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NO TE PIERDAS ¿Eres sincera en público o es solo una máscara social?

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Máscara social

Vamos por la vida viviendo bajo una piel que no es la nuestra y aparentamos lo que no somos. FOTO: Cottonbro/Pexels.

La autenticidad, en peligro de extinción

El dilema de si eres quien crees ser o es solo una máscara que te pones para encajar

¿Quiénes somos cuando dejamos de interpretar un papel? El pensador Chema Vílchez reflexiona sobre nuestra esencia y por qué no vivimos como en realidad nos gustaría ser.

Por Verónica Palomo

4 DE MARZO DE 2026 / 14:00

Existe una percepción global de que el mundo está peor que nunca. Y de que vamos por la vida interpretando un papel con el que no siempre nos identificamos. Una especie de segunda piel que nos hace sentir cómodos dentro de nuestras incoherencias y crueldades. Es lo que se conoce como la máscara social. «Siempre ha habido guerras, crueldad y momentos oscuros, pero en el transcurso de tu propio tiempo vivido sí puedes percibir cosas. Y ahí es donde yo noto que somos una sociedad cada vez más egocéntrica e individualista».

De esa percepción nace Al rescate del alma, un libro compuesto por relatos breves e interconectados que funcionan como una invitación a detenerse. Vílchez matiza que «no se trata de huir de la realidad, sino de ser capaz de mirarla —y mirarnos a nosotros mismos— con más lucidez».

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Una fábula para hablar de nosotros

El libro del escritor, músico y profesor de yoga, comienza planteando una fábula tan sencilla como reveladora: varios animales descubren que los seres humanos han perdido su alma. «No hablo del alma en un sentido religioso —aclara el autor— sino como metáfora de la desconexión con lo esencial».

Para Vílchez el alma tiene que ver con la sensibilidad, con la conexión con la vida, con la naturaleza, con el sentido. «No es algo abstracto. Es algo muy concreto que se manifiesta en cómo vivimos, en cómo miramos y en cómo tratamos a los demás». En la historia, los animales deciden actuar y emprenden una misión para inspirar a la humanidad, siendo el arte, especialmente la música, el camino elegido. «La música llega donde no llega el discurso. Es un lenguaje universal que conecta directamente con el corazón, sin pasar por tantos filtros mentales», afirma Vílchez.

Sin reflexión, el alma se atrofia

Así es como a lo largo del libro aparecen referencias a músicos, escritores y creadores. No como un homenaje nostálgico, sino como ejemplo de cómo la creatividad ha sido históricamente un motor de transformación colectiva. Sin embargo, el autor es crítico con el panorama actual. «Lo que hemos perdido no es solo cultura, sino la manera de entenderla», señala.

«A nivel medios de comunicación, la cultura se ha convertido en industria de entretenimiento. El cine, la literatura o la música han sido fagocitados por el negocio y, si comparamos las listas musicales de los años 70 con las de ahora, el contraste es brutal». Vílchez hace una reflexión sobre esta deriva: «Cuando todo se convierte en entretenimiento, desaparece el espacio para la reflexión. Y sin reflexión, el alma se atrofia».

Parar también es una necesidad

Uno de los ejes centrales del libro es la idea de parar. No como privilegio, ni como abandono de responsabilidades, sino como una necesidad vital. «Muchas personas dicen ‘yo no puedo parar, no me lo puedo permitir’, pero con el tiempo, la vida te hace parar igualmente. Una crisis, una enfermedad, algo inesperado».

En este sentido, lo que nos impide parar no es falta tiempo, sino el miedo que tenemos a mirar hacia dentro. «Parar no es el objetivo. Es el medio. Sirve para poner una mirada más lúcida sobre tu propia vida y preguntarte desde dónde te estás viviendo».

Vivimos obsesionado con el éxito

Uno de los relatos de Al rescate del alma reflexiona sobre el deseo, la expectativa y el miedo al fracaso. Vivimos obsesionados con el control y el éxito, pero muchas veces, cuanto más deseas algo, más se aleja. Vílchez cuenta que esto sucede porque vivimos desde el miedo a no conseguirlo. «La aceptación, insiste, no es resignación. Es como una partida de cartas. Te tocan unas cartas y tienes que mirarlas. Saber dónde estás, cuáles son tus limitaciones. Eso no significa que seas solo eso, pero sí es el punto de partida para hacer las mejores jugadas posibles».

Esa idea de aceptación conecta directamente con uno de los conceptos clave del libro: el disfraz social. «Cuando decimos ‘yo’, muchas veces no hablamos de nuestra esencia», reflexiona. «Hablamos de ideologías, de roles, de condicionamientos que hemos asumido como propios». El autor propone cuestionar esa identidad aprendida. «Es una llamada a preguntarte si ese yo es realmente tuyo o es un conjunto de máscaras que te has puesto para encajar. Aquí se trata de buscar tu propio yo, no el que te han dicho que seas”.

Hendrix y otros que nadaron a contracorriente

Plantearse todas estas cuestiones no es fácil. Nos damos cuenta de lo que hemos perdido o lo que verdaderamente queremos según vamos cumpliendo años. La pregunta es casi obligada: ¿se necesita tener cierta edad para ser capaz de reflexionar sobre todas estas cuestiones? «Absolutamente no. Yo me hacía estas preguntas con 14 años, con una intensidad tremenda”. Recuerda, además, que los grandes movimientos de cambio han surgido de gente muy joven. «El movimiento hippie, la contracultura, los Beatles, Hendrix… eran chavales. La búsqueda de sentido no depende de la edad».

Sin embargo, reconoce que el contexto actual no lo pone fácil. «Las redes sociales fomentan el postureo, el narcisismo, la figura del influencer. Se ha perdido mucho el valor de la autenticidad, del compartir, del crecimiento personal».

OTROS TEMAS WELIFE

El cambio real empieza en el individuo

Vílchez advierte que la sociedad se desliza hacia un futuro apocalíptico. «Todavía estamos a tiempo, pero no podemos seguir viviendo como si nada. Ahora bien, el cambio social por decreto no existe. Empieza empieza siempre en el individuo».

Su propuesta es clara: «Pregúntate desde dónde te estás viviendo emocional y mentalmente y desde dónde querrías vivirte. Cuando uno empieza a hacer lo correcto, pasan cosas». 

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