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Hambre emocional

Comer por ansiedad: ¿cuáles son sus causas y cómo evitarlo?

Si cuando sientes estrés o ansiedad lo primero que se te pasa por la cabeza es echar mano al frigorífico, lo más probable es que estés dando rienda suelta a tu hambre emocional.

Por Miriam Aguilar

25 de junio de 2021 / 08:57

Ansiedad, miedo, soledad, restricciones, falta de autoestima… Son muchas las causas que pueden desembocar una mala relación con la comida. El hambre emocional no entiende de razones y solo busca la satisfacción rápida, la forma de cubrir ciertas carencias a través de la comida. Obviamente, este tipo de relación con la comida no es saludable y puede desembocar en trastornos alimentarios como anorexia o bulimia, que deberíamos atajar lo antes posible.  

Hablar de ello no es fácil. Mucho menos cuando la persona no es capaz de identificar la raíz de su problema. Tania López, psicóloga sanitaria especializada en psicología clínica y medicina conductual, coordina el equipo de psiconutrición del Centro de nutrición Julia Farré, donde trabaja la forma de cambiar esta relación insana con la comida. Muchísima gente atribuye sus ganas de comer a la ansiedad, pero no saben cómo parar. A veces, ni si quiera es la ansiedad el detonante. Hay mucho más y por eso hay que saber cómo evitar comer por ansiedad. Por eso, la experta recomienda “pararnos y preguntarnos si tenemos hambre fisiológica o emocional”. 

¿Cómo saber si estamos comiendo por ansiedad?

El hambre real o fisiológico es el que aparece de manera gradual. “Tiene que ver con una necesidad de nutrir a mi cuerpo. Puedo esperar a comer, soy consciente de mis elecciones, puedo parar de comer cuando quiero y me siento satisfecho posteriormente, no genero emociones desagradables” explica la psicóloga.  Seguro que os suenan frases como “estoy en el trabajo todo el día picoteando”, “paso el día bien, pero llega la noche y es un descontrol”… Comemos por ansiedad cuando la necesidad de comer aparece de forma compulsiva y descontrolada, aunque no se tenga hambre a nivel fisiológico.

Cuando no nos escuchamos aparece la ansiedad como un aviso, una señal de advertencia para que dirijamos la mirada hacia nuestro interior y podamos identificar las carencias que estamos teniendo. Es difícil identificarlo y ser conscientes para aquellos que lo padecen. “Es un proceso que hay que aprender a gestionar, habrá mejores y peores momentos, recaídas… Lo normal es que en ciertos momentos aparezca mucha rabia y frustración y que la reacción sea intentar eliminar la conducta, intentar controlarla”, expone Tania López.

«Se trata de satisfacer una necesidad emocional, de aliviar un estado de estrés o ansiedad a través de una ingesta irracional de comida».

En el camino a seguir podemos establecer 4 grandes preguntas vitales en general, para ver qué está ocurriendo:

  • ¿Qué me está diciendo la ansiedad? Ser consciente de aquellas emociones que desencadenan que sienta la urgencia de comer y lo haga de forma compulsiva
  • ¿Cómo busco sentirme a través de la comida? ¿Qué necesito yo?
  • ¿Para qué como? Para darme calma, para buscar consuelo, para sentirme seguro, para sentirme acompañado, apagar la voz crítica, premiar o castigarme…
  • ¿De qué otra manera puedo darme aquello que estoy necesitando? Aprender a regular las emociones, dar una salida más consciente y más saludable a esas necesidades que no sea esa conducta automatizada de la comida. 
Si te das caprichos sin hambre, probablemente tengas hambre emocional
@priscilladupreez (Unsplash)

Las causas que desencadenan la ansiedad por comer pueden ser múltiples: 

Por ejemplo, una restricción de los alimentos o de las cantidades por estar a dieta. Catalogamos los alimentos como prohibidos o permitidos, en tu mente eso es bueno o malo. Controlar mucho la alimentación nos puede llevar al descontrol por mecanismos mentales que nos hacen huir de esa limitación autoimpuesta tan grande (lo que llamamos atracones).

Muchas de nuestras creencias vienen formadas de la práctica, de lo que hemos escuchado desde siempre, pero se basan en mitos de alimentación que son falsos. En este caso, no sólo limitas tu acceso a la comida, sino que además lo haces pensando que vas a perder peso cuando no es así. La frustración consecuente hará que te sientas mucho peor.

La falta de autoestima o tener una voz crítica muy potente. La creencia de que nunca es suficiente, que que puedes hacer más. La comida tapa esa autoexigencia.

La soledad, el vacío, el aburrimiento y la falta de motivación son otras razones que nos impulsan a comer con ansiedad, a desencadenar un hambre emocional que se llena a base de comida (y no precisamente saludable).

Tener dificultades en las relaciones sociales, marcar límites a las personas de nuestro entorno. La comida busca el alivio que no encuentro en mi entorno.

El miedo al rechazo social o miedo al abandono también pueden llevarnos a comer de más.

Por supuesto, entre los motivos más comunes del hambre emocional están las carencias afectivas en la relación con uno mismo. Tenemos unas necesidades que no están cubiertas. La comida nutre la relación conmigo mismo porque no sé cómo hacerlo de otra forma. Cuando tengo estrés, nervios, anticipo un peligro o una demanda, si no cuento con los recursos suficientes, busco la solución en la comida.

Algunos centros especializados en Psiconutrición:

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