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Antes era un león dispuesto a engullirnos. Ahora el estrés o la ansiedad pueden venir por tu jefa. FOTO: Jessica Peterson/Pexels.

Llamar a las cosas por su nombre

¿Es ansiedad o estrés? Aprender a distinguirlos es el primer paso para controlarlos

El término ansiedad se ha colado en nuestras conversaciones cotidianas. Y lo confundimos sin pudor con el estrés, lo que complica su abordaje y mejora.

Por Marita Alonso

26 DE MARZO DE 2026 / 14:00

‘Es que esto me da ansiedad’, ‘Qué ansiedad me da tanta espera’, ‘Fulanita tiene ataques de ansiedad’… Las redes sociales han introducido el lenguaje clínico en nuestro día a día. Es verdad que conocemos mejor ciertos estados mentales que antes se agrupaban bajo denominaciones hirientes, pero no menos cierto es que en muchas ocasiones usamos esos términos mal. Acusamos de narcisistas a nuestras ex parejas con mucha premura, todo lo que es rápido o complejo parece que da estrés y hasta lo mezclamos sin pudor con la ansiedad. Como si ansiedad y estrés fueran sinónimos. Y no lo son. 

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La psiquiatra Ana Isabel Sanz, especializada en trastornos afectivos y ansiedad, explica el estrés como el proceso de activación fisiológica derivado de la valoración de una demanda externa y la percepción de nuestros propios recursos para afrontarla. «Cuando percibimos que la exigencia de una situación externa supera los recursos de que disponemos para hacerle frente, el organismo pone en marcha toda una cadena de respuestas ‘excepcionales’. Entre ellas la activación de eje hormonal que conecta el cerebro con las glándulas suprarrenales y cuyo protagonista principal es el cortisol», dice la directora del Instituto Psiquiátrico Ipsias y del departamento de Psiquiatría del Centro de Rehabilitación Dionisia Plaza de Madrid.

Evolutivamente nos lo explican con lo de que nos ponía en alerta en tiempos de las cavernas cuando se acercaba un depredador con ganas de engullirnos como almuerzo. En nuestros días el estrés constituye una respuesta adaptativa y necesaria para responder a los diferentes requerimientos de nuestra vida. Léase un ascenso laboral, un examen, el aprendizaje de una nueva competencia, un evento social, el inicio de la convivencia con una pareja, la enfermedad propia o de un ser querido… 

No es una respuesta patológica. Solo lo será cuando se prolongue en el tiempo o en condiciones desfavorables (situación personal de vulnerabilidad, falta de apoyo, condiciones negativas del entorno laboral, social o familiar).

«Cuando la respuesta de alarma o de lucha no obedece a un reto concreto, sino a un estímulo que se percibe como amenazante internamente sin correlación con un hecho real concreto, es cuando aparece la ansiedad. Las respuestas pueden ser parecidas a las que caracterizan el estrés (activación fisiológica con aceleración del ritmo cardíaco, cambio de la frecuencia y profundidad de la respiración, aumento generalizado de la tensión muscular, emociones dominadas por el miedo), pero el estímulo es distinto». 

La psicóloga matiza que, en el caso de la ansiedad, no suele identificarse en el entorno, sino en nuestro mundo interior. Anticipamos amenazas futuras que son más suposiciones o hipótesis acerca de posibles problemas futuros que construye nuestro cerebro en base a distorsiones de nuestra cognición que realidades.

En las redes sociales proliferan vídeos que alaban las bondades de determinados suplementos para combatir la ansiedad. Valeria Medina Rivera, neuropsicóloga de NeuronUP, dice que, pese a que existe una conexión real entre el intestino y el cerebro, y que ciertas bacterias de la microbiota intestinal pueden influir en la regulación emocional, el estrés o la producción de neurotransmisores como la serotonina, la investigación aún es limitada. Por eso no justifica el uso generalizado de suplementos como tratamiento principal.

«Es importante no caer en la automedicación ni minimizar síntomas que pueden requerir intervención clínica. En situaciones de estrés, puede ser útil consultar con un profesional sobre la posible utilización de suplementos, siempre de forma individualizada y supervisada», explica. «La base del abordaje debe ser siempre incorporar estrategias de regulación eficaces en el día a día: técnicas de relajación, actividad física, planificación de tiempos y entrenamiento de atención plena».

En casos de ansiedad, «los suplementos no sustituyen un abordaje psicológico o médico. Pueden ser un complemento, pero siempre bajo supervisión profesional», añade.

Ana Isabel Sanz subraya que la ansiedad no tratada afecta de forma importante nuestro bienestar mental y físico. Puede llegar a convertirse en un trastorno crónico que nos incapacita personal, social y laboralmente. Incluso puede complicarse con otros trastornos de la conducta, como la depresión, los trastornos de sueño y alimentación o el abuso de fármacos o de drogas. «Afecta nuestro bienestar básico. Suele iniciarse por alterar el sueño o la capacidad de alimentarse correctamente. Altera la capacidad de concentración y el rendimiento cognitivo en tareas complejas y cotidianas”, asegura.

Comenta que la ansiedad mantenida en el tiempo distorsiona nuestro estado anímico. Es la responsable de esos estados crónicos de irritabilidad, tristeza o desesperanza, que en casos complejos pueden llevar a deterioro del autocuidado e incluso a autolesiones y conductas lesivas o de riesgo. «También altera nuestra capacidad de relacionarnos socialmente. Con frecuencia impacta en una limitación de nuestro contacto con otras personas y en la evitación de actividades laborales o lúdicas que implican salir del círculo donde nos sentimos seguros», comenta. 

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Corresponde al psicólogo identificar si lo que nos pasa es ansiedad o estrés. Medina Rivera dice que la evidencia científica muestra que lo más eficaz suele ser combinar terapia psicológica (especialmente la terapia cognitivo-conductual) con medicación. Especialmente en los casos de ansiedad moderada a grave.

Hay otras herramientas que pueden ayudar. «La estimulación cognitiva ayuda a entrenar ciertas habilidades mentales. Por ejemplo, aprender a frenar pensamientos repetitivos para reducir la rumiación. O mejorar la planificación de tareas para aumentar la percepción de control y reducir la incertidumbre. Finalmente, trabajar la atención para potenciar técnicas de atención plena», asegura. «También contribuye a desarrollar la flexibilidad mental para evitar la rigidez y adaptarse mejor a los cambios. Revisar y aprender de los errores permite ajustar la conducta sin caer en una vigilancia constante».

Todos esto conduce a un alivio de la ansiedad: «Mejorar la toma de decisiones ayuda a no ver amenazas donde no las hay», concluye.

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