La modelo Laura Sánchez es una de las muchas famosas que se apunta a lucir sus canas sin pudor. FOTO: Carlos Alvarez/Getty Images)

De los cuerpos ajenos no se habla, pero el cabello canoso sí se puede juzgar

Edadismo en las canas, ese aspectismo social que se sigue cebando con las mujeres

Que el pelo se vuelva gris es una consecuencia natural de cumplir años. Pero estigmatiza y sigue produciendo vergüenza.

Por Salomé García Gómez

9 DE OCTUBRE DE 2026 / 07:30

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¿Me sigo tiñendo o dejo que se vean las canas? Todas llegamos a esa edad en la que nos planteamos esa cuestión. Se las hemos visto a la reina Letizia, a Sarah Jessica Parker o Andie MacDowell y entendemos que sí, que se puede salir a la calle con mechones blancos. Pero algo desde dentro nos frena. Hemos normalizado las arrugas en aras de una longevidad cutánea saludable, incluso el aumento de peso asociado a la menopausia, pero las canas aún arrastran un edadismo letal.  

Y lo que es peor, ese edadismo brota de nosotras mismas hacia nuestra propia imagen y hacia la de los demás.

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Esa mujer con canas no soy yo

Miriam Quevedo, conocida empresaria española y la fundadora de la firma de cosmética que lleva su nombre, me confesaba hace unos días que hubo un momento en que decidió que no iba a teñirse más. "Aguanté poco. De pronto, el pelo blanco me hacía sentir mayor. Percibía mucho más las imperfecciones cutáneas de la edad, la flacidez, las líneas de expresión. La imagen que veía en el espejo era la de una mujer mayor, no era yo. Así que volví a teñirme. Admiro a las mujeres valientes que lo hacen, pero no es para mí", relataba.

El primer escollo para dejarse el cabello canoso a la vista es que la cana no es blanca, sino grisácea o amarillenta. "Muchas clientas nos llegan con el pelo destrozado porque se hacen decoloraciones o tintes agresivos para que quede un blanco elegante", añade. Y ese tono canoso, que no es blanco, sino 'silver', se percibe como sucio, decrépito, abandonado.

Surge entonces la culpa ante algo que es natural, pero que puede camuflarse con un tinte.

La culpa cuando asoman las raíces grises

El peluquero Juandiegoteo reconoce que cuando una clienta llega a la peluquería "con la raíz de las canas, suele mostrar cierta vergüenza. Lo primero que hace es justificarse por haberse dejado crecer tanto las canas, como si fueran una señal de dejadez o falta de cuidado". Un pudor absurdo que no aparece cuando las raíces son de nuestro color.

Ese mea culpa con tono avergonzado tampoco sucede cuando la clienta llega al salón con el cabello achicharrado por haber usado tintes caseros inapropiados, por abusar de la plancha a plena temperatura o por haberlo dejado a su suerte bajo el sol, el agua del mar y el cloro de la piscina. "Es algo que nos llama mucho la atención porque rescatar un cabello dañado es más difícil que cubrir una cana. Pero sí, somos mucho más flexibles con otros casos que realmente dañan el cabello, como abusar del calor, el secador etc. Al final, parece que preocupa más que se vea una cana que la salud real del cabello", prosigue.

"Me llama la atención que la mujer es especialmente exigente con las canas porque las asocian a dejadez o falta de cuidado". Y ese es el problema: las connotaciones edadistas de abandono, ocaso y hasta suciedad que se asocian a la cana.

¿Madurito canoso? Eso sí es atractivo

Dejarse las canas viene a ser como cruzar un Rubicón imaginario, ese que separa la juventud plena de energía de la decrepitud que da por hecho en la vejez. Hemos logrado ver la belleza natural en la arruga o en una piel imperfecta. El cabello canoso aún naufraga bajo el estigma personal y el social. "Nos queda mucho por hacer como sociedad. De entrada, tenemos que superar ese doble rasero en torno al envejecimiento: el hombre con canas sí que se percibe como atractivo, se le dan más licencias a la hora de mostrar su edad, pero de la mujer se espera que muestre siempre juventud, feminidad y coquetería en el sentido de seguir esos estándares de juventud que la sociedad marca", apunta Marga Segovia, psicóloga general sanitaria, especializada en relaciones y autoestima (@seryconectarpsicologia).

Apunta que los cambios no pueden hacerse de un día para otro. "Es un ejercicio que se debe hacer desde los medios de comunicación, la publicidad, el audiovisual, las redes sociales... Todos los emisores de esos mensajes que interiorizamos como propios y hacen que, cuando me sale una cana lo viva como algo poco femenino, poco cuidado y que tengo que arreglar cuanto antes".

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El estereotipo de la vejez

La psicóloga incide en que "seguimos teniendo una visión muy estereotipada de la vejez, de la que huimos cuando se trata de nosotros y que achacamos a los demás".

Las primeras víctimas de ese edadismo sobre las canas somos nosotras mismas. "En ese doble estándar de envejecimiento al que antes hacíamos referencia se asocia la valía de una mujer a su apariencia física, algo que no sucede con los hombres. Existe una presión social para que el cabello vaya teñido y sin raíces, sobre todo, si se ven blancas. ¿Por qué nos autoflagelamos cuando se nos pasa la cita con la peluquería y empiezan a asomar las canas? Porque interiorizamos ese discurso negativo sobre lo que la sociedad entiende que implica tener canas y tú te tiñes para protegerte de ese rechazo. Es triste, pero nos solemos guiar más por el rechazo que por la autenticidad", añade la psicóloga.

¿Cubrir las canas es siempre una capitulación? No lo es si se hace desde la libre elección y no desde el que necesite hacerlo sí o sí, porque la otra manera no es válida. Ojalá a la hora de teñirnos nos hayamos podido plantear previamente que no hacerlo también estaría bien".

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Juzgar a otros por sus canas

De los cuerpos ajenos no se debe hablar. Ni opinar, ni juzgar. Ese criterio parece no aplicar cuando se trata de juzgar las canas ajenas. "Asociamos un cabello con canas con el agotamiento vital porque culturalmente hemos aprendido a relacionar determinados signos físicos con el envejecimiento. Asociamos de forma innata una pérdida de energía y falta de atractivo cuando una persona exhibe sus canas, en especial, si es mujer. Y eso nos lleva a esa presión por parecer joven ocultando las canas", explica la psicóloga.

La historia laboral reciente muestra de forma ignominiosa cómo muchas mujeres se enfrentan a un despido o, simplemente, a que se les relegue a tareas menores, solo porque se les ven las canas.  Un nuevo techo de cristal que dificulta la contratación o el ascenso de una mujer en la edad madura.

Este tipo de discriminación se conoce como aspectismo y, a diferencia del sexismo o el racismo, cae por debajo del radar de la inclusividad. "La discriminación por apariencia física no está tan identificada porque forma parte de los sesgos de las organizaciones. Esto impacta en la salud mental y física de las personas y genera pérdidas de talento, diversidad e innovación para las empresas", denuncia la socióloga Gisela Dohm.

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