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Soltar verdades a corazón abierto no siempre ayuda a tener buenas relaciones sociales. FOTO: Gary Barnes/Pexels.

¿Qué puedo hacer si....

Soy incapaz de mentir: ni grandes engaños ni pequeñas mentirijillas

Las dificultades para usar mentiras piadosas pueden empeorar tus relaciones con las demas personas. 

Por Paka Díaz

8 DE JUNIO DE 2026 / 07:30

Hay quienes dicen que la sinceridad está sobrevalorada. Y apuntan a esas personas que sueltan verdades a bocajarro porque, según ellas, son incapaces de mentir. Son de veracidad compulsiva, una virtud que no siempre sienta bien. ¿Eres una de ellas? Ya sabes, cuando eres capaz de decir a alguien que ese vestido carísimo le hace gorda, que su corte de pelo es horroroso o que su reforma para la cocina te parece una forma despilfarrar el dinero. No ves necesidad de suavizarlo con una mentira piadosa. Ni siquiera pedir el comodín del público y optar por no responder de corazón. 

Decía el doctor House en aquella serie de la tele que ‘todos mienten‘. Pero no es verdad. Están los apóstoles de la sinceridad a cualquier precio. Nos hemos preguntado por qué hay gente que no quiere ni decir mentiras piadosas. ¿Está sobrevalorada la sinceridad en el entorno cercano? ¿Es desleal? ¿Cruel? ¿Vas de sincera pero eres una arpía? ¿Qué ocurre cuando a alguien le pasa todo esto? ¿Por qué ocurre y cómo afrontarlo? 

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En ocasiones una mentira es la fórmula menos lesiva para afrontar una situación delicada. Lo malo es que algunas personas se sienten profundamente incómodas al mentir. No en situaciones graves o éticamente complejas, sino en contextos cotidianos. No les sale decir que un regalo gusta cuando no es así, fingir entusiasmo por un plan, o suavizar una opinión para evitar herir. Las llamadas mentiras piadosas forman parte de la convivencia social. Pero para algunas personas resultan casi imposibles.

El psicólogo clínico Miguel Ángel Rizaldos, autor de numerosos trabajos de divulgación psicológica, señala ocurre por «una confluencia de factores. Entre ellos, valores personales, educación, rasgos de personalidad e incluso ciertos temores psicológicos».

Uno de los factores más importantes por lo que cuesta recurrir a las mentiras piadosas es, sorprendentemente, por la educación moral. «Si una persona creció en un entorno donde la honestidad se presentaba como un valor absoluto, donde mentir era siempre algo muy negativo, es posible que incluso las pequeñas mentiras sociales se vivan como una transgresión ética», explica Rizaldos.

Además, influye la personalidad. Algunas personas tienen una necesidad muy fuerte de coherencia interna. Su identidad está estrechamente ligada a la idea de actuar siempre de acuerdo con sus valores. «Para ellas, decir algo que no consideran verdadero genera una disonancia cognitiva muy intensa», precisa el psicólogo.

Para esas personas, el hecho de entir, incluso de forma inocente, provoca una sensación de incoherencia interna.

Muchas veces no hay que buscar tres pies al gato. Hay quienes prefieren la verdad porque es más fácil de recordar que una teoría falsa elaborada a la medida de cada situación. 

No nos engañemos: contar mentiras creíbles requiere cierta habilidad cognitiva que no todo el mundo ha desarrollado. «Mentir implica recordar lo que se ha dicho, mantener una versión coherente y controlar la expresión emocional», explica el psicólogo. 

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Una cosa es engañar a lo grande y otra bien distinta maquillar la realidad, suavizar una opinión o decir justo eso que nuestro interlocutor espera escuchar. En otras palabras, la mentira piadosa. Lejos de ser un mal, cumplen una función social importante. «Podríamos decir que actúan como un lubricante social», afirma Rizaldos.

Quienes recurren a estas mentirijillas lo hacen porque «no buscan engañar con mala intención, sino proteger los vínculos y evitar un daño innecesario». Cuando alguien pregunta si nos gusta un regalo o si su comida está buena, muchas personas optan por una respuesta amable aunque no sea completamente literal. 

Aun así, la sinceridad absoluta también puede tener consecuencias. «La sinceridad sin filtro ni empatía puede convertirse en lo que llamamos sincericidio», advierte Rizaldos. En esos casos, la honestidad se convierte en una forma de brutalidad emocional. «Decir todo lo que pensamos en cualquier momento no siempre equivale a autenticidad. A veces es simplemente falta de habilidades sociales».

El punto de equilibrio, según el psicólogo, está en lo que denomina honestidad empática. «No se trata de mentir, sino de cuidar cómo, cuándo y por qué decimos la verdad».

Si nos vemos en el atolladero de decir la verdad o mentir descaradamente, siempre nos queda una tercera vía: la diplomacia. Antes de expresar una opinión, propone hacerse tres preguntas: ¿Es cierto? ¿Es necesario? ¿Es amable? Si la respuesta a la tercera pregunta es negativa, tal vez convenga reformular el mensaje. Por ejemplo, en lugar de decir ‘ese vestido te queda fatal’, podría decirse algo como, ‘el otro modelo resaltaba más tus cualidades’. La información sigue siendo honesta, pero se transmite de manera constructiva.

Aprender esta forma de comunicación requiere práctica. «Ser diplomático no significa renunciar a la integridad», concluye Rizaldos. «Significa aprender a relacionarnos con los demás de una forma más cuidadosa». Porque en las relaciones humanas, la verdad importa, «pero la forma en que la decimos también».

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