Si hasta ahora creías que la microbiota era tu segundo cerebro espera a descubrir toda la información que guarda tu fascia. FOTO: Marta Wave/ Pexels.
CUIDA TU MEMORIA EMOCIONAL
Expertos en la fascia la posicionan como nuestro segundo cerebro y muestran su papel en la longevidad
Tal vez no sepa resolver problemas matemáticos, pero la fascia guarda mucha información nosotros. Cuidarla es un seguro de vida para llegar a mayores con plenitud.
Por Mamen Infante
2 DE ENERO DE 2026 / 14:00
Llevamos unos años escuchando que en la masa muscular y en la microbiota hay un segundo cerebro. La última teoría de los que estudian la biomecánica del cuerpo afirma que esa inteligencia que está presente en todo tu cuerpo también se concentra en la fascia. Hablamos de la red continua de tejido conectivo que integra todas las células y que contiene más terminaciones nerviosas sensoriales que músculos, médula espinal y mente juntos. De todos los sistemas, es uno de los que tienen mayor densidad de información del cuerpo.
¿Cómo se explica esto? Fácil: La fascia tiene unos receptores que perciben la presión, la tensión y la vibración y traducen esas fuerzas físicas en señales eléctricas y químicas. La fascia escucha, responde y transmite información a una velocidad mayor que el propio pensamiento consciente. Estas señales viajan a través de su red interna para guiar nuestra coordinación, postura y equilibrio, antes siquiera de que el cerebro pueda procesarlas.
Aquí se regula la propiocepción
La fascia no es un tejido pasivo o meramente estructural. Yvette Pons, especialista en bioestética funcional con más de treinta años de experiencia, explica que «tiene una arquitectura compleja, densamente inervada, vascularizada y con células vivas que responden a estímulos mecánicos y metabólicos. Esto le permite influir en la postura, la transmisión de fuerzas, la sensibilidad, la inflamación, la mecánica muscular y, probablemente, en procesos relacionados con envejecimiento y cambios en la apariencia».
En términos similares se expresa el doctor Robert Schleip, un destacado investigador de la fascia y presidente fundador del Congreso de Investigación de la Fascia. Describe la fascia como un «tejido sensorial y emocional» y afirma que la sensación del estado interno del cuerpo (interocepción) y la sensación del cuerpo en el espacio (propiocepción) están determinadas en gran medida por la fascia.
La otra memoria emocional
Esa capacidad emocional de la fascia permite actuar sobre ella para mejorar a nivel físico, pero también psicológico o emocional. «Si estamos bajo estrés crónico durante mucho tiempo, no son nuestras fibras musculares las que se acortan y tensan, sino los tejidos conectivos fasciales los que se endurecen con el tiempo», señalaba el doctor Schleip a la web Super Age.
La fascia es capaz de recordar tensiones mecánicas y adapta su estructura ante sobrecargas, compensaciones posturales o estrés. «Esto puede terminar reflejándose en rigidez, cambios de tono, desequilibrios estructurales y, en consecuencia, alteraciones morfológicas que afectan la apariencia física», explica Pons.
¿Y qué tiene que ver con la longevidad?
El deterioro físico por el paso del tiempo no surge de un día para otro. Cuidar la fascia es trabajar por nuestra longevidad. Así lo señala el doctor Schleip repasando cómo interviene este tejido en distintos biomarcadores de longevidad:
- Movilidad y postura. La fascia estabiliza los músculos y las articulaciones, manteniendo la alineación. Cuando es flexible, la fascia permite un movimiento sin fricción. Cuando está rígida o adherida, contribuye a la rigidez y a una mala postura.
- Flexibilidad. El engrosamiento y la densificación de la fascia relacionados con la edad reducen el rango de movimiento de las articulaciones. Estudios con ultrasonidos muestran que los adultos mayores tienen una fascia lumbar más gruesa, lo que se correlaciona con una disminución de la flexibilidad del tronco. Mantener la fascia flexible puede contrarrestar este deterioro.
- Fuerza y rendimiento. La fascia transmite la fuerza a través de los músculos y las articulaciones. La fibrosis de la fascia relacionada con la edad puede disminuir la potencia muscular y la eficiencia del movimiento. Una fascia sana mejora el rebote elástico, lo que beneficia el rendimiento deportivo.
- Prevención del dolor y las lesiones. Este tejido rico en terminaciones nerviosas está involucrado en diversos síndromes de dolor crónico. De hecho, las adherencias o la rigidez fasciales pueden provocar dolor y restringir el flujo sanguíneo.
- Circulación e inmunidad. La fascia también contiene vasos sanguíneos y linfáticos e interactúa con los sistemas inmunitario y endocrino, cruciales para la función inmunitaria y la eliminación de desechos. Cuando presenta deshidratación o rigidez interfiere en el correcto drenaje linfático, lo que a su vez, genera inflamación. Una fascia sana ayuda a modular la inflamación sistémica, un factor clave en el envejecimiento.
- Conexión mente-cuerpo y estrés. La fascia responde al sistema nervioso. El estrés crónico la tensa. Las prácticas de relajación liberan la tensión fascial, mejorando así el bienestar físico y emocional.
El autocuidado llega a la fascia
Queda claro que mantener en buen estado nuestro tejido conectivo es clave para gozar de buena calidad de vida a cualquier edad. Al igual que los músculos y las articulaciones, necesita atención constante para mantenerse flexible, hidratado y resistente. Pons apunta que hay varias estrategias para cuidarla. «En especial, incorporar ejercicios de movilidad, estiramiento y fuerza suaves, preferiblemente que involucren cadenas musculares largas y posturas variadas, para mantener la elasticidad, circulación y deslizamiento fascial», explica. El doctor Schleip señala los efectos beneficiosos de la liberación miofascial mediante el masaje con un rodillo.
Finalmente Pons añade consejos generales de autocuidado: buena hidratación, higiene postural, descanso y control hormonal y metabólico. «En definitiva, mantener buenos hábitos y un estilo de vida saludable».