De comer saludable a la obsesión por ‘comer limpio’
23 DE JUNIO DE 2026 / 07:30
La obsesión por la dieta perfecta nos está arrebatando el disfrute de los alimentos y las comidas relajadas en buena compañía.
Francisco Javier Escalada San Martín
Director del departamento de Endocrinología y Nutrición de la Clínica Universidad de Navarra
Medir cada nutriente, cada caloría, cada gota de agua... hace que lo que debería ser un deleite para el paladar se convierta en un sinvivir. FOTO: Cottonbro/Pexels.
Durante años, quienes nos dedicamos a la nutrición hemos repetido un mantra indiscutible: lo que ponemos en el plato es uno de los pilares de nuestra salud y nuestro bienestar. Comer 'bien' previene enfermedades, nos recarga la energía y transforma nuestra relación con el propio cuerpo. Sin embargo, en el camino hemos visto cómo un mensaje que nació para liberar y cuidar se ha terminado convirtiendo, para muchas personas, en una exigencia asfixiante. El objetivo ha dejado de ser estar sanos per se. Ahora se estila la obsesión por comer saludable.
Parece que no hay otra cosa que 'comer limpio', rozar la perfección, desconfiar de cada etiqueta y transformar el acto de sentarse a la mesa en un constante examen moral. Porque sí, por supuesto que comer sano importa. Pero obsesionarse con la perfección nutricional también puede hacernos daño.
Solo hace falta echar un vistazo a Instagram o TikTok para entender dónde estamos. En una época en la que todo se fotografía y se comparte, la alimentación ha dejado de ser una cuestión biológica para convertirse en estatus, identidad y, paradójicamente, en una fuente inagotable de ansiedad.
Nos inundan perfiles con desayunos estéticos impecables, neveras organizadas de forma milimétrica, platos 'antiinflamatorios' y batidos detox. Todo aderezado con una interminable lista de 'sin': sin gluten, sin lactosa, sin azúcar, sin harinas... y, a menudo, sin una pizca de alegría.
El mensaje subliminal que cala en el usuario es tan sutil como peligroso: si comes así, te quieres; si no lo haces, te estás abandonando. Pero la vida real no es un feed de redes sociales. La vida real viene con horarios partidos, cansancio, presupuestos que cuadrar, niños que no quieren verdura, cenas improvisadas con amigos y días en los que, sencillamente, no llegamos a todo. Pretender que nuestra alimentación se ajuste siempre al modelo rígido que vemos en tantas cuentas de vida saludable no solo es poco realista, sino que es la receta perfecta para la frustración crónica. Cuidarse es un acto de amor propio, pero no puede depender de un control absoluto.
La democratización de la información gracias a Internet tiene una vertiente maravillosa. Hoy sabemos más que nunca sobre la microbiota, el impacto de los ultraprocesados o la importancia de la fibra. Pero hay que tener en cuenta la otra cara de la moneda. Vivimos expuestos a mensajes contradictorios que el algoritmo se encarga de amplificar: una semana el enemigo público es el pan, a la siguiente la fruta por la noche, y después, los lácteos o los aceites de semillas.
Ante este bombardeo, es normal que cunda el pánico y que comer bien parezca una ingeniería complejísima. Hemos llegado a un punto en el que la gente siente que todo inflama, todo engorda o todo envejece.
Hagamos un alto en el camino: la nutrición real es mucho más sencilla, y bastante menos glamurosa, de lo que nos venden. No necesita superalimentos exóticos traídos del otro lado del mundo ni suplementos de moda. Se basa en algo tan sencillo, y tan poco espectacular, como priorizar alimentos reconocibles: verduras, frutas, legumbres, un buen aceite de oliva, proteínas de calidad y cereales integrales...
La clave de este patrón no es la perfección milimétrica en cada ingesta, sino la frecuencia con la que elegimos estos alimentos a lo largo de la semana. No pasa absolutamente nada por cenar pizza un viernes, disfrutar de las croquetas de tu madre o tomar un postre en una celebración. El impacto en nuestra salud nunca lo determina un alimento aislado, sino el hábito global.
Una dieta equilibrada también debería dejar espacio para la sobremesa, para la receta familiar, y para ese plato que no necesita justificar sus nutrientes para tener sentido. Por cierto, de la misma forma que una alimentación poco saludable no se soluciona con una ensalada detox el lunes por la mañana.
Quizá el mayor error que cometemos hoy es el de polarizar la comida en categorías morales de 'buenos' y 'malos'. Cuando empezamos a hablar de la alimentación en términos de virtud y pecado ("hoy he sido bueno", "mañana compenso"), sembramos la semilla de la culpa. Y la culpa rara vez ayuda. Suele alimentar círculos viciosos de restricción, ansiedad y posteriores atracones.
Comer no debería ser un juicio sobre nuestra valía personal. Reivindicar el placer de comer no es, ni mucho menos, hacer apología del descontrol. Es entender que el disfrute es un componente biológico y psicológico esencial de una relación sana con la comida. Nos nutrimos por supervivencia, claro, pero también cocinamos para celebrar, para compartir cultura, para evocar recuerdos y para socializar.
Una dieta técnicamente impecable en lo nutricional, pero que se vive desde el aislamiento, el miedo y la rigidez, es de todo menos saludable. Para rebajar la tensión, los profesionales insistimos mucho en cambiar las preguntas que nos hacemos frente al plato. En lugar del clásico '¿esto es bueno o malo?', probemos con '¿qué papel juega esto en el contexto de mi día a día?'. No es lo mismo comerte un helado en vacaciones disfrutando del momento, que recurrir a alimentos dulces cada día como única herramienta para gestionar el estrés laboral. El contexto y la intención lo cambian todo.
Una pauta nutricional tiene que ser, ante todo, viable. Si te exige un desembolso económico insostenible, horas de planificación que no tienes o una renuncia social constante, no es para ti. Y no lo es porque no la vas a poder mantener en el tiempo. La mejor dieta no es la que luce mejor sobre el papel, sino la que se adapta a tu vida permitiéndote desconectar de ella. Ahí radica el verdadero sentido de la educación nutricional: simplificar en lugar de alarmar, enseñar a componer platos flexibles en lugar de demonizar ingredientes, y aportar herramientas prácticas que dejen a la persona más tranquila, no más asustada.
En un entorno digital saturado de gurús, conviene activar el pensamiento crítico. Desconfiemos de las promesas de resultados drásticos en tiempo récord. También de quienes prohíben grupos enteros de alimentos sin un diagnóstico médico detrás y de aquellos que convierten su experiencia personal en una ley universal. La ciencia de la nutrición rara vez cabe en un titular de trazo grueso. Al contrario, siempre está habitada por matices.
Comer mejor no debería alejarnos de la vida, sino devolvernos a ella con una conciencia plena y pausada. Se trata de sentarse a la mesa a saborear, de reconectar con las señales de hambre y saciedad. O elegir una fruta o un plato de verdura porque nos hace sentir bien, no porque estemos intentando compensar nada. La salud no habita en la rigidez de la obsesión, sino en la flexibilidad de la coherencia.
El verdadero reto actual no es lograr un menú impecable cada jornada, sino aprender a comer con más criterio, más calma y muchísima menos culpa. Al fin y al cabo, una alimentación verdaderamente saludable es aquella que te cuida el cuerpo, pero que bajo ningún concepto te roba la paz.
Francisco Javier Escalada San Martín Especialista en Endocrinología y Nutrición. Director del departamento de Endocrinología y Nutrición de la Clínica Universidad de Navarra. Dedicación preferencial al estudio y tratamiento de diabetes mellitus, obesidad, enfermedad renal diabética y enfermedad hepática metabólica. Profesor titular, facultad de Medicina de la Universidad de Navarra. Presidente de la Fundación de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición.