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La crema es una pieza clave, pero no la única, para protegerse del sol. Hay otros factores que quizás no hemos valorado lo suficiente hasta ahora. FOTO: Alesia Kozik (Pexels).
'Resistente al agua' no significa inmune
De la cantidad exacta de protección solar a la camiseta perfecta o al filtro que necesita cada piel: protegernos debidamente tiene más aristas de las que atendemos
Por Amalia Gutiérrez Cátedra
7 DE AGOSTO DE 2026 / 07:30
Ponerse la gorra, aplicar loción solar y plantarse las gafas no es suficiente. Y, sin embargo, cada año el discurso público se llena de matices que suenan científicos pero no lo son: que el callo solar entrena la piel, que la crema nos deja sin vitamina D, que los filtros son disruptores o que mejor evitar los químicos.
La desinformación tiene consecuencias reales: el cáncer de piel, en su conjunto, es el más diagnosticado del mundo, según datos de la OMS, y esta desinformación invita a descuidar la protección justo cuando la evidencia recomienda todo lo contrario. Para separar la ciencia del ruido, hemos preguntado a una médico especialista en dermatología, a una farmacéutica y a una nutricionista todo lo que se nos ha ocurrido. Toma nota de sus consejos, y de otras voces especializadas, para aprender a ponerle freno al sol, de una vez por todas.
Es una escena que habrás presenciado innumerables veces en la playa (o quizás tú misma la has protagonizado): meterse al agua con una camiseta de algodón, después de quemarse al sol, convencida de que ya se está a salvo. La respuesta corta es que sirve de poco, y aún menos si está mojada.
«Una camiseta blanca de algodón fina y seca suele ofrecer un factor de protección ultravioleta (UPF) aproximado de entre 5 y 10, muy inferior al SPF 50 que recomendamos cuando el índice UV es elevado», explica la dermatóloga Natalia Jiménez Gómez, médico especialista en dermatología clínica, estética y tratamientos láser en Grupo Pedro Jaén.
«Si además está pasada por agua, su capacidad de protección disminuye todavía más porque deja pasar una mayor cantidad de radiación ultravioleta», añade. Su conclusión es tajante: no se trata de una barrera fiable frente al sol.
Eso no significa que la ropa no sirva: al contrario, bien elegida es la mejor primera barrera. La pediatra Mar López Sureda lo indica así en sus redes sociales como consejo a los padres: las prendas con certificación UPF 50+ dejan pasar solo un 2% de la radiación UV —más eficaces, de hecho, que una crema mal aplicada—, y las telas que más protegen son la lycra o elastano, el poliéster y el nylon.
Conviene fijarse en que ponga UPF 50+ en la etiqueta, no un genérico ‘protección solar’. Si la prenda se moja o se estira, el UPF baja un poco: sigue frenando la radiación, pero menos. Por eso, como bien apunta López Sureda, la recomendación de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) es combinar ropa de manga larga con UPF, gorro, gafas y crema en las zonas descubiertas.
Para pieles ya quemadas, deportistas, fototipos bajos o personas con antecedentes de cáncer de piel, Jiménez recomienda «prendas de tejido tupido, colores oscuros o específicos con certificación UPF 50+».
Ya estamos en franja de riesgo. Toca, según la dermatóloga Natalia Jiménez, «un fotoprotector de amplio espectro —UVA, UVB, y también frente a la luz visible si hay predisposición a manchas—, con SPF 50+ y resistente al agua si va a haber sudor o baño». Y el fallo más común no es qué crema, sino cuánta: «El protector solar es el único producto dosis-dependiente», subraya la farmacéutica Estefanía Blanco, especializada en dermofarmacia.
La referencia son 2 mg. por centímetro cuadrado de piel: unos 30-35 ml para un cuerpo adulto, el volumen de dos cucharadas soperas. Ese es el verdadero argumento a favor del SPF alto. Un SPF 30 filtra en torno al 97% de la radiación UVB y un SPF 50, el 98%: poca diferencia sobre el papel, «pero como casi nunca aplicamos la cantidad suficiente, ese margen extra se traduce en estar mejor protegido», razona Blanco, que aconseja el 50 o 50+ sobre todo en verano, exposiciones largas y pieles con manchas o antecedentes de cáncer.
¿Y la reaplicación? Hay que reaplicar cada dos horas y siempre tras el baño, el sudor o la toalla, porque ‘resistente al agua’ no significa inmune. Y ni el mejor fotoprotector sustituye al resto de medidas: sombra, sombrero, gafas y evitar las horas centrales.
No. «En pacientes con acné buscamos fotoprotectores ligeros, no comedogénicos y con acabado fluido o gel-crema. Conviene evitar productos muy oclusivos o muy grasos si favorecen la aparición de lesiones, aunque el concepto ‘free’ por sí solo no garantiza que un producto sea adecuado», explica Jiménez.
En la rosácea manda otra prioridad: «El objetivo es minimizar la irritación. Suelo recomendar fotoprotectores con filtros minerales o combinaciones muy bien toleradas, sin perfume ni alcohol».
Blanco coincide en que la piel grasa ya no es coartada: «Hoy en día ya no hay excusa. Existen fórmulas desarrolladas de manera específica para este tipo de pieles con texturas ultraligeras, fluidas o en gel, acabados mate…». Su consejo mira al hábito más que al reclamo: «El mejor protector solar sigue siendo ese que utilizamos todos los días». Para la piel atópica o sensible, Mar López recomienda en sus redes filtros minerales y, de nuevo, prescindir de la fragancia.
La lógica es común a los tres casos: menos irritantes, fórmulas bien toleradas y la textura que cada piel acepte sin rechistar.
Más útil que preguntarse si un filtro es ‘físico’ o ‘químico’ es mirar la fórmula completa. Estefanía Blanco lo aclara: «La clasificación de ‘físicos’ y ‘químicos’ se ha quedado un poco anticuada. Hoy hablamos de filtros minerales (como el óxido de zinc o el dióxido de titanio) y filtros orgánicos». Y desmonta la jerarquía: «De forma objetiva, no hay un tipo mejor que otro. La mayoría de los mejores protectores solares del mercado combinan ambos tipos».
En la misma línea, en un directo, la periodista Cristina Mitre y la farmacéutica Gema Herrerías remataban que el viejo eslogan de que ‘los químicos absorben y los minerales reflejan’ está desfasado: lo que manda es el conjunto de la fórmula, no la etiqueta. Lo que de verdad importa, insiste Blanco, es la cantidad: «No protege mejor el formato, sino la cantidad que aplicamos». Y aconseja más los sticks para retocar nariz, orejas o labios que como base de todo el rostro.
¿Y el dióxido de titanio, ese ingrediente que asusta? La pediatra Mar López lo aclara en sus redes: está prohibido como aditivo alimentario (E171) porque no se pudo descartar su genotoxicidad al ingerirlo, pero como filtro en crema se considera seguro —la piel sana no lo absorbe en cantidades apreciables—. La única precaución real que apunta la experta es evitar los sprays con dióxido de titanio, sobre todo en niños, por el riesgo de inhalarlos.
Es otra de las grandes excusas para no ponerse filtro. La nutricionista Elisa Blázquez hace hincapié: «Aunque el protector solar reduce la síntesis de vitamina D, en la práctica nunca se aplica de forma perfecta y siempre llega algo de radiación UVB a la piel». Y esa síntesis depende también «de la latitud, la estación del año, la hora del día, la edad, el color de piel y el tiempo que pasas al aire libre», así que no hay receta única de minutos al sol.
Si apenas nos exponemos, «la dieta por sí sola aporta poca vitamina D», así que los suplementos «son una herramienta muy eficaz» cuando están indicados, aunque antes conviene «medir la 25-OH vitamina D en sangre y ajustar caso por caso», sobre todo en personas con poca exposición, edad avanzada, obesidad o enfermedades intestinales. En su directo, Herrerías y Mitre defendían la misma idea: blindarse del sol no condena al déficit —se corrige por vía oral— y no es excusa para abandonar el filtro.
La última capa de defensa no se extiende sobre la piel: se come. «La alimentación no sustituye al protector solar, pero sí puede aumentar la resistencia frente al estrés oxidativo producido por la radiación UV», resume Blázquez. Ciertos nutrientes ayudan a que la piel encaje mejor el castigo del sol: el licopeno (tomate cocinado, sandía), los betacarotenos (zanahoria, boniato, calabaza, mango), la luteína y la zeaxantina (espinacas, kale, acelgas), la vitamina C (kiwi, cítricos, fresas, pimiento), la vitamina E (almendras, avellanas, semillas de girasol), los polifenoles (aceite de oliva virgen extra, frutos rojos, té verde, cacao) y los omega-3 (sardinas, caballa, salmón).
Eso sí, con un límite nítido: «no evita las quemaduras ni sustituye el uso de protector solar, la ropa adecuada o la sombra».
En el tintero queda una última duda veraniega: ¿nos quemamos más en el mar y tiene algo que ver la sal? La respuesta es que sí. El agua refleja parte de la radiación UV y, lejos de filtrarla, la deja penetrar decenas de centímetros: meterse en el agua no pone a salvo. A eso se suma que la piel mojada se quema antes y que hay evidencia de que el baño en agua salada aumenta la respuesta de la piel a los rayos UVB.
Aquí encaja lo que ya avisaba Natalia Jiménez: ‘resistente al agua’ no significa inmune y conviene reaplicar tras cada chapuzón (algo que, todo sea dicho, poco se hace).
Como conclusión, el hilo que une a todas las expertas es el mismo: frente al sol no se trata de esconderse ni de bajar la guardia, sino de protegernos cada día con más conciencia. La crema es una pieza —clave, pero una— de un sistema que suma factores que quizás no hemos valorado lo suficiente hasta ahora: sombra, ropa con UPF, gorra o sombrero, gafas, evitar las horas centrales y guiarse por el índice UV diario.
Personalizar no es sinónimo de renunciar y sí de cuidarnos del sol (y de su alargada sombra). O, como resumían Mitre y Herrerías al cerrar su directo: lo seguro es la cosmética que usamos; lo que no lo es tanto, el exceso de sol sin filtro.
Solo necesitas acumular el cansancio del día, tener el móvil a mano y estar tirada en el sofá para comprar sin pensar. Y los comercios lo saben.