Las copas de antes de meterte en la cama pueden regalarte una noche en vela... o llena de pesadillas. FOTO: Cottonbro/Pexels.
Un curry por la noche te tendrá contando ovejas
Para dormir sin pesadillas, ni picante, ni alcohol, ni cenas muy calientes
La clave es la temperatura corporal. El cuerpo tiene que enfriarse para caer en un sueño profundo y reparador. Y hay cenas que no ayudan.
Por Paka Díaz
18 DE JUNIO DE 2026 / 07:30
Las noches de verano pueden hacerse eternas. No solo por el calor, sino también por esas cenas y sobremesas que se alargan infinitamente en época estival. Todo esto influye en la calidad del sueño. Dicho de otro modo: si llevas varias noches contando ovejas, mira lo que pones en el plato. La conexión entre lo que se cena y cómo se duerme no ocurre por arte de magia. El cómo, cuándo y qué cenas tiene un impacto directo en el insomnio. Incluso, en tus pesadillas.
Esto ocurre porque el cuerpo no es un conjunto de departamentos estancos. Y los excesos de un lado se pagan por otro.
El grupo de WhatsApp de tu digestivo y el cerebro
En el cuerpo todo está conectado. Es como si el sistema digestivo, el reloj circadiano, las hormonas del apetito y el cerebro compartieran un grupo de WhatsApp. Si lo que cenas no es lo adecuado, se vuelven locos mandando mensajes. Vaya, que igual no te dejan dormir.
Cuando la alimentación desordena ritmos circadianos, sobrecarga la digestión o dispara picos glucémicos, el sueño se fragmenta. Además, si el descanso falla, sube el hambre y el antojo de ultraprocesados. El círculo no es vicioso por capricho, sino que es pura fisiología.
No es la temperatura del plato, es la de tu cuerpo
El neurocientífico Jonathan Benito, de la Universidad Autónoma de Madrid, señala que «el sueño profundo consolida recuerdos y facilita el lavado glinfático. Para llegar a él, la temperatura corporal debe descender y el sistema nervioso pasar a modo parasimpático, algo que está relacionado con lo que comemos de noche». Una cena copiosa, grasa o muy tardía eleva la termogénesis posprandial. O sea, que se mantiene la temperatura alta y retrasa el inicio del sueño profundo.
«La actividad física y el aprendizaje complejo diurnos aumentan la profundidad del sueño. Por el contrario, el ejercicio intenso a última hora, así como una ingesta pesada para cenarx, activa el simpático y dificulta la conciliación», advierte Benito.
El azúcar y los almidones refinados suman otra interferencia: tras el pico glucémico, la hipoglucemia reactiva puede provocar despertares nocturnos, sudoración o palpitaciones. Si a eso se suma el alcohol —el mayor fragmentador del REM—, la creatividad y la reparación emocional se van con el último brindis.
Al alcohol te hace dormir antes, pero no mejor
Cenas copiosas y grasas elevan la temperatura corporal y prolongan la digestión. El cuerpo necesita enfriarse para entrar en sueño profundo y así no lo consigue. Además, el reflujo y la acidez pueden hacer su aparición.
Tampoco el alcohol ayuda a dormir. Se concilia antes, sí, pero se despierta más, con sueño ligero y poca reparación emocional y creativa. El REM de la segunda mitad de la noche es el gran perjudicado. Y con él el humor del día siguiente.
Cuidado con el picante
Además, interesa saber que el picante y los condimentos estimulantes elevan temperatura y frecuencia cardiaca. Mientras que café, té y bebidas energéticas bloquean receptores de adenosina, un neurotransmisor encargado, entre otras cosas, de avisar al cuerpo de que es hora de descansar, lo que complica el sueño profundo.
Y, ojo, la cafeína puede interferir hasta unas 8 horas después de haberla consumido. Mientras que la sal excesiva de noche favorece la sed y la necesidad de ir al baño.
Así actúa el cerebro por la noche
La médica somnóloga Alba García Aragón explica que «el cerebro no se desconecta durante el sueño, sino que aprovecha para cambiar su función y su propósito». Mientras se duerme, se consolidan memorias, se limpia el cerebro y se recalibran hormonas que regulan apetito y estrés. «Dormir mal altera ese tablero: el cortisol se eleva, la leptina baja y la grelina sube», advierte.
La traducción sería que si cenamos demasiado, podemos acabar por sentir más hambre, menos saciedad y más antojos dulces y grasos al día siguiente. Si lo convertimos en norma, el desastre se avecina.
La experta añade que si lo unimos a no exponernos a la luz solar durante el día, el reloj circadiano se desincroniza y «sin oscuridad por la noche, no arranca bien la melatonina».
Todo a su tiempo
La doctora García Aragón es colaboradora de The Sleep Retreat, un programa de 3 días diseñado para restaurar el ritmo circadiano y mejorar la calidad del descanso profundo en Le Méridien Ra Beach Hotel & Spa, en la Costa Daurada, y recomienda sincronizar el plato con el sol. O sea, tomar el desayuno con luz natural, hacer la comida principal a mediodía y cenar dos o tres horas antes de acostarse.
En caso de desvelarnos, sugiere un snack ligero de emergencia. Un yogur natural con canela, un puñado de almendras o una manzana siempre serán mejor que tomarte un dulce o un bocadillo a medianoche. «Asociar la cama con el sueño y reservarla para descansar ayuda a que el cerebro entienda el contexto. En la cocina, la regularidad manda igual», apunta la doctora.
Qué cenar para dormir mejor
Por su parte, Jonathan Benito recuerda que «el sueño profundo ama la estabilidad térmica: cenas tibias, no humeantes; temperaturas de dormitorio entre 18 y 20 °C». Para la cena, lo mejor es apostar por una combinación simple y eficaz: proteína magra (pescado blanco o huevos), verdura cocinada suave y una ración pequeña de carbohidratos complejos (arroz integral, patata cocida, quinoa) si el día ha sido exigente. Y evitar frituras, salsas pesadas y azúcares.
Por último, el coach y facilitador Tony Espigares advierte que las cenas tardías, con sobremesas eternas, mantienen al cuerpo en modo día: «Más importante que qué comes es cuándo. Irte a la cama con la digestión hecha permite que el cuerpo no trabaje, sino que se regenere». Además, propone herramientas para mejorar el sueño, como practicar la respiración lenta nasal antes de acostarse como ayuda para bajar la marcha diurna. Y, en la despensa, recomienda que no falten magnesio, triptófano y omega‑3, además de infusiones como melisa o valeriana y otras deliciosas infusiones para dormir.