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NO TE PIERDAS La epidemia silenciosa de los 50 que envejece a pasos agigantados: no buscar nuevas metas
La vida es como una prueba por etapas. Llegar a la mediana edad no significa cruzar la meta final. Aún quedan muchas cosas por vivir. FOTO: Cottonbro Studio (Pexels).
Perder el propósito te hace más viejo
Los expertos en longevidad advierten que no tener nuevos objetivos en la mediana edad acelera el deterioro físico y mental.
Por Verónica Fernández
12 DE AGOSTO DE 2026 / 07:30
¿Y ahora qué? Es una pregunta que pocas personas se atreven a formular en voz alta. Llegan los 50. O los 55. Los hijos crecen. La hipoteca está casi pagada. La carrera profesional ya no parece tener grandes sorpresas. La vida, en teoría, funciona. Y, sin embargo, algo falla. No hay una crisis evidente. Tampoco una tragedia, pero aparece una sensación extraña: la de vivir en piloto automático. Un estado de anestesia emocional.
«Muchas veces detrás de esa sensación no hay un fracaso, sino una llegada», explica Olga Albaladejo, psico-oncóloga, colaboradora de la Escuela de Pacientes del Hospital Universitario Ramón y Cajal y miembro de Top Doctors Group.
Durante años hemos vivido orientados a cumplir objetivos. Estudiar, trabajar, formar una familia, comprar una casa, construir una vida. El problema llega cuando se consigue todo eso. Entonces aparece una pregunta que no estaba en el plan: ¿qué hago con los próximos 30 años?
La psicóloga hace referencia al concepto de ‘falacia de llegada’, popularizado por el psicólogo Tal Ben-Shahar, para describir esa creencia de que alcanzar determinadas metas proporcionará una satisfacción duradera. El problema es que el cerebro se adapta rápido a los logros y lo que durante años fue una aspiración acaba convirtiéndose en la nueva normalidad.
«Las metas son destinos. El propósito es una dirección», resume. «Cuando se llega al destino sin haber construido una dirección interna, puede aparecer ese vacío tan difícil de explicar: ‘Tengo lo que quería, pero no sé si esta vida me sigue representando», explica.
Y esa pérdida de propósito en la vida puede tener consecuencias reales sobre la salud.
«La evidencia científica muestra que la pérdida de propósitos o de metas vitales puede tener consecuencias negativas para la salud, afectando al bienestar mental y físico». Así lo señala la doctora Mónica de la Fuente, catedrática de Fisiología de la Universidad Complutense de Madrid y una de las principales expertas españolas en envejecimiento. Añade que «esa peor salud hace que envejezcamos a mayor velocidad y aumenta el riesgo de enfermedad. O sea, reduce la longevidad«.
La sensación de estar viviendo sin rumbo no siempre se manifiesta como una crisis evidente. «El piloto automático suele notarse cuando la persona hace muchas cosas, pero siente poca vida dentro de lo que hace», explica Albaladejo. «Cumple, responde, trabaja, organiza y cuida, pero se siente desconectada».
Entre las señales más frecuentes menciona la sensación de repetición constante o la pérdida de ilusión por actividades que antes resultaban gratificantes.
También apunta a una irritabilidad difícil de explicar o esa percepción de estar observando la propia vida desde fuera. «No siempre hay un sufrimiento agudo. A veces hay una especie de anestesia emocional: ‘No estoy fatal, pero tampoco estoy bien», resume.
«Nuestra mente está diseñada para perseguir objetivos», explica De la Fuente. Cuando una persona siente que su vida tiene sentido y participa en proyectos que considera valiosos, se activan circuitos cerebrales que favorecen la motivación, el bienestar y la salud general. Sin embargo, cuando desaparecen los retos y las motivaciones, pueden aparecer la apatía y la tristeza.
«El organismo entra en una situación de estrés crónico, con un aumento sostenido del cortisol, la hormona del estrés. Esto favorece procesos de inflamación y oxidación que aceleran el envejecimiento», asegura la experta en longevidad.
Aunque se suele hablar de la crisis de la mediana edad, los expertos creen que la realidad es más compleja. «La crisis de la mediana edad existe, pero no como solemos caricaturizarla», afirma Albaladejo, que prefiere hablar de ‘una pausa evolutiva’. Es decir, «un momento en el que la persona deja de preguntarse qué quiere conseguir y empieza a preguntarse qué sentido tiene lo que está viviendo».
La cuestión cobra especial relevancia en una sociedad donde la esperanza de vida supera los 80 años y donde cada vez hay más evidencia de que muchos superaremos los 100 y 120 años. Para De la Fuente, el problema es que seguimos utilizando un modelo vital diseñado para otra época. «Seguimos teniendo un guion corto: estudiar, trabajar, jubilarse y desaparecer», afirma.
Ese esquema surgió cuando la esperanza de vida era mucho menor. Hoy vivimos mucho más tiempo, pero seguimos organizando nuestra existencia como si no fuera así. «Necesitamos sentirnos útiles, contribuir y seguir aprendiendo. Encontrar entretenimientos para llenar la agenda ayuda, pero no sustituye el sentido vital», destaca.
Cuando se habla de envejecimiento saludable, aparecen tres pilares: alimentación, ejercicio físico y descanso. Sin embargo, los expertos creen que hay un cuarto elemento que está ganando protagonismo: el propósito. «La importancia del propósito vital en la esperanza de vida está siendo cada vez más considerada», señala De la Fuente. «Puede incluso ser más importante que otros factores clásicos para determinar la salud y la velocidad de envejecimiento».
Hasta la OMS ha incorporado este concepto como elemento esencial del envejecimiento saludable: «Mantener la motivación vital parece actuar como un auténtico factor protector frente a muchas enfermedades». La prueba más llamativa aparece al estudiar a las personas que viven más años. De la Fuente ha analizado a nonagenarios y centenarios. Y hay algo que se repite: «Muchos habían pasado dificultades. Habían trabajado duro. Pero conservaban una enorme motivación, un propósito y una alegría de vivir».
También compartían otra característica: una extraordinaria capacidad de adaptación. No eran personas con vidas perfectas, pero seguían encontrando motivos para levantarse cada mañana. Albaladejo coincide en que el propósito actúa como un factor protector: «Los estudios lo asocian con mayor bienestar, mejor envejecimiento, menor riesgo de deterioro y una mayor longevidad. No es una garantía de salud, pero sí parece ayudarnos a afrontar mejor los desafíos de la vida».
La buena noticia es que el propósito no tiene por qué adoptar la forma de una gran misión trascendental. «Lo primero es dejar de exigirse encontrar el gran propósito de golpe», recomienda Albaladejo. «Muchas veces el sentido se reconstruye caminando». La psicóloga propone distinguir entre metas y valores. Mientras las primeras tienen una fecha de llegada, los valores funcionan como una brújula capaz de orientar decisiones a lo largo de toda la vida.
También recomienda recuperar la curiosidad, aprender cosas nuevas y preguntarse qué actividades aportan energía y cuáles se mantienen solo por inercia. «Y, por supuesto —añade—, hacer una revisión de vida sin juicio: qué me da energía, qué me la quita, qué sigo manteniendo por inercia y qué parte de mí necesita volver a tener espacio». En caso de que la apatía persista y afecte al funcionamiento cotidiano, conviene buscar acompañamiento profesional. «A veces no es solo falta de propósito. Puede haber duelo, ansiedad, depresión o agotamiento emocional», asegura.
Por su parte, De la Fuente recomienda «aprender a detectar qué nos ilusiona y fomentar las maneras de llevarlo a cabo». Para unos será intercalar en la rutina la realización de ejercicio físico. Para otros, incrementar las relaciones sociales con personas positivas, el aprendizaje continuo, etc. Insiste en que «la evidencia sugiere que lo beneficioso es implicarse en actividades que cada uno percibe como valiosas y coherentes con los propios intereses y valores».
Porque quizá el verdadero reto de la longevidad no es vivir más años. Es tener razones para querer vivirlos.