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Frutas tropicales huella de carbono

Incorporar frutas exóticas en el desayuno cuando estás en la otra punta del planeta tiene todo el sentido. Si estás en España, ya no tanto. Y no es cuestión de vitaminas, sino de huella de carbono. FOTO: Maridav/Getty.

Menos pitahaya y más melocotón

Desayunar frutas tropicales es como conducir 60 kilómetros en coche para comprar una sola pieza de fruta

Las frutas exóticas tienen una huella de carbono mucho mayor. Y en términos nutricionales no tienen nada que envidiar a la fruta fresca y de temporada de la dieta mediterránea.

Por Marcos López

27 DE MARZO DE 2026 / 08:23

Son exóticas, llenas de colores y de sabores intensos. Guayaba, caqui, bababa roja, papaya… ¿A quién no le van a gustar las frutas tropicales? No es de extrañar que su consumo haya aumentado en los últimos años, animadas, en muchas ocasiones, por la leyenda de que son ‘superalimentos llenas de vitaminas‘. Aunque, en realidad, puede que no sean más nutritivas que las frutas tradicionales que se cultivan en nuestro país, incluidas la papaya o el plátano de Canarias. El problema de las que vienen de lejos está en su huella de carbono.

Para entendernos: una papaya canaria es un 70% más sostenible que la importada de ultramar (Brasil). Porque hasta que no se invente el teletransporte, para viajar desde el sudeste asiático o el continente americano tienen que viajar miles de kilómetros. Eso se traduce en toneladas de combustible para los barcos, el avión y la necesaria refrigeración (las frutas son alimentos perecederos y el tiempo es oro). Y otro tanto para el cartón y el plástico para los envases donde viajan durante varios días.

Antes de comprar, saca la calculadora

La huella de carbono es un concepto que resume el impacto ambiental de un producto o actividad humana. Todo genera huella de carbono, incluso nosotros mismos al respirar o caminar generamos una pequeñísima cantidad de emisiones de gases. La cuestión es que hay ciertos productos cuyo impacto ambiental puede llegar a ser 10 veces mayor que otros similares.

Un melocotón cultivado en Murcia y consumido en temporada tiene una huella de carbono media de 0,4 kg CO2e (la ‘e’ indica equivalente, es decir, se suman todos los gases de efecto invernadero que genera, como el metano o el óxido nitroso). Una  fruta tropical importada por avión puede alcanzar los 10 – 15 kg CO2e. Imagina una pitahaya que viene desde Vietnam. Pese a ser una especie de cactus cuyo cultivo requiere menos agua que el melocotón, el impacto ambiental se dispara cuando tiene que recorrer los 10.000 – 11.000 kilómetros hasta España, normalmente, en avión. En términos de huella de carbono sería como conducir un coche de gasolina unos 50-60 kilómetros para comprar solo una pieza de fruta.

Algunas pitahayas llegan a nuestro país desde el sudeste asiático en barco. En este caso el viaje puede llegar a durar entre 35 y 40 días. Las emisiones se reducen notablemente: entre 0,15 y 0,30 kg CO2e. El riesgo en este caso es el desperdicio alimentario, ya que en este tiempo es más fácil que algunas piezas se echan a perder.

Aunque no es cultivo habitual, en la Costa Tropical española (Granada y Málaga) también se producen. En este caso se transportan por carretera en camión y la huella de carbono de estas pitahayas no supera los 0,3 – 0,6 kgCO2e. 

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El concepto huella de carbono importa para cumplir con el Acuerdo de París y mantener las emisiones totales en niveles que contribuyan a no elevar la temperatura del planeta más allá de los 1,5°C.

Manuel Moñino, dietista-nutricionista y miembro de honor de la Academia Española de Nutrición y Dietética, lo tiene claro: es mejor optar por las frutas de temporada y proximidad que por las llegadas desde allende los mares. En palabras del experto, «la recomendación general para una alimentación saludable tipo mediterránea es consumir al menos cinco raciones entre frutas y hortalizas frescas, no licuadas o en zumo, de temporada y proximidad. Si entre ellas incluimos alguna exótica porque nos gustan sus características sensoriales, perfecto. Pero no lo hagamos porque creamos que son más saludables que las que se cultivan en nuestro entorno».

Son más vistosas, pero no más saludables

Las frutas son alimentos de alto valor nutritivo. No en vano, en sus «relativamente pocas calorías aportan una amplia variedad de nutrientes y sustancias bioactivas». Y en lo que respecta a lo que importa, a sus beneficios para tu cuerpo, da exactamente igual que la fruta proceda de una huerta nacional o que haya cruzado el océano. Como indica el dietista-nutricionista, «el hecho de que sean tropicales o exóticas no aporta ningún valor diferencial con las propias de la dieta mediterránea«.

Algunas frutas exóticas que, como el fruto del monje o la fruta del dragón, son calificadas como ‘superalimentos’, un término que los profesionales de la nutrición rechazan porque da a entender propiedades casi milagrosas a un alimento. En este caso se debe a su aporte de compuestos bioactivos antioxidantes, su poder edulcorante o su contenido en vitaminas o minerales. Pero «aunque nutritivas, no deberían desplazar de forma habitual el consumo de las frutas frescas de proximidad. La variedad en la elección de frutas de temporada, es un plus para mejorar la calidad de la dieta».

Antes de comprarlas, piensa en el planeta

Llega el momento de hablar de sostenibilidad alimentaria. Y aquí las frutas tropicales tienen todas las de perder. Sus beneficios nutricionales no difieren de los que podemos encontrar en naranjas, melocotones de Alcantarilla, cerezas o un melón de Villaconejos, por citar algunos ejemplos de frutas muy de aquí. «Y tienen el inconveniente de un mayor impacto en los sistemas alimentarios por la huella de carbono asociada a su transporte y conservación», añade Moñino. Dicho de otro modo, las frutas exóticas pueden ser muy ricas y vistosas, pero no su consumo no es nada sostenible. Tu paladar disfrutará, pero el planeta sufre.

Un pequeño inciso: hay algunas distribuidoras de frutas que pueden contribuir a la sostenibilidad en su eje social y ético. Son esas frutas de comercio justo cuya venta ayuda a la economía de esas poblaciones locales. «Pero por lo general no suele ser el caso», responde Moñino. Lo que en nuestra imaginación suena como ayuda a unos agricultores locales, en realidad, es comprar a grandes explotaciones agrícolas que no dudan en deforestar grandes extensiones de terreno para sus plantaciones. «Aunque estas distribuidoras utilizan estrategias de compensación de carbono, esto no suele ser entendido por los consumidores». Y siempre queda la duda de hasta dónde es ético alterar el entorno en un lugar del planeta y luego compensar plantando árboles en otro.

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Una alimentación sostenible pasa por priorizar las frutas de temporada y proximidad sobre las tropicales o las de importación fuera de temporada. En invierno es tiempo de naranjas, y en verano, melón, sandía o frutas de hueso. Buscar ciruelas en enero es comprar una fruta que se ha cruzado medio mundo para llegar a tu despensa.

A unas malas, si tenemos antojo o es una necesidad impepinable para un plato, siempre conviene «elegir las de producción sostenible, entre otras, ecológica o integrada». Aunque no está de más buscar alternativas de temporada o, directamente, tomar nota de lo que hacían nuestras abuelas con la cocina retro y plantear platos de mercado con producto de temporada.

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