NO TE PIERDAS Cuando no tienes hambre... o eso crees: la jornada intensiva me hace engordar

Tú, la nevera y un puñado de malas decisiones que acaban en kilos de más al final del verano. FOTO: Kari Alfonso (Pexels).

El falso ayuno del verano

La jornada continua me hace engordar

Llego a casa agotada, con calor y pocas ganas de cocinar. Engañar al hambre con snacks rápidos es una mala decisión y la báscula empieza a recordármelo.

Por Paka Díaz

27 DE JULIO DE 2026 / 07:30

Son las cuatro de la tarde. En la calle, el termómetro arde a más de 35 grados. Llegas a casa arrastrando el cansancio de toda la jornada continua. No tienes hambre, o eso crees tú. Notas cierta gusa, como que tienes que recargarte, pero tampoco te encuentras con fuerzas para cocinar. Justo en ese momento, aunque no seas del todo consciente, comienzan las malas decisiones.

Con esta falta de energía vital, abres la despensa, coges una bolsa de patatas fritas, un refresco frío y te tumbas en el sofá. Sin darte cuenta, has acabado con la bolsa de chips y vas por el segundo refresco, mientras bicheas Instagram y Tiktok. Te quedas dormida. Luego te despiertas, te lavas los dientes y te vas a la cama, donde te cuesta conciliar el sueño.

En poco tiempo, la báscula sube y te preguntas… ¿cómo es posible, si casi no como?

TE PUEDE INTERESAR

Aquí surge el primer error. Lo que tú percibes como no comer, no lo es. Comer no es solo sentarse con mantel y platos. La bolsa de patatas, el refresco o esa barra de pan que has ido engullendo casi sin darte cuenta suman calorías al total de tu dieta del día. O, tal vez, decides no comer, pero llegas a la cena con un hambre voraz. Y la sensación de que, como te has saltado la comida, puedes permitirte comer de más. «Muchas personas llegan a casa después de muchas horas de trabajo sin hambre aparente, pero con una necesidad de energía acumulada», explica Laura Salud, farmacéutica, nutricionista y CEO de Salmo Labs.

La experta señala que «el calor puede disminuir temporalmente el apetito durante el día, pero eso no significa que el cuerpo no necesite energía». Al contrario, cuando llegamos al final del día con cansancio físico y mental, es más fácil recurrir a alimentos muy sabrosos, ricos en azúcar, grasa o sal, porque proporcionan una recompensa rápida.

Ese ‘no tengo hambre’ que te dices a ti misma, y que sientes —o eso crees—, es engañoso. Durante el día, especialmente con altas temperaturas, el cuerpo puede reducir las señales de hambre. Pero eso no elimina la necesidad energética. Simplemente la pospone. Y cuando llega la tarde, el organismo busca una compensación rápida y sin esfuerzo.

A ese fenómeno fisiológico se suma el impacto del agotamiento mental. «Cuando estamos cansados, nuestra capacidad para tomar decisiones conscientes disminuye», señala Salud.  El cerebro busca soluciones fáciles, «y los ultraprocesados cumplen perfectamente esa función».

El problema no es solo qué comemos, sino cómo decidimos. Aquí entra en juego la psicología. Ariadna Vilalta, psicóloga experta en ciberpsicología y autora del ensayo ‘Una vida siempre en línea’, explica que «el cansancio reduce la capacidad de autocontrol«. Al llegar a casa, «el cerebro busca una recompensa rápida de azúcar, grasa, sofá y descanso inmediato».

Ese impulso no es casual, sino un mecanismo de compensación del estrés acumulado de la jornada. «Es un estrés silencioso, que nos agota y nos hace sentir que nos tenemos que premiar», añade Vilalta.

Cuando llegas a ese estado de cansancio y estrés, improvisar se convierte en la norma. «Y hacerlo con cansancio, calor y poca energía suele llevarnos a opciones rápidas, dulces o muy sabrosas», advierte Vilalta.

Entramos entonces en un peligroso bucle: no tengo hambre, no cocino; no cocino, pico; pico, no me sacio; y más tarde vuelvo a comer. Un patrón que, repetido durante semanas, puede traducirse en aumento de peso, peor calidad nutricional y sensación de descontrol.

OTROS TEMAS WELIFE

Tras entender qué está pasando, toca actuar para acabar con ese bucle. Desde el punto de vista nutricional, la clave está en la planificación. O sea, el famoso batch cooking. Se trata de «dedicar un momento de la semana a preparar alimentos básicos facilita muchísimo las decisiones posteriores», señala Salud. Tener opciones saludables visibles y accesibles marca la diferencia cuando tu energía mental escasea tras una jornada continua que se antoja eterna.

En verano, además, no se trata de forzarse a comer platos calientes o elaborados. «Funcionan muy bien las ensaladas completas con legumbres, huevo, pescado o pollo. O gazpachos acompañados de una fuente de proteína, yogur con fruta y frutos secos, o wraps con ingredientes frescos», propone la nutricionista.

La jornada intensiva no tiene por qué engordar si al llegar a casa tenemos soluciones apetecibles y nutritivas que no sean un festival de calorías, azúcares y grasas de pésima calidad. «No hay que decidir cuando estamos agotadas. Hay que dejar decisiones tomadas antes», resume Vilalta. Esto implica anticiparte. Por ejemplo, tener fruta cortada en la nevera, opciones saludables a mano y que los snacks menos recomendables estén fuera de alcance y de tu vista.

La experta señala que también funcionan las llamadas ‘intenciones de implementación’. O sea, pequeñas reglas que reducen la improvisación, como llegar a casa, beber agua y descansar diez minutos antes de comer nada. Ese pequeño margen puede romper el piloto automático de abrir la despensa sin pensar.

Otro factor clave que señala Vilalta es lo que ocurre durante la jornada. Llegar al final del día en modo agotamiento total aumenta la probabilidad de malas decisiones. Por eso, introducir pausas breves, hidratarse, moverse un poco y hacer una comida equilibrada a media jornada puede marcar una diferencia real.

Salir de la versión móvil