
Ashley Graham en el desfile de Victoria's Secret. Las modelos curvy también son excepcionales. FOTO: Taylor Hill/WireImage/Getty.
Diferentes, ma non troppo
Altísimas, sin tripa, ni celulitis: ¿Las modelos de tallas grandes representan a las mujeres reales?
Se ha bautizado como el timo de lo curvy: mujeres con más centímetros, pero sin una estría, un pliegue o un gramo de grasa de más. La inclusión corporal se quedó en una ilusión.
Por Verónica Palomo
27 DE ABRIL DE 2026 / 14:00
Resulta hipnótico contemplar a la modelo Ashley Graham. O a Paloma Elsesser, Tess Holliday, Robyn Lawley o Kate Wasley. Mujeres bellísimas incluidas en ese eufemismo terrible de modelos curvy o modelos plus size. Estas modelos de tallas grandes exhiben cuerpos que se salen de la dictadura del 90-60-90 (bastante menos es lo normal en las pasarelas). Pero si nos fijamos bien unas y otras coinciden en un estándar de perfección. Cero celulitis, piel de porcelana, tripa plana, muslos firmes y piernas infinitas.
No, ellas tampoco son como todas las demás. Si tienes acné, poca estatura, tripa, michelines en los costados, poco pecho o celulitis serás una mujer real de andar por casa. Para la publicidad tu ser de mujer real no existe.
Y volvemos a sentirnos decepcionadas. Una vez más.
Hemos sido engañadas
Ha sido un intento de avanzar en la causa de diversidad corporal, pero parece que nos la han vuelto a colar. Son bastantes las mujeres con ‘cuerpos reales’ que siguen sin verse identificadas en las llamadas modelos curvy o de tallas grandes. Lejos de constituir una ruptura con el canon estético dominante, la irrupción de lo plus size nos ha traído cuerpos proporcionalmente distribuidos de una forma muy concreta. Hay una generosa acumulación de grasa en zonas culturalmente erotizadas: caderas, glúteos y pecho. Pero también, una relativa ausencia de aquello que el imaginario dominante considera ‘exceso’: abdómenes prominentes, pliegues marcados, flacidez visible o asimetrías pronunciadas.
¿Es esta una selección inocente o responde a una lógica de aceptabilidad estética que permite integrar la diferencia, pero sin ir demasiado lejos? Hablamos con la psicóloga y doctora en psicopedagogía, María Calado Otero, experta en Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) y alteraciones de la imagen corporal, sobre la ficción de la talla grande.
Aquí tampoco encajas
El sistema ha ampliado el estándar de belleza, pero sin romperlo. «Ahora hay un poco más de espacio, sí, pero ese espacio sigue teniendo condiciones. El cuerpo curvy aceptable continúa siendo esbelto, firme, proporcionado, joven. No hay tripa, no hay michelines, no hay celulitis visible. Y lo que eso le comunica a una mujer con un cuerpo real —que no cumple ni siquiera ese nuevo estándar supuestamente inclusivo— es devastador: tampoco tú», afirma rotunda María Calado Otero.
Si paramos a pensar por un momento lo que eso significa, es casi cruel. El mensaje es claro: no encajas ni en la versión ampliada. «Eso genera lo que en investigación llamamos disonancia corporal: una distancia dolorosa entre el cuerpo que tienes y el que se te dice que deberías tener. Y esa disonancia se traduce en vergüenza, en insatisfacción crónica con el propio cuerpo, en la sensación de que hay algo fundamentalmente mal en ti», explica la especialista.
Así se te ve, así se te juzga
Para la psicóloga «el problema no es solo que el estándar sea inalcanzable. Es que exista un estándar. Lo preocupante es que sigamos aceptando que la apariencia física sea para las mujeres un elemento central de su valor, de su identidad, de cómo son percibidas y tratadas en el mundo».
Insiste en que esos clichés no son tan estrictos para los hombres. «A ellos se les juzga principalmente por lo que hacen, por lo que logran. A nosotras, antes y por encima de todo, por cómo nos vemos».
El negocio de obligarte a encajar
Si la mujer se sintiera 100% a gusto con su cara y su cuerpo, ¿seguiría comprando la misma cantidad de productos adelgazantes, ropa para disimular, suplementos o productos adelgazantes? Probablemente no. La insatisfacción corporal es un modelo de negocio.
«Desde pequeñas aprendemos que ciertos cuerpos son visibles —se les fotografía, se les da protagonismo, se les considera dignos de deseo— y que otros cuerpos deben esconderse, adelgazar, corregirse. Eso no es solo publicidad: es educación corporal implícita». Y cuando algo se repite con suficiente frecuencia desde suficientes altavoces, acaba pareciendo natural, casi biológico.
Es que te falta fuerza de voluntad
Pero no lo es. Para la psicóloga, «es una construcción cultural que beneficia a unos pocos a costa del bienestar de muchísimas mujeres”.
La comparación social con imágenes idealizadas tiene consecuencias emocionales muy concretas. «Lo primero que aparece es la vergüenza corporal. Esa sensación de que tu cuerpo es un problema que resolver, que hay algo en ti que está mal y que deberías corregir».
A esa vergüenza le sigue la frustración. «Esforzarte, vigilarte, controlarte, y aun así no llegar. Y después, la culpa, porque el discurso dominante convierte el cuerpo en un proyecto personal, en algo que depende exclusivamente de tu disciplina y tu voluntad».
Lo que vemos en el feed no es la realidad
Pero, ¿cómo podemos tomar conciencia de todo esto? Es decir: si la industria no está por la labor de normalizar los cuerpos y sabemos que esto afecta a las mujeres, ¿qué podemos hacer al respecto?
«Lo primero es entender que los algoritmos de las redes sociales no son neutrales: están diseñados para mostrarnos más de lo que ya consumimos y para privilegiar el contenido que genera más interacción, que suele ser el más llamativo, el más estéticamente ‘perfecto».
Así que el punto de partida es la conciencia crítica. No son solo las pasarelas o la publicidad. «Lo que ves en tu feed no es un reflejo de la realidad. Es una selección muy sesgada de ella», recalca la psicóloga.
Busca una diversidad real
Para evitar esa autopercepción negativa, la experta sugiere hacer una auditoría del feed. Preguntarse: ¿cómo me siento después de ver el contenido de cada cuenta? «Si una cuenta te deja consistentemente con sensación de no ser suficiente, deja de seguirla, aunque sea una persona que admiras».
A continuación, Calado recomienda seguir activamente cuentas con diversidad corporal real. «No la diversidad controlada de las marcas, sino cuerpos sin filtrar, sin poses calculadas. Y, sobre todo, practicar lo que se llama alfabetización mediática: recordarse, especialmente en los momentos de más vulnerabilidad, que lo que estás viendo es una imagen construida, editada, seleccionada entre decenas de tomas. Compararla con tu cuerpo real en un momento cotidiano es una comparación fundamentalmente injusta».
Algo más que añadir tallas
Está claro que el problema no se resuelve tampoco añadiendo tallas, estrías, pieles de naranja o flacidez a una publicidad de lencería. Hay que cambiar la lógica de fondo. María Calado se muestra tajante con este aspecto: «Mostrar un cuerpo más grande, pero igualmente reducido al objeto de deseo no es avance, es ampliar el escaparate de la cosificación». Justo lo que hizo que la actriz Barbie Ferreira abandonara la serie Euphoria al entender que su papel de ‘gordita sexy ninfómana’ la encasillaba en algo que la hacía sentir incómoda.
La diversidad corporal real solo tiene sentido si va acompañada de una representación en la que las mujeres aparezcan como sujetos. Mujeres con voz, con complejidad, con vidas que no giran en torno a su apariencia. Nunca como cuerpos que exhibir, hipersexualizar o vender, sea cual sea su talla.
¿Para cuándo mujeres reales de verdad?
Las pasarelas han ampliado las tallas y la diversidad étnica. Pero siguen abrazando cuerpos normativos sin mácula y una juventud exultante. «Queda por ampliar de verdad lo que se entiende por diversidad. No solo tallas, sino formas, edades, razas, cuerpos con discapacidad, cuerpos que envejecen, cuerpos que no encajan en ninguna categoría ordenada», enumera Calado.
De forma tímida hay marcas que apuestan por modelos maduras. O que como Aerie se atreven a poner a una Pamela Anderson sin retoques como respuesta a las cada vez más frecuentes campañas con modelos generadas por IA. Algo se mueve pero hace falta más. Porque las mujeres reales somos mucho más.
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