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NO TE PIERDAS Carmen Navarro: "Hay clientas que llegan con una pena muy grande y rompen a llorar en un masaje"

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Los masajes con las manos reducen el estrés

La falta de cariño o un exceso de estrés pueden hacer que te rompas simplemente al sentir una mano amiga sobre tu piel. FOTO: Anna Shvets/Pexels.

Tenemos que tocarnos más

Necesitamos más contacto con la piel: la tristeza acumulada y el exceso de estrés pueden hacer que acabes llorando durante un simple masaje manual

El tacto de las manos sobre la piel, sin que medie deseo sexual, es una terapia infalible contra el estrés diario y un momento de placer no culpable que nos quita hasta la cara de enfado.

Por Salomé García Gómez

18 DE FEBRERO DE 2026 / 07:30

En la pasada edición de Welife Tour 2025 Bilbao, la psicóloga y sexóloga Cristina Pérez animaba a las asistentes a conocer, reconocer y sentir más tu cuerpo. «Nos tocamos poco. Y no me refiero desde el aspecto sexual o de la masturbación. Casi como que huimos de nuestra propia piel y tenemos que recuperar ese disfrute, por ejemplo, al darnos la crema corporal«, apuntaba. El consejo no dejaba lugar a dudas: un masaje —o automasaje—con las manos reduce el estrés y nos proporciona sensación de bienestar. «En vez de hacerlo como siempre deprisa y corriendo, hoy hazlo lento. Siente tu piel, tu cuerpo. Disfruta del roce del del aceite o de la crema, de tus manos», añadía.

Su propuesta era clara: tenemos que dejar de lado los falsos pudores y el estrés diario y recuperar el placer de tocar, de tocarnos y de dejar que nos toquen, siempre que haya consentimiento. No es casual que los centros de estética ofrezcan masajes faciales y corporales que alimentan tanto el cuerpo como el alma. 

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Cuando echábamos de menos tocar

Durante el covid y los meses posteriores se impuso la famosa distancia social. Nada de dar dos besos al saludar, abrazos, pocos, y el metro y medio con nuestros interlocutores para evitar los contagios. La epidemia se contenía a la vez que crecía la necesidad de tacto. «Después de la pandemia tuvimos lista de espera para los masajes. Habían sido meses sin abrazarnos, sin podernos tocar, y venían muchas clientas con necesidad de contacto», recuerda Carmen Navarro, experta en tratamientos de belleza. 

De sus protocolos se ensalza tanto la innovación como la excelencia de las manos de todas sus terapeutas. Muchas clientas ponen en valor ‘las manos de Carmen’, aunque ella lleva años sin entrar en una cabina. Pero en estos 53 años de trayectoria profesional ha dejado huella en una forma de trabajar donde las manos ocupan un lugar fundamental.  

Lo que nota la mano de la terapeuta

Cuando empezó a trabajar apenas había una camilla, cosméticos y un instrumental tosco que ahora parece casi arqueología de la estética. Ahora su centro cuenta con la tecnología más puntera del momento: Hydrafacial, el láser azul Milesman Blauman, radiofrecuencia Hera con Cell Care System… «La aparatología es una inmensa aliada en el cuidado facial y corporal, pero nada sustituye a las manos. Siempre enseño que cualquier tratamiento debe acabar con las manos para quitar esa sensación de frialdad de la máquina». 

En sus formaciones a las terapeutas insiste en que las manos conectan más con la clienta que lo que ella misma puede contar. «Las manos nos permiten transmitir energía y percibir la energía de la clienta. Es un fluir en ambas direcciones. Notas si está contracturada, si tiene bloqueos emocionales, si está tensa por problemas. No es la primera vez que en un tratamiento una señora rompe a llorar en un masaje». 

Del silencio a la imaginación

«Ahora ya no doy masajes, pero cuando los daba me encantaba que la persona primero estuviese sin hablar. Esto me permitía sentir a través de las manos cómo se sentía por dentro. De repente te lloraban porque llevaban una pena dentro. Cuando se relajaban ya se soltaban. Luego salían como nuevas», apunta la veterana experta en belleza. El masaje con las manos iba más allá de su función estética. Era una terapia contra el estrés.

Recuerda que, a su manera, fue pionera en las meditaciones guiadas. «Hace años venía muchísimo una actriz con la que hacía programaciones. El protocolo empezaba con unas respiraciones profundas para relajar y reconectar con el cuerpo. Entonces ya empezaba con las programaciones. Con la voz la iba guiando para que mentalmente viajara a su lugar de descanso favorito, que lo visualizara y percibiera todas las sensaciones como si estuviera allí». 

Aquellas experiencias le hicieron ganar prestigio y un toque diferenciador. «Era agotador. Tenía que estar concentrada en las manos y, a la vez, avanzar en el discurso para guiar a la clienta». 

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Descender hasta la fascia

Esa confianza en el poder emocional y terapéutico de las manos le ha llevado a incorporar en sus tratamientos faciales el Lifting Miofascial, un protocolo manual creado por el reconocido experto internacional Sergiy Galchenko. A diferencia de otros tratamientos faciales que se quedan solo en la epidermis, aquí se trabaja de forma no invasiva sobre las fascias y la musculatura profunda del rostro. Algo así como un entrenamiento de alta intensidad para la cara, trabajando desde dentro hacia fuera.

«Consiste en realizar manipulaciones precisas, profundas y rítmicas de toda la musculatura del rostro. Así conseguimos reposicionar volúmenes, elevamos un poquito los pómulos, redefinimos el óvalo facial y mejoramos el drenaje profundo para eliminar toxinas y atenuar esos rostros hinchados. Y, a la vez, estimulamos de forma natural la producción de colágeno y elastina», explica Navarro.

Galchenko añade que «el rostro tiene memoria. Todo lo que vivimos, lo que callamos y lo que acumulamos se queda ahí. Con el trabajo miofascial no buscamos forzar, sino liberar. Cuando las fascias recuperan su movilidad, el rostro vuelve a expresarse con naturalidad». Al descongestionar las fascias, el rostro recupera su naturalidad. Se quita esa cara de estrés que, sin darnos cuenta, solemos llevar. «Muchas veces lo que vemos en un rostro no son señales de edad, sino estrés. Y esa tensión bloquea nuestra expresión natural, se nos queda rostro de enfado«, nos recuerda Carmen Navarro.

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