
La tecnología de reconocimiento facial es capaz de identificarnos incluso haciendo muecas. Otra cosa es que se nos vaya la mano con algunos tratamientos estéticos y ni el móvil nos reconozca. FOTO: Deagreez/Getty.
La mano que mece la aguja
«Mi Face ID no me reconoce». Los retoques para no envejecer que dejan el rostro irreconocible
Somos como el gato de Schrödinger: queremos mucha longevidad, pero que no se nos noten los años. Y por el camino hay quienes pierden toda su identidad.
26 DE JULIO DE 2026 / 08:00
Nosotros lo llamamos el ‘lector de cara’ o el ‘sensor de reconocimiento facial’, si nos ponemos exquisitos. Los técnicos lo conocen como biometría facial, esa tecnología que analiza la ubicación de ciertos puntos en tu rostro que hacen que sea único. Tanto que siguen reconociendo de forma inequívoca un rostro con el paso del tiempo.
Estos lectores digitales identifican en cuestión de nanosegundos entre 16.000 y 30.000 puntos nodales sobre la frente, la nariz, los pómulos y los labios, entre otros. Basta un resfriado intenso, de esos que te dejan los ojos llorosos, ojeras y la nariz enrojecida para que el Face ID del móvil no te reconozca. Y no es fácil, ya que esta tecnología presente en los dispositivos de Apple ‘mapea’ el rostro de cada usuario a partir de más de 30.000 puntos infrarrojos invisibles proyectados sobre el rostro. La IA hace que el móvil identifique a su dueño incluso con gafas, bigote, flequillo o barba.
Lo que esa tecnología no llega a superar son los rostros cambiados fruto de la aplicación desacertada de ciertos tratamientos médico-estéticos de rejuvenecimiento facial que transforman tanto la esencia del rostro hasta hacerlo irreconocible para la IA del móvil.
De alguna forma sigues siendo tú, pero ya no eres tú.
¿Longevidad o transformación?
El paso del tiempo hace que la piel cada vez sintetice menos colágeno. Si eres mujer, el cambio es abrupto al llegar la menopausia debido a la caída de los estrógenos. Aparecen la flacidez, las arrugas y ese aspecto de piel frágil. La medicina estética cuenta con recursos al alcance de la mano que pueden preservar la lozanía del rostro o convertirlo en otro completamente distinto. Como en Matrix, depende de la elección de cada uno: pastilla azul, una versión más despejada de tu rostro; pastilla roja, tu Face ID no te reconoce.
El secreto de esta buena longevidad facial está en la mano que mece la aguja y su sentido de la estética. Y, por qué no, hasta de cierta ética. «En medicina estética esto implica que no todo lo que técnicamente puede hacerse debe hacerse. El médico tiene la responsabilidad de valorar si una petición es razonable, si el tratamiento va a mejorar al paciente y si se mantienen unas expectativas realistas. Hay situaciones en las que la mejor decisión médica es decir no», señala la doctora Carmen Górriz, subdirectora de la Unidad de Medicina Estética de Instituto Médico Ricart (IMR).
Insiste en que esa negativa a aceptar un paciente sucede cuando «un procedimiento puede comprometer la armonía facial, aumentar el riesgo de complicaciones o cuando percibimos una búsqueda constante de cambios que nunca generan satisfacción».
Del ‘qué buena cara tienes’ a ‘¿y usted quién es?’
Hollywood nos ha enseñado que a golpe de bisturí se puede modificar por completo un rostro, por ejemplo, para dar esquinazo a la policía o escapar de un ex sediento de venganza en esos telefilmes lacrimógenos de mediodía. «Hoy disponemos de herramientas capaces de modificar de forma muy importante la apariencia de una persona. La combinación de cirugía, rellenos, toxina botulínica, tecnologías de tensado cutáneo y procedimientos regenerativos permite cambiar volúmenes, contornos, expresiones e incluso la percepción de la edad».
Sin embargo, cambiar por completo la identidad facial es mucho más complejo. «Nuestro rostro está definido por múltiples elementos: estructura ósea, proporciones, la distribución de los tejidos blandos, la piel… Pero, sobre todo, la forma en la que nos movemos y expresamos. Esa combinación única hace que nuestro cerebro reconozca una cara», prosigue la doctora.
Cuando se alteran esos rasgos característicos, «el resultado puede ser un rostro menos reconocible. Incluso, artificial». La meca del cine nos ofrece ejemplos de buen envejecimiento, como el de Michelle Pfeiffer. En el polo opuesto, actrices que han optado por estrenar nueva fisonomía facial, como Renée Zellweger, Ariana Grande o Lindsay Lohan.
Cuando ni tu móvil te reconoce
Armonía y gestualidad. Son las dos palabras que más se repiten en la consulta de la médico-estético Mar Mira. De forma análoga a los dispositivos de biometría facial, en su consulta explora la geometría facial y gestual de cada paciente. Siempre antes de blandir la cánula. Algo así como un mapeo facial, pero en vez de frente a la cámara del móvil, cara a cara con la doctora.
«Antes de indicar cualquier protocolo, analizamos la relación entre los tres tercios faciales, la proyección de los pómulos, la distancia entre los ojos, la posición y forma de las cejas, la nariz, los labios, el mentón y la línea mandibular. Toda esa información nos ayuda a entender la armonía del rostro, qué puntos forman parte de la esencia del paciente y no deben modificarse. Y, al contrario, dónde sí podemos actuar para mejorar», explica.
Advierte de protocolos demasiado radicales «que alteran o borran lo que te da identidad. A veces pequeñas asimetrías, una ceja con carácter o una manera concreta de sonreír forman parte de la identidad facial. Si las modificamos en exceso, el rostro puede quedar técnicamente mejorado, pero emocionalmente ajeno».
No todo lo que se puede modificar se debe tocar
La identidad es eso que nos hace únicos. La buena medicina estética juega en el equipo de la longevidad. Rejuvenece sin quitarte el alma. «No se trata de borrar tu mapa facial, sino ayudar a que ese mapa envejezca con armonía», declara la doctora Mira.
No es lo mismo reponer un volumen perdido que crear un volumen que nunca existió. Suavizar una cara de cansancio no tiene por qué significar borrar completamente la expresión. «Acompañar el envejecimiento no debería ser sinónimo de imponer un patrón estético. No todo lo que se puede corregir debe corregirse”, sentencia la doctora.
Manual de errores: qué hace que ni tu Face ID sepa quién eres
Es fácil creer que los desmanes estéticos solo pasan con las grandes cirugías plásticas, esas que en los telefilmes cambian narices, afinan mejillas y dotan de bustos generosos a la protagonista. «También se puede alterar la arquitectura facial con neuromoduladores para añadir volúmenes que no existían, proyectar de forma desmedida los pómulos, marcar artificialmente la mandíbula o elevar las cejas de manera forzada».
En vez de trabajar solo sobre una zona, la doctora Rosa del Río, médica estética de Grupo Pedro Jaén y advocate de la marca californiana Evolus, advierte que «ninguna zona del rostro envejece de forma aislada. Cuando aparece un surco, suele ser la consecuencia de cambios en estructuras más profundas. Si solo corregimos el problema aislado sin tener en cuenta todo el proceso que lo está provocando, el resultado suele ser menos armónico y, en ocasiones, incluso artificial». Y la IA biométrica del móvil no entiende lo artificial sobre una cara humana. Por eso, simplemente, no te reconoce.
Cómo seguir siendo tú cuando tu cara ya no es la misma
Los psicólogos cada vez encuentran más en las consultas a personas obsesionadas por modificar su rostro a imagen y semejanza de su rostro con filtros. Una situación que tiene hasta denominación propia: dismorfia del selfie. «Los retoques estéticos no modifican la personalidad en un sentido clínico. Sin embargo, cuando existe un uso excesivo o una preocupación muy intensa por la apariencia, sí pueden producir cambios importantes en la forma en que la persona se percibe y se comporta», apunta Cristina Polo Sevilla, psicóloga y responsable asistencial de yees!
Y aunque no es lo más frecuente, reconoce que «cuando las modificaciones faciales son muy numerosas o muy drásticas, algunas personas pueden experimentar una sensación de extrañeza al verse en el espejo o en fotografías. El rostro es uno de los principales elementos de nuestra identidad y es la manera en que los demás nos reconocen. Si cambia de manera muy marcada, especialmente algunos aspectos muy distintivos, puede aparecer una sensación de desconexión entre la imagen externa y la identidad interna».
En estos casos puede surgir un conflicto psicológico: la persona buscaba sentirse mejor, pero acaba sintiendo que la imagen que devuelve el espejo no representa quién es realmente. «En ocasiones también aparece un duelo por la pérdida del propio rostro o de rasgos que tenían un valor emocional o familiar». A ello se suma el impacto social. «Cuando familiares o amigos expresan que ‘ya no pareces tú’, esa reacción puede reforzar la sensación de pérdida de identidad y aumentar el malestar». Para entonces, que el móvil no te reconzca es ya el menor de los problemas.
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