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Cuando las vacaciones de verano se alargan tanto que llegan hasta el turrón. Foto: RDNE / Pexels
¿Quién manda: el jefe o tu cuerpo?
La ciencia ha dibujado una especie de curva del bienestar para responder a una pregunta difícil: cuándo empieza de verdad el efecto reparador de alejarse de la rutina
Por Verónica Palomo
3 DE AGOSTO DE 2026 / 07:30
Para algunas personas nunca hay días suficientes en el calendario para descansar. Es gente que se coge un mes entero de vacaciones y vuelve a la oficina cansada, quejándose y con la sensación de que necesita más. Para otros, una semana les devuelve la vida. A la hora de calcular cuántos días son los ideales para lograr descansar no hay término medio, ya que depende de muchos factores, todo ellos complicados de calcular.
Lo que sí que existen son algunos estudios que permiten dibujar una especie de «curva del bienestar de las vacaciones». Gracias a sus conclusiones podemos aproximarnos al número ideal de días que uno necesita para resetear cuerpo y la mente por completo. Es lo que se propusieron los autores de un estudio publicado en Journal of Happiness Studies. Detrás de este trabajo había investigadores de la Universidad de Radboud (Países Bajos), de la Universidad de Tampere (Finlandia) y otros centros europeos que siguieron a un grupo de trabajadores durante sus días de descanso para analizar cómo evolucionaba su bienestar.
Los resultados mostraron que los beneficios no aparecían de forma inmediata. La sensación de bienestar comenzó a aumentar durante los cuatro primeros días de vacaciones, siguió mejorando progresivamente y alcanzó su punto máximo alrededor del octavo día. A partir de ese momento, los niveles de bienestar tendían a estabilizarse.
En otras palabras, la conclusión fue que la mayor parte del efecto reparador de las vacaciones parece concentrarse durante la primera semana. Con 8 días les bastó para recargar pilas. Este resultado, muy parecido al de otros trabajos, abre el debate: ¿es mejor repartir los días libres en varios periodos a lo largo del año o concentrarlos en unas únicas vacaciones largas?
Pero no es tan fácil dictaminar cuál de las 2 opciones es mejor. «Dos personas pueden disfrutar del mismo número de días de vacaciones y obtener resultados completamente diferentes», explica la doctora Verónica Olmo, médico de Familia en el Centro de Salud Torreblanca, miembro del Grupo de Trabajo de Salud Mental de SEMERGEN y colaboradora de Schwabe. «Quien consigue desconectar, descansar y cambiar de rutina probablemente experimentará una recuperación mucho mayor que quien sigue pendiente del correo electrónico, las llamadas o anticipando constantemente la vuelta al trabajo», sostiene.
La especialista subraya que la llamada ‘desconexión psicológica‘ constituye uno de los factores más importantes para proteger la salud mental. Cuando la mente deja de estar ocupada por las obligaciones laborales, las responsabilidades o la sensación de tener que estar siempre disponible, disminuye la activación continuada de los mecanismos que intervienen en la respuesta al estrés y el organismo puede comenzar un proceso de recuperación tanto física como emocional.
Esa diferencia explica por qué unas vacaciones relativamente cortas pueden resultar suficientes para algunas personas, mientras que otras apenas perciben mejoría incluso después de varias semanas de descanso.
Pero no todas las personas consiguen dejar el trabajo atrás con la misma facilidad. Para algunos, cambiar de contexto supone un alivio casi inmediato. Para otros, la oficina sigue ocupando buena parte de sus pensamientos, aunque se encuentren a cientos de kilómetros de distancia. Y es que la capacidad para desconectar no depende únicamente de la voluntad individual.
«Existen factores relacionados con el entorno laboral, como una elevada carga de trabajo, la responsabilidad del puesto o la cultura de disponibilidad permanente, que dificultan ese proceso. A ello se suman características personales, como una mayor tendencia a la preocupación o a la rumiación mental, que pueden hacer que la persona siga trabajando mentalmente, aunque esté de vacaciones», dice la doctora Olmo.
Dificultad para relajarse, tensión constante, alteraciones del sueño, irritabilidad o la sensación de no disfrutar plenamente del tiempo libre son algunos de los síntomas que pueden acompañar esa imposibilidad de desconectar. Para la especialista, es importante no asumir este malestar como algo inevitable. «Las vacaciones deberían representar una oportunidad para favorecer la recuperación física y emocional, no un periodo en el que continúe el mismo nivel de estrés con otro escenario», señala.
Pero, ¿qué podemos hacer si somos incapaces de relajarnos? Las medidas de higiene del sueño, el ejercicio físico, las técnicas de manejo del estrés y, cuando sea necesario, el apoyo psicológico constituyen la base del tratamiento. «En aquellas personas adultas en las que el profesional sanitario lo considere apropiado, también existen alternativas farmacológicas para el tratamiento de los síntomas transitorios asociados a la ansiedad«, añade.
Lo importante es no normalizar un malestar que termina interfiriendo en el descanso, ya que unas vacaciones deberían ser precisamente una oportunidad para favorecer la recuperación física y emocional.
La tecnología sin duda ha contribuido a difuminar los límites entre el trabajo y la vida personal como nunca había ocurrido. Si hace apenas unas décadas abandonar la oficina suponía dejar atrás cualquier comunicación laboral hasta el regreso, hoy basta una notificación para volver, en cuestión de segundos, al mismo estado de alerta que durante la jornada de trabajo. La doctora Olmo considera que no es necesario renunciar completamente al teléfono móvil durante las vacaciones.
«La tecnología también facilita mantener el contacto con familiares y amigos o compartir experiencias de ocio. El problema aparece cuando el dispositivo continúa funcionando como una extensión de la oficina», destaca. Algo similar ocurre con las redes sociales. Su impacto depende del uso que haga cada persona. Mientras para algunos constituyen una herramienta de comunicación y entretenimiento, para otros alimentan la comparación constante, la sobreexposición o la sensación de que es necesario permanecer siempre conectado.
«Reducir el tiempo dedicado a las pantallas, especialmente cuando interfieren con el descanso o las relaciones personales, puede convertirse en una medida sencilla con un impacto significativo sobre el bienestar», aconseja la especialista. La idea de que unas vacaciones más largas garantizan un mayor bienestar resulta, por tanto, engañosa.
El verdadero descanso comienza cuando el trabajo deja de ocupar espacio en la mente. Las vacaciones no se miden únicamente en días, sino en la capacidad de recuperar el tiempo, la calma y la atención que el estrés cotidiano suele arrebatar.