
Ni codearse con los grandes de la cocina, como el chef José Andrés, han salvado a Meghan Markle de caer. FOTO: Instagram de Meghan Markle (@meghan).
Estilo WeLife, versión no impostes que se te nota
La moraleja del fracaso de Meghan Markle: no puedes ir de natural y pecar de falta de autenticidad
Su programa 'Con amor, Meghan' prometía intimidad doméstica. En su lugar, nos hemos encontrado con flores comestibles y conversaciones de ascensor.
Por Marita Alonso
6 DE ABRIL DE 2026 / 14:00
Netflix y la esposa del príncipe Harry han acabado como el rosario de la aurora. Ella se siente incomprendida. La plataforma no se anda con rodeos y acusa a Meghan Markle de falta de autenticidad y, de paso, de ausentarse en las videollamadas que hubieran podido salvar el proyecto. Y ahora es tarde, señora, que diría la Jurado.
Voy a comenzar diciendo algo que no le va a sorprender a absolutamente nadie: vivimos en una interminable paradoja en la que pese a ser menos auténticos que nunca, castigamos a quienes no lo son. La autenticidad no abunda en las redes sociales y sin embargo, se les exige a las celebridades. Dejamos que nos engañen, pero no del todo.
Para auténticas, las Kardashian tirándose de los pelos
El modo diva inaccesible no se lleva. Por eso triunfan esas docuseries que muestran las vidas de los famosos, que desde sus hogares, explican detalles de sus vidas y de sus relaciones que nos hacen sentir cada vez más cerca de ellos. Las Kardashian tirándose de los pelos sí fueron reality bites. Por no hablar de Ozzy Osbourne enloquecido buscando en pantuflas al ladrón de sus cervezas en The Osbournes.
Y eso era lo que se esperaba de Meghan Markle, la nuera rebelde de Lady Di. Y acabó siendo un panaché edulcorado y conservador con cero credibilidad.
¿Por qué nos engañaste, Meghan?
Todos sabemos a estas alturas de la vida que hasta los docu-realities están guionizados. No le pedíamos a Meghan que llegara a las manos con Harry ante las cámaras, pero si hemos visto a Selena Gomez cortarse en dedo con un cuchillo en su programa de cocina, a Georgina comer jamón a dos carrillos con sus amigas y a Terelu sin maquillar, comiendo de todo y en abundancia, esperábamos más chicha de ‘Con amor, Meghan’, su acuerdo audiovisual con Netflix.
Pero se quedó en un publireportaje banal. Nos dejaba entrar en su casa, pero solo solo para vendernos confituras a 12 euros el tarro. Por eso el show de cocina de Meghan Markle jamás llegó a cuajar. Tras dos temporadas y un especial de Navidad, Con amor, Meghan no va a tener otra temporada.
Supongo que los únicos que lo van a lamentar serán los dueños de la casa en la que grababan el show, que ni siquiera era la suya.

Queríamos Chenoa y se quedó en Barbie
Pensábamos que se marcaría un Chenoa y la veríamos en chándal mientras se pone una copita de vino y suelta perlas sobre su vida privada californiana. O, mejor aún, lanza dardos envenenados a su perfectísima cuñada. Lo que nos encontramos fue una casa que no era suya, flores comestibles, una mujer ideal haciendo cosas cuquis en la cocina y unas conversaciones soporíferas con las que era imposible conectar.
Ver a Meghan enfundada en un jersey de Loro Piana recogiendo romero y haciendo sandwiches con sus amigos adinerados es, sencillamente, un castigo audiovisual. Nadie se mete en la cocina con ropa en tonos crudo y pastel para preparar una boloñesa. Es lo menos auténtico que la televisión ha plasmado.
La falta de autenticidad no gusta
Aclaró que no quiso grabar en su casa para preservar su privacidad. Es comprensible que no quiera que sus hijos aparezcan, pero si lo que vamos a ver es un show de cocina en el que preparar platos que nadie necesita, ponemos MasterChef. «Nunca me había sentido tan aislada de alguien en pantalla como en el último episodio, cuando Meghan muestra los huevos que han producido sus propias gallinas. ¡Eso son al menos 20 dólares en huevos con yemas de un naranja intenso que ella admira con asombro! Aun así, el verdadero lujo aquí es el tiempo», escribe en Slate Nadira Goffe.
«Cuando eres madre de dos niños pequeños sin un trabajo fijo y puedes permitirte una niñera a tiempo completo, por supuesto que tienes tiempo para hacer arcoíris de fruta para tus hijos por la mañana, para poner flores secas en todo y para hacer crepes porque ‘se sienten más especiales que un panqueque«, asegura.
Moraleja: sé auténtica, aunque quede cutre
La ex actriz lo tenía todo para ganarse nuestro amor incondicional. Un pasado plebeyo, una profesión poco royal cuyo único papel destacado era la de ser secundaria en Suits y caminar con taconazos imposibles como nadie, ser mulata y no haberle hecho tilín a la reina Isabel. Fue un soplo de aire fresco en la casa real inglesa. Nos ilusionó y cuando quisimos más, nos entregó un pastiche.
La Meghan de verdad se había esfumado. La autenticidad está sobrevalorada, pensaría ella. O no.
Solo se engaña una vez
La falta de autenticidad tiene un problema: engañas una primera vez, pierdes la confianza y se acabó. Quien peque de ser la reina del postureo, termina por lamentarlo. Porque para triunfar como celebridad tienes primero que crearte una marca personal, como María Pombo, y procurar que no se te vean las costuras. Vamos, ser auténtica.
Intentar fingir ser common people, como cantaban los Pulp, y obviar tus privilegios resulta hiriente para los que no están obsesionados con las crudités. Y, ante todo, para quienes no lo tienen fácil para llegar a fin de mes. Podemos hablar hasta de marcarse un Meghan Markle como sinónimo de falsa autenticidad impostada.
Así que, en tiempos de artificios, seamos auténticas, ¿no? Aunque sea solo porque cuesta menos que pasarnos la vida fingiendo ser quienes no somos. Ah, y que nadie lamente que a Meghan Netflix le haya dado un revés: ella seguirá haciendo crostini decorados con forma de mariquita y cubitos de hielo. Y no me avergüenza reconocer que he tenido que buscar lo que es un crostini. Al menos, soy auténtica, ¿no?
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