Lesionados de sofá
9 DE ENERO DE 2026 / 07:30
El cuerpo no se resetea con la motivación. Empezar a tope tras años de inactividad suele tener un peaje claro: lesiones evitables y abandono temprano.
José Manuel Argüello Cuenca
Cirujano ortopédico de la unidad de cadera y rodilla de la Clínica Universidad de Navarra
Cuando el cuerpo aún no está preparado, el entusiasmo adopta formas extrañas. Las lesiones al empezar a hacer deporte no siempre duelen al instante, pero casi siempre avisan. Foto: Cottonbro / Pexels
Vivimos en la era del “todo ya”. Queremos resultados rápidos, visibles y, si es posible, compartibles. También cuando hablamos de deporte y salud. Basta con asomarse a las redes sociales para encontrar retos virales, cuerpos "transformados" en pocas semanas y mensajes que repiten una misma consigna: si de verdad quieres, puedes con todo. De ahí nace la cultura del "ahora sí", ese impulso que empuja a muchas personas a pasar de años de sedentarismo a inscribirse, casi sin transición, en una carrera popular, un programa de alta intensidad o un desafío físico extremo.
La intención, en la mayoría de los casos, es buena. En consulta lo veo a menudo: personas que quieren cuidarse más, moverse mejor, recuperar sensaciones. El problema no es la motivación, sino la narrativa que la acompaña. Hemos interiorizado la idea de que el cuerpo debe responder de inmediato al entusiasmo, como si fuera un dispositivo al que se le puede exigir rendimiento solo por haber pulsado el botón correcto. Pero el cuerpo no funciona así.
Los mensajes motivacionales triunfan porque apelan a la épica: al todo o nada, al sacrificio visible, al logro rápido. Nos venden la transformación como un acto heroico concentrado en pocas semanas. Sin embargo, mejorar físicamente rara vez es espectacular. La verdadera transformación no suele dar likes: es lenta, silenciosa y acumulativa. No responde bien a la urgencia ni a la culpa.
Uno de los errores más frecuentes es creer que se puede compensar el tiempo perdido de golpe. Pasar del sofá a correr diez kilómetros en dos semanas, como si el cuerpo tuviera una deuda pendiente que saldar. Pero el cuerpo no entiende de ajustes exprés ni de propósitos grandilocuentes. Entiende de adaptación, de repetición y de descanso. La alternativa al “ahora sí” no es la pereza, sino algo mucho menos vistoso y más eficaz: la constancia.
Esta cultura no surge de la nada. La alimenta una presión social constante, historias de cambios rápidos que rara vez muestran el proceso real. La refuerza un marketing que promete cuerpos nuevos en 30 días y soluciones milagro que casi nunca cumplen lo que insinúan. Y la remata una culpa acumulada: “llevo años sin cuidarme, ahora tengo que compensarlo”. El problema es que el cuerpo no entiende de impulsos ni de prisas. Solo entiende de procesos.
Forzar cuando no se está preparado no te hace más fuerte; te rompe. Lesiones por sobreesfuerzo, desequilibrios musculares, fatiga mental y frustración aparecen con frecuencia cuando el inicio es demasiado abrupto. Cuando las metas son irreales, el fracaso no tarda en llegar. Y cuando llega, lo hace con una factura emocional alta: abandono, desmotivación y la sensación de haber vuelto a fallar.
Quizá el cambio más necesario no esté en cómo entrenamos, sino en cómo hablamos del ejercicio. Hemos normalizado un discurso que glorifica la intensidad y el sufrimiento, pero apenas celebra la continuidad. Admiramos el reto extremo, pero ignoramos el mérito de quien se mueve un poco cada semana sin hacer ruido. Nos falta una narrativa que entienda el ejercicio como un hábito sostenible, no como una prueba de carácter.
Después de un largo periodo de inactividad, el cuerpo suele enviar mensajes claros. Se notan en las articulaciones, en tendones y ligamentos menos elásticos, en un core debilitado que ya no protege como antes. No es una cuestión de edad ni de falta de voluntad. Es biología. El cuerpo necesita tiempo para readaptarse, y fingir que no es así solo conduce a la lesión o al cansancio mental.
Por eso, aguantar el dolor no es una muestra de fortaleza. Parar a tiempo, tratar una lesión y volver de forma gradual es, en realidad, la única manera de no quedar atrapado en un bucle de recaídas y frustración. Volver demasiado pronto casi siempre significa volver a lesionarse. En ese proceso, el acompañamiento profesional no es un lujo, sino una forma sensata de cuidado.
La verdadera superación no está en cruzar la meta de una maratón después de meses de parón. Está en seguir entrenando semanas, meses y años sin romperse por el camino. Cambiar la cultura del “ahora sí” por la del “poco a poco” no es una renuncia ni una falta de ambición. Es una forma de inteligencia corporal. Porque, al final, el mayor logro no es cumplir un reto puntual, sino poder seguir en movimiento y construir salud a largo plazo.
José Manuel Argüello Cuenca Cirujano ortopédico de la unidad de cadera y rodilla de la Clínica Universidad de Navarra. Doctor en medicina y cirugía, especialista en patología degenerativa, deportiva y séptica del miembro inferior. Autor de numerosos artículos científicos, profesor asociado y tutor de residentes.
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