Hay días en que tanta coliflor, apio y buenas intenciones pesan más que el menú. Foto: Ron Larch / Pexels
Microbiota, nutrición mal entendida y gurús
Dietas de quita y pon: cómo la obsesión por lo antiinflamatorio dispara la inflamación
Comer saludable está bien. Obcecarse por ingerir solo alimentos saludables altera aún más la salud digestiva.
Por Mayte Martínez
19 DE JULIO DE 2026 / 08:00
Nos hemos autoconvencido de que comer saludable, kilómetro cero, orgánico y sostenible es la solución a todos nuestros problemas. Que nos dará longevidad, mejorará nuestro rendimiento deportivo y aliviará todas las dolencias digestivas propias de la sociedad occidental, desde el estreñimiento a la inflamación crónica de bajo grado.
Sí, todo eso es bueno, pero no es el remedio para todo. Primero, porque no todo se resuelve con dieta. Mejorar lo que comemos influye, pero es solo una palanca donde en muchos casos debe entrar la medicina curativa (ninguna dieta cura per se). Y lo que es peor, en muchas ocasiones la exigencia es tan férrea que se nos va de las manos. Aparecen la ortorexia, la glucorexia y la sostenibilidadexia, si es que ese palabro existe.
Esa dieta tejida normalmente a base de tutoriales de Youtube y la sapiencia de influencers empeñados en que ‘si lo crees, lo vas a lograr’, no solo no arregla, sino que empeora lo que pretendía arreglar. Es el efecto boomerang del comer: la obsesión por las dietas antiinflamatorias dispara la inflamación.
‘Amimefuncionismo’ y otros consejos locos
Cada vez que sale un famoso contando maravillas sobre su dieta, un ejército de fans en todo el mundo se lanza a copiarlo. Sobre todo, si gracias a esa alimentación logró contener alguna dolencia, desde dolores menstruales a gases o migraña. Se ponen de moda el aguacate, el açaí, el vasito de limón con jengibre en ayunas, el calostro de cabra y otros muchos alimentos cuyo común suele ser un alto precio y la excepcionalidad en nuestra despensa.
Si a ellos les ha ido bien, nuestro autodiagnóstico casero dicta que a nosotros, también. Y si no, ya probaremos con otra. Cada vez, más estricta. Es el peligroso método de ‘prueba y error’ que domina el sector de las dietas. «A partir de los 35-40 años, hablar de una dieta saludable de forma genérica se queda corto. Lo que para una persona puede ser antiinflamatorio, para otra puede estar perpetuando un estado de inflamación silenciosa que afecta directamente a la función celular, al metabolismo y al envejecimiento biológico», indica la doctora María Fernández, del equipo de Clínica Neleva, centro internacional en healthspan fundado por el doctor Ángel Durántez, referente en medicina preventiva proactiva y age management medicine.
Conoce qué te está inflamando
La inflamación, la microbiota o la permeabilidad intestinal son conceptos relativamente nuevos para la medicina y la nutrición. «Por eso mismo, la nutrición debe dejar de basarse en recomendaciones universales y empezar a construirse sobre datos. Conocer el perfil inflamatorio interno permite diseñar estrategias personalizadas, orientadas a vivir más y mejor», prosigue la doctora Fernández.
Isabel Raya, bióloga especializada en nutrición y salud integrativa, pone el foco en la microbiota intestinal. Tu microbiota intestinal, que no tiene nada que ver con la de tu youtuber favorito. «La microbiota, ese conjunto de microorganismos que habitan nuestro intestino, varía de una persona a otra. No existen dos iguales. Distintos microorganismos tienen la capacidad de utilizar y fermentar compuestos diferentes presentes en los alimentos. Si determinados grupos de bacterias son escasos o están ausentes, algunos alimentos pueden no procesarse igual de bien. Por eso dos personas pueden comer lo mismo y obtener respuestas distintas», asegura Isabel Raya.
A esa microbiota no le hace ningún favor el estrés. Y obsesionarse con la dieta es fuente de estrés.
¿Por qué la misma dieta no funciona igual para todos?
La explicación rápida es que los famosos solo cuentan la mitad de lo que hacen. Es más instagrameable un desayuno con aguacate y achacarle el bajón del colesterol a esa fruta que reconocer que se ha quitado las cervezas, los perritos calientes y el descontrol horario del sueño.
Hay otras causas individuales que pueden hacer que lo que le funciona a Ibai Llanos no sirva para otras personas. Y aquí de nuevo nos topamos con el mismo problema: obsesionarse con la dieta de ese famoso acabará produciendo estrés, frustración y, sí, más inflamación.
¿Cómo está tu microbiota?
Para combatir la inflamación, lo primero no es googlear dieta antiinflamatoria. Hay que saber si ya existe inflamación intestinal y por qué. «Vemos con frecuencia que alimentos percibidos como saludables pueden no serlo para todo el mundo por problemas digestivos o disbiosis. Entre los más habituales están ciertos lácteos, los vegetales, y hasta los alimentos altos en proteína», explica la doctora Fernández.
También sucede con el gluten o algunos cereales integrales, «que en personas sensibles pueden favorecer inflamación digestiva y sistémica. La clave no está en demonizar alimentos, sino en entender cómo responde cada organismo», prosigue.
Revisar la huella glucémica
La sensibilidad a la insulina es otro de los talones de Aquiles del mundo moderno. Que una persona decida de la noche a la mañana abandonar los ultraprocesados y la bollería y pasarse al sendero saludable no significa que su sistema digestivo asuma el cambio tan rápido. «La respuesta a un alimento depende de cómo lo recibe cada organismo en ese momento concreto. Influyen el estado de la microbiota, sensibilidad individual a la insulina y la masa muscular», insiste la bióloga Raya.
Se empieza a hablar ya del músculo como un órgano metabólico, cuyo impacto repercute en la respuesta a la insulina y hasta en el eje intestino-cerebro regulado por la microbiota. Muchas veces vale más dedicar tiempo a las mancuernas que obsesionarse con la dieta per se.
Tu DNI genético también cuenta
Hay personas genéticamente predispuestas a no asimilar bien ciertos nutrientes. «La nutrigenómica nos permite entender que una dieta correcta no siempre garantiza una nutrición óptima. Hay perfiles genéticos que tienen menor capacidad para absorber, metabolizar o utilizar determinados nutrientes esenciales, aunque los consuman a diario. Estudiar el ADN nos ayuda a diseñar estrategias nutricionales mucho más precisas», explica la doctora María Fernández.
Evita las dietas de andar por casa
La obsesión por seguir una dieta ‘limpia’ puede generar tal estrés que empeore la sintomatología digestiva que se pretende atajar. Volverse cada vez más estricto, eliminar alimentos sin ton ni son, solo lo agravará. «Hincharse con todo no es normal, ni inevitable. Antes de eliminar alimentos, conviene revisar aspectos como la velocidad al comer, el estrés, el descanso o los horarios de las comidas, porque pueden influir mucho más de lo que pensamos», apunta Isabel Raya.
La hinchazón es un síntoma, «no un diagnóstico. La clave está en entender qué la está provocando».
Las prisas no son buenas
Otro error frecuente que lleva a esa dieta antiinflamatoria que produce más inflamación es intentar cambiarlo todo de golpe. «Sobre todo, siguiendo pautas genéricas que no encajan con la vida real ni con el metabolismo de cada persona. Tenemos que traducir la nutrición avanzada en pasos sencillos, medibles y sostenibles, diseñar un plan personalizado y que el cambio no sea una dieta temporal, sino una nueva forma de cuidarse», asegura Marina Rivas, Health Coach de Clínica Neleva.
Otras veces el problema no está en el plato, sino en lo que lo rodea. «Por ejemplo, cuando la respiración no es buena, se traga más aire, se hace peor la digestión. El estado mental puede alterar el sistema digestivo», dice Constanza Fernández, coordinadora del Grupo Psicología TCA y tratamiento Psicológico de la Obesidad del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid.
Alimentación no es obsesión
Tan malo es dar rienda suelta a la gula como restringir de forma obsesiva. «El riesgo aparece cuando es un enfoque rígido y eterno. Mantener normas muy estrictas genera frustración, culpa y una relación poco saludable con la comida», asegura la doctora Lara Garcelán, nutricionista en HM Hospitales. Y lo que es peor, eleva los niveles de estrés que van a desencadenar muchos de los procesos que se pretende evitar.
La clave de una buena alimentación está en el equilibrio entre lo nutricional y los factores estresantes. «Una buena guía es la regla del 80/20: consumir alimentos saludables el 80% del tiempo y los que nos apetezca el 20% restante», concluye el doctor Leo Cerrud, especialista en Nutrición por la Universidad Autónoma de Madrid.