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Miedo a tomar decisiones

FOTO: Tara Winstead/Pexels.

Miedo a tomar malas decisiones fuera de tu zona de confort

Si al final del día no sabes ni qué cenar, no es pereza: es fatiga mental

Eres brillante en tu trabajo exigente, pero te bloqueas con la compra en el súper, un cambio de banco o un coche nuevo. No es contradicción: es lo que le pasa a una mente saturada.

Por Abigail Campos

11 DE FEBRERO DE 2026 / 14:00

Aun no es mediodía y ya has tomado decenas de decisiones. Porque ese es tu fuerte: no tienes miedo a tomar decisiones donde saber que eres la mejor. Puede que sea directora creativa y has elegido conceptos, descartado ideas y marcado los siguientes pasos con rapidez. O abogada y has evaluado riesgos y elegido estrategias para tus casos complejos. O directiva o lideras equipos y, para esa hora, ya te ha tocado priorizar recursos, personas y plazos. Y lo has hecho casi en automático. En tu trabajo, esa agilidad es parte de tu día a día.

El problema llega cuando sales de tu territorio. De repente tienes que cambiarte de casa, elegir banco para la hipoteca, comparar colegios, coordinar la mudanza, tomar decisiones financieras, logísticas y familiares para las que nadie te ha entrenado. El mecanismo que funciona siempre como un reloj empieza a fallar: ansiedad, bloqueo, irritabilidad, dudas… Miedo a tomar decisiones fuera de tu zona de confort. O, sencillamente, a tomar más decisiones. 

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Cansada hasta para decidir

Esa sensación de bloqueo para decidir es un fenómeno conocido para la psicología. «Aunque pueda sorprender, es algo muy habitual y no tiene que ver con falta de capacidad, sino con lo que conocemos como fatiga decisional», avisa Elena Sánchez Escobar, psicóloga, cofundadora y directora clínica y de operaciones de Yees!, firma de psicólogos que trabaja con empresas para proteger la salud mental de los trabajadores.

Explica que las personas que toman decisiones importantes de manera constante en su trabajo pasan por un gran desgaste mental y emocional a lo largo del día. Cuando salen de su ámbito profesional y entran en decisiones personales, el cerebro llega ya sobrecargado.

Decidir fuera de tu zona de confort

Elegir cuando nos sentimos como pez fuera del agua cuesta. «Además, en el terreno personal no existen protocolos claros ni criterios objetivos que orienten la decisión. Todo es más ambiguo y emocional», apunta.

Una revisión integradora publicada en Frontiers in Cognition (2025) constata precisamente que la fatiga aparece cuando coinciden alta frecuencia de decisiones, muchas alternativas y falta de esquemas previos. Es decir: cuando no tenemos mapas mentales. En tu trabajo tienes protocolos, checklists y experiencia acumulada. En la vida personal, no. Y ahí el coste emocional se dispara.

Ya mañana, si eso…

Pongamos como ejemplo cambiar de coche. No es una decisión vital, pero te machaca el cerebro durante semanas. Comparas modelos, motores, híbrido o eléctrico, renting o compra. Lees reseñas contradictorias. Todo parece importante y nada concluyente. ¿El resultado? Puede ser bloqueo, indecisión o el ‘lo dejo para mañana’. Pero no por pereza. «A medida que la fatiga aumenta aparece la evitación, se toman decisiones más impulsivas o se opta por la solución más rápida. Disminuye la capacidad de análisis y pensamiento flexible, tanto en el trabajo como en la vida personal», dice Sánchez Escobar.

Esta parálisis para tomar decisiones sucede incluso en personas altamente competentes y acostumbradas a decidir en contextos de gran responsabilidad. «No es que no sepan decidir, es que han tenido que decidir demasiado», agrega.

No tomar decisiones como mecanismo de defensa

Hay que tener en cuenta, además, que cada decisión implica una renuncia, explica Laura Villanueva, psicóloga, fundadora y directora del centro Psicólogodemadrid. «Cuantas más decisiones debemos tomar, más tenemos que poner a funcionar el cerebro y más microduelos tenemos que hacer. Todo eso es trabajo para el cerebro».

Cuando llegamos a un nivel de toma de decisiones que nos supera, porque los procesos naturales de nuestro cerebro ya no son capaces de asumir todo ese trabajo, «nos vamos a proteger. Y la forma de protegernos es evitar esa toma de decisiones».

¿A quién le pasa?

Hay perfiles con trabajos súper exigentes que se ven más afectados que otros. En la medicina, el derecho, la aviación, la policía, los bomberos o las fuerzas armadas hay que tomar decisiones importantes de forma constante, a menudo con consecuencias reales para ciudadanos, recursos o resultados. «Todo lo que suponga tener vidas de otras personas en tus manos genera un estrés importante a nivel de toma de decisiones», explica Villanueva.

La fatiga por exceso de decisiones no se limita a profesiones de alto riesgo. Afecta a cualquier trabajo que exija tomar muchas decisiones, especialmente cuando son complejas, continuas o con consecuencias relevantes: directivos y gerentes, emprendedores, responsables de recursos humanos, directores escolares, orientadores educativos, asesores financieros, analistas de riesgos, trabajadores sociales, farmacéuticos, programadores, ingenieros, arquitectos, periodistas…

Fuera de los perfiles profesionales, Villanueva también relaciona estas situaciones con la carga mental de las mujeres en el ámbito doméstico, sobre todo cuando hay hijos por medio. «Como la corresponsabilidad no llega y la carga mental la asumimos nosotras, esto de la toma de decisiones es un trabajo invisible que no se ve y es agotador».

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Pánico a tomar decisiones

Aunque desde fuera algunos perfiles puedan parecer muy resolutivos y altamente productivos, el exceso de decisiones sostenidas en el tiempo tiene un impacto claro en la salud psicológica. A medio y largo plazo aparece «fatiga mental persistente acompañada de estrés, ansiedad y dificultad para desconectar del trabajo, con una sensación constante de saturación y responsabilidad excesiva», enumera Sánchez Escobar.

La lista de consecuencias psicológicas es amplia: más cortisol, fatiga crónica, síndrome de burnout… «Llegar a un síndrome de fatiga crónica afecta a todas las áreas de tu vida y puede llegar a provocar bloqueos en personas que, por ejemplo, no son capaces de conducir, o van al supermercado y no saben si comprar tomates o lechugas. También puede calar a nivel de pareja», apunta la experta de Psicólogodemadrid.

Al final, el cerebro entiende que cualquier cosa que se parezca a una decisión te va a dañar. «Y lo intenta evitar o, en los casos más graves, te bloquea».

Por si fuera poco, llegan los errores

Las consecuencias son evidentes: a mayor número de decisiones, mayor cansancio cerebral. «Y cuanto más nos cansamos, más fallos cometemos y peor decidimos», agrega Villanueva.

Advierte que hay una relación directa con la productividad en el trabajo, «ya que aumentan los errores, se reduce la creatividad y aparece una mayor rigidez en la toma de decisiones», explica Sánchez Escobar. Y en perfiles profesionales como los citados (médicos, bomberos, abogados), esto puede tener consecuencias indeseadas e importantes para terceros.

Todo desgasta un poco más 

Decidir de forma continua, especialmente bajo presión y en contextos de incertidumbre, «supone un desgaste significativo que no siempre es visible, pero sí acumulativo», manifiesta Sánchez Escobar. Hay factores organizativos que intensifican claramente estas situaciones de fatiga decisional.

«Sucede con la sobrecarga de información (tener en cuenta demasiadas variables en la decisión), la ambigüedad en los roles, las expectativas poco claras o una cultura de urgencia constante. También influyen el exceso de reuniones poco operativas, que sobrecargan la jornada de forma ineficaz, disminuyendo el tiempo que la persona dedica a aliviar su carga de trabajo, y la falta de acompañamiento en la toma de decisiones», advierte la psicóloga de Yees!.

¿Y ahora qué?

Si te has reconocido en alguna línea de este reportaje, quizá te estés preguntando qué hacer. Villanueva no duda: bajar el ritmo y reducir la carga de trabajo. Como esto no siempre está en nuestra mano, entonces llegará el momento de pedir ayuda, «desde la coherencia y la honestidad con una misma».

También recomienda retomar el contacto con el propio cuerpo a través de yoga, mindfulness y autocuidados, así como acudir a terapia para estudiar dónde nace la dificultad para tomar decisiones. «Al final, lo que hay debajo es miedo. A fallar, a no conseguirlo, a equivocarse. Entonces hay que cultivar y afianzar la seguridad interna», concluye.

 

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