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La fuente de la eterna juventud no está claro si existe, pero llegar a ella tiene un precio al alcance de pocos bolsillos. FOTO: Ola Szkolda/Pexels.
¿Vivir más es para ricos?
Presumir de edad biológica es el nuevo símbolo de estatus. Pero, a veces, descansar ocho horas, pasear al sol o tener tiempo de calidad con amigos es más caro que el último 'biohacking'...
Por Paka Díaz
21 DE AGOSTO DE 2026 / 08:00
Tratar de ser inmortal tiene un precio. Y solo está al alcance de unos pocos. Pongámosle cifras al nuevo lujo que es la longevidad para saber de qué hablamos. El programa completo de longevidad de Bryan Johnson, su famoso Blueprint, cuesta la friolera de unos 2 millones de dólares al año. Eso en la versión premium, la que el gurú de la longevidad prueba en sus propias carnes. La versión comercializable, con tratamientos clínicos integrales y tests de salud avanzados, asciende sólo a un millón.
Hay también formatos más "asequibles" por poco más de 300 dólares al mes. Los análisis de sangre y demás pruebas diagnósticas van aparte. Y cuestan un potosí.
El doctor José Viña, experto en longevidad, bromea al recordar que una vez Bryan Johnson declaró que él invierte en sí mismo. "Como médico solo puedo decir que es la mejor inversión. Pero no cabe duda de que hacerlo como Johnson es tremendamente caro". Surge entonces una fosa entre la longevidad para ricos, con sus tratamientos de última generación, y la larga vida para los demás, que pasa por controlar el colesterol, hacer algo fuerza al final del día con las cintas elásticas en casa y procurar dormir todo lo posible, que eso sí que puede ser gratis.
Entre telómeros y wearables, la longevidad es el nuevo Rolex de la salud. Porque lo difícil de esta epigenética para vivir más de 100 años es tener tiempo y recursos para todo ello.
Mientras Silicon Valley invierte en investigar cómo alcanzar más años de vida y en las mejores condiciones, en la vida real tener unos minutos libres parece a veces inalcanzable. Y este nuevo lujo conduce a preguntarse si el bienestar está, realmente, al alcance de todos.
Todos, o casi todos, queremos vivir más y mejor. El bueno de Bryan Johnson quiere ser eterno, como el Partenón o el Coliseo de Roma. Habrá que ver hasta dónde lo logra.
El filósofo Carlos Javier Alonso indica que "seguimos, por ahora, en una fase inequívocamente transhumanista, aunque con indicios de que el umbral posthumanista se aproxima más deprisa de lo que solemos admitir. Las herramientas, como CRISPR, nanomedicina, interfaces cerebro‑máquina, IA, ya existen, pero todavía no han alterado la especie de forma irreversible ni generalizada", reflexiona.
Dicho en roman paladín, ese humano 2.0 al que el filósofo denomina posthumanismo "ocurrirá cuando la mejora deje de ser accesoria y pase a ser constitutiva de la biología. O la interfaz hombre‑máquina sea una extensión del sistema nervioso".
Viendo las cifras que barajan Bryan Johnson y su equipo surge un dilema ético evidente. "Si la mejora cognitiva, física o de longevidad queda reservada a las élites, estaríamos ante la primera desigualdad verdaderamente ontológica. No de renta, ni de oportunidades, sino de naturaleza", alerta.
No vivirán más los más fuertes, ni los que más tierras tengan. Serán los que mejor manejen el arte del biohacking y tengan chequera para pagarlo.
Antes los patricios encargaban esculturas y pinturas con su rostro como forma de burlar al destino. Ahora no encargan obras de arte, se convierten ellos mismos en una obra carísima. "Si las tecnologías de rejuvenecimiento comienzan a funcionar y a estar disponibles únicamente para quienes pueden costearlas, la brecha dejará de ser económica para volverse temporal. Unos comprarán veinte o treinta años adicionales de vida productiva, otros no", puntualiza Alonso.
El filósofo advierte que la adquisición de un Ferrari no altera el tejido social de manera estructural, "pero lograr una vida más larga, sí".
La doctora Mariel Silva, directora médica de SHA Spain y especialista en Envejecimiento Saludable, sugiere un freno de mano sensato. "Estamos viendo crecer áreas como la medicina preventiva, la nutrición personalizada, la salud del sueño, los biomarcadores, la tecnología wearable… Esto refleja un cambio cultural importante donde la salud empieza a entenderse como un activo estratégico", comenta Silva.
Precisa que no hay que confundir longevidad con soluciones milagrosas, o exclusivamente tecnológicas. "La evidencia científica sigue mostrando que los pilares más importantes continúan siendo bastante básicos. Estilo de vida saludable, ejercicio físico, descanso adecuado, alimentación de calidad, manejo del estrés, vínculos sociales y prevención", enumera la doctora.
Cuantas más palancas toquemos, más podremos actuar sobre la edad biológica, "pero no debería usarse como un símbolo de poder o de estatus". Un programa de una semana en esa lujosa clínica de longevidad situada en Altea (Alicante) puede rondar hasta los 10.000 euros, alojamiento no incluido.
Comer saludable, dedicar una hora al día a hacer deporte, pasear o meditar, dormir cuanto toca y lo que toca... Son el abecé de siempre, pero a muchos les suena a privilegios de agenda. "Más que hablar de privilegio, hablaría de educación sanitaria y de cultura preventiva. El objetivo debería ser facilitar que más personas puedan incorporar hábitos saludables de forma realista y sostenible, no convertir la salud en un símbolo de exclusividad".
Y si la epigenética cuenta, la genética también da sus pinceladas. El investigador Manel Esteller contaba en WeLife Longevidad la sorpresa de su equipo al estudiar el genoma de Maria Branyas, una supercentenaria que llegó a los 117 años con una lozanía encomiable "y una edad biológica 14 años menor que la que indicaba su documento de identidad". Su secreto estaba en alguna que otra mutación genética que la protegía de enfermedades asociadas a la edad "y tomar tres yogures naturales al día".
Un hábito sencillo y carente de lujos que abre la esperanza en una longevidad para todos y no como símbolo de estatus.
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