NO TE PIERDAS Lo que faltaba: la menopausia también aumenta la posibilidad de tener dolor de espalda

Pasamos demasiado tiempo sentadas y eso es letal para el dolor de espalda. Pero la menopausia y el descalabro en la producción de colágeno tampoco ayudan. FOTO: Pexels

LOS ENGRANAJES OCULTOS DEL CUERPO

Esto no te lo esperabas: tu dolor de espalda puede estar causado por tu suelo pélvico

Conocíamos su conexión con la incontinencia urinaria y la disfunción sexual, pero este grupo muscular puede esconderse detrás de otras patologías tan molestas y comunes como el dolor de espalda.

Por Cristina Martín Frutos

19 DE MAYO DE 2026 / 07:30

Estamos muy acostumbrados al dolor de espalda. Se podría decir que demasiado. No en vano es una de las principales causas de absentismo laboral (provoca un promedio de 74 días de baja entre los mayores de 55) y afecta de forma especial a las mujeres, según el Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el Trabajo. En concreto, ellas llegan casi a duplicar a los pacientes masculinos. Además, la franja de edad más proclive es entre los 45 y 55 años. Pistas que nos pueden hacer sospechar que la menopausia tiene algo que ver con todo esto.

En realidad, más que la menopausia, es el descenso de estrógenos y progesterona. Que, entre muchísimas otras consecuencias, «hace que el tejido conjuntivo se debilite porque empezamos a producir menos colágeno y de peor calidad«, sostiene la fisioterapeuta Lola Ibáñez, colaboradora de Intimina. Esta situación no se nota solo en la flacidez de la tripa o en las arrugas del rostro. «Es la causante de muchos problemas de suelo pélvico y, en consecuencia, de molestias en el abdomen, la espalda (sobre todo, la zona lumbar) y la cadera», explica Ibáñez, especializada en suelo pélvico, quien impartió una charla durante el último encuentro ASISA WeLife Menopausia, de Madrid.

Hasta ahora teníamos clara la relación entre el suelo pélvico y la incontinencia urinaria. O entre esta musculatura y ciertos problemas en la sexualidad. Pero, como destaca la experta, no hay mucha gente que conozca su conexión con la espalda. «Sin embargo, lo dice su propio nombre: suelo pélvico. Es el suelo, la base de la pelvis. Por tanto, también de la columna vertebral, especialmente de su final».

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Pero hay más. Dado que el suelo pélvico y el diafragma están íntimamente conectados, la disfunción —entendida como debilidad— del primero también puede alterar el funcionamiento de ese músculo. Esto provoca un cambio de presión en el tronco que desemboca, una vez más, en dolor de espalda. Otra posibilidad es que la musculatura pélvica se encuentre excesivamente tensa. Algo que, en ocasiones, genera dolor referido en las lumbares.

En realidad, lo de la espalda y el suelo pélvico es una relación de ida y vuelta. Cuando hay una buena postura, los músculos del suelo pélvico protegen los órganos del bajo vientre. Pero si el arco lumbar se altera, también se altera la situación de estos órganos, provocando posibles prolapsos. Si, por el contrario, se tiende hacia la cifosis —la popular chepa— el diafragma ejercerá más presión hacia el suelo pélvico, debilitándolo. ¿Qué sucede entonces? La molestia incrementa y empeoramos la postura para compensar esa dolencia. Y entonces, acaba doliendo más. 

Un auténtico círculo vicioso que, en opinión de Lola Ibáñez, no siempre es fácil romper. «Pero es importante saber que sí se puede. Una de las claves consiste en entender que, cuando se acerca la menopausia, no solo hay que fortalecer o entrenar el suelo pélvico sino hacerlo siempre unido al trabajo lumbar, diafragmático y abdominal«.

Cuando hablamos de espalda, no todo tiene que ver con el dolor lumbar. También existe la coxigodinia. O, en otras palabras, dolor de rabadilla. Como explica la doctora Sara Reardon en su libro Suelo Pélvico (Grijalbo), «este hueso se halla unido a los músculos y ligamentos del suelo pélvico y de los glúteos«. La molestia en el coxis, que aparece de forma gradual y se manifiesta, sobre todo, al pasar tiempo sentada, está muy relacionada con la tensión en el suelo pélvico.

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La doctora Reardon recomienda para aliviarlo realizar ejercicios de Kegel, usar un cojín de asiento y mantener una postura erguida en la silla. «También son muy útiles estiramientos que ayudan a destensar el grupo muscular pélvico, como llevar la rodilla al pecho tumbado; hacer la postura del bebé feliz de yoga o quedarse en cuclillas unos segundos».

Pese a que la disfunción del suelo pélvico va muy unida al dolor de espalda, no siempre tiene la culpa. Por eso es tan importante aprender a identificar ciertas pistas. En la guía ‘Dolor de Espalda’, publicada por la Escuela de Salud de la Universidad de Harvard, se enumeran algunas señales que pueden sugerir que sí que existe relación entre ambos:

  • Dolor lumbar que reaparece de forma recurrente sin causa clara.
  • Molestias al estar sentada mucho tiempo.
  • Necesidad frecuente de ir al baño o escapes leves de orina al toser o hacer ejercicio.
  • Sensación de peso o presión en la zona pélvica.
  • Dificultad para activar la musculatura del abdomen profundo.
  • Dolor durante o después de actividades que requieren esfuerzo
  • Molestias en las relaciones sexuales

Ante la duda, lo mejor es no dejarlo pasar. Y la próxima vez que reserves cita para el fisioterapeuta, pensar en otro hueco para una valoración de suelo pélvico.

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