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NO TE PIERDAS En el gimnasio no eres el centro del mundo, por suerte: el miedo más común a la vuelta de vacaciones

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Mujer haciendo ejercicio en la sala de musculación preocupada por que todo el mundo la mira aunque no haya nadie

Entre espejos y máquinas, cada cual suele estar bastante más pendiente de sí mismo. Foto: Ahmet Kurt / Pexels

El llamado efecto foco

“Todos me miran en el gimnasio”. Por qué el examen ajeno pesa más que las mancuernas

El miedo a hacer el ridículo puede ser uno de los mayores frenos para empezar a entrenar. La psicología explica por qué creemos que nos miran y cómo dejar de sentirnos el centro de la sala

Por Silvia Capafons

1 DE SEPTIEMBRE DE 2026 / 07:30

El 1 de septiembre viene a ser algo así como el inicio de un nuevo curso. Tal vez ya no vayas al cole, pero es el momento de poner en marcha esos buenos propósitos que te has hecho en vacaciones. Empezando por ir al gimnasio. Si nunca has ido o estás en baja forma, es probable que sientas que nada más poner el pie dentro del centro, tu cuerpo, tu indumentaria y tu forma de enfrentarte a las mancuernas serán objeto del cruel escrutinio de todos los usuarios. Los imaginas criticándote por lo bajinis, censurando tu falta de flexibilidad y deplorando que levantas poco peso. Todo eso suena en tu cabeza y sabotea la hora que estás en el gimnasio. 

Pero en realidad, rara vez ocurre. El resto de usuarios está a lo suyo, con sus auriculares, sus móviles y sus rutinas. Nadie se fija en ti. Lo resume así la psicóloga y terapeuta Elena Antón: "Los otros están demasiado ocupados siendo el centro de su propio mundo como para sostener la atención sobre el nuestro".

No eres el centro del mundo (por suerte)

Los psicólogos han acuñado hasta un término para definir esa falsa creencia de que todos los ojos están puestos sobre nuestras mallas o sobre nuestra dificultad para hacer dos burpees seguidosEs el conocido como efecto foco: "Tendemos a sobreestimar cuánto nos observan los demás".

Ese efecto foco fue analizado por el psicólogo Thomas Gilovich en la Universidad de Cornell. En el experimento, obligaron a unos estudiantes a llevar una camiseta extravagante. Ellos creían que serían el centro de todas las miradas, pero solo el 23% de la sala se dio cuenta. Al final, nace de una especie de egocentrismo inocente: como nosotros somos el centro de nuestro universo, asumimos que también lo somos del de los demás.

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'Es que no sé usar las máquinas'

Yolanda Suárez, licenciada en INEF, máster en psicología deportiva y creadora del método Enchúfate a la vida, apunta que "muchas personas no llegan al gimnasio con el miedo al esfuerzo físico, sino al juicio ajeno. Les preocupa hacer mal un ejercicio no por miedo a una lesión, sino por sentirse observadas o compararse con otros usuarios que perciben como más preparados".

Curiosamente, lo que más vergüenza nos da no guarda relación con el peso o la forma física, sino con la sensación de no encajar. "He escuchado frases como 'no sé usar las máquinas', 'parezco ridícula' o 'todos saben más que yo'. En el fondo, la vergüenza suele estar más relacionada con la inseguridad de la falta de habilidad que con el aspecto físico".

¿Inseguridad o exigencia?

Y sí, nos sucede más a las mujeres y va más allá del gimnasio. "Las mujeres hemos permanecido históricamente bajo una mirada evaluadora constante. El cuerpo femenino ha sido juzgado desde fuera. Es decir, la mujer carga con una máscara más exigente y vigilante moldeada por expectativas externas", señala.

Respecto a los hombres, asegura la experta, no es que no tengan inseguridades (las tienen), pero su relación con la exposición corporal suele estar menos mediada por la evaluación estética y más por el rendimiento (fuerza, capacidad, competencia). Además, culturalmente han sido entrenados para disociar o disimular la vulnerabilidad, lo que puede dar la falsa impresión de que les afecta menos. Y añade: "Es cierto que las mujeres miramos, y a menudo, participamos en el sistema de evaluación. La diferencia es que lo sufrimos y lo reproducimos simultáneamente".

La 'red carpet' de la sala de máquinas

Ese efecto foco propio de cualquier alfombra roja de festival de cine se siente habitualmente más en la sala de musculación que en cualquier clase grupal. ¿El motivo? Hay mayor sensación de exposición individual. En las clases grupales, asegura Yolanda Suárez, existe mayor sensación de pertenencia y todos siguen las mismas indicaciones. En la sala, especialmente cuando alguien empieza, podemos sentirnos más vulnerables.

Lo curioso es que esa inseguridad también puede afectar a quienes llevan años entrenando. "Hay personas que llevan años entrenando y también pueden experimentar complejos relacionados con su imagen, su rendimiento o la comparación constante con otros", asegura la licenciada en INEF.

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Olvida a los demás y céntrate en tu entrenamiento

Intentar dejar de pensar que nos miran es como eso de 'no estés triste': no suele funcionar. El trabajo, dice la psicóloga Elena Antón, es más profundo, y tiene que ver con la relación con la propia imagen. En primer lugar, guarda relación con diferenciar entre percepción y realidad. "No es 'me están mirando', sino 'mi mente está activando el efecto foco", señala.

En segundo lugar, pasar de 'cómo me veo' a 'qué estoy haciendo'. Es decir, intentar no relacionar el cuerpo como algo que se muestra, sino como algo que hace.

También ayuda reducir el protagonismo: cuanto más nos creemos el centro, más presión sentimos. Conviene recordarnos que cada persona está absorbida por su propio mundo y por sus preocupaciones.

Por último, Antón sugiere una exposición progresiva a la incomodidad: "Permanecer en ella y observarla sin huir permite que el sistema nervioso aprenda que no hay una amenaza real".

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