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Un barrio ruidoso afecta a longevidad y cerebro. FOTO: Rada Aslanova (Pexels)

Dormir mal es solo el principio

El ruido de tu calle le roba años de vida al cerebro

Vivir en una calle con tráfico intenso es nefasto para la longevidad a largo plazo.

Por Paka Díaz

27 DE JUNIO DE 2026 / 08:00

La ciudad puede ser un gimnasio para el cerebro, por lo estimulante que es. También puede convertirse en una cinta de correr sin pausa que lo agota. El entorno urbano deja huellas medibles en la salud cerebral si se pasa de ruido constante y contaminación. Todo ello se asocia con más estrés, peor sueño y menor reserva cognitiva con los años.

La neurociencia actual habla de exposoma, o sea, todo lo que nos afecta a lo largo de la vida y que, poco a poco, modela biología y conducta. Y este exposoma depende mucho del barrio en el que vives.

El médico internista Ignasi Coll, máster en Geriatría y Gerontología, señala que «el cerebro no envejece aislado, sino dentro de un entorno. La evidencia reciente vincula contaminación, ruido y privación socioeconómica con peor salud cognitiva. En cambio los espacios verdes se asocian con mejor salud mental y, en algunos estudios, menor riesgo de deterioro cognitivo».

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Lo que ya no oímos, pero nuestro cuerpo nota

El ruido constante del tráfico rodado es algo más que una molestia. Puede afectar a la salud. La exposición crónica nocturna por encima de 55–60 dB, el límite superior deseable para exteriores según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se asocia a hipertensión, eventos cardiovasculares y peor calidad de sueño. Es lo que sucede cuando vives cerca de una carretera o tus ventanas dan a una calle con tráfico intenso a todas horas.

Dormir mal por ese ruido no solo se traduce en cansancio al día siguiente. Es un problema en sí para la salud del cerebro. Durante el sueño profundo el sistema glinfático barre metabolitos como la beta amiloide y las sinapsis se consolidan. El cuerpo realiza una auténtica limpieza mientras duerme. Pero, cuando el sueño se fragmenta, esa higiene neuronal se resiente. «Un ruido que ya no oímos puede seguir alterando el sueño», advierte Coll.

Que nos acostumbremos al runrún del tráfico no significa que ya no afecte. «La adaptación subjetiva no equivale a inmunidad fisiológica», advierte.

Respirar tubo de escape

El tráfico, el ruido y la escasez de zonas verdes afectan a nuestra salud física y mental. FOTO: Viviana Ivette BC (Pexels).

Por otra parte, la contaminación urbana, en especial de partículas finas y ultrafinas, cruza barreras, activa neuroinflamación y daña vasos. Los estudios vinculan «vivir cerca de tráfico intenso con peor rendimiento cognitivo y mayor riesgo de demencia», señala el doctor Coll.

El calor urbano y la escasez de sombra agravan el estrés térmico y el insomnio estival. En esas condiciones cuesta más conciliar el sueño y agrava los daños al cerebro.

Parques, arbolado y zonas azules se asocian con menos ansiedad y depresión, más actividad física ligera y mejor sincronía circadiana por la exposición a luz natural. Caminar por calles con árboles reduce la percepción de estrés. Y sentarse en un banco al fresco facilita vínculos casuales que, con el tiempo, refuerzan la red social, uno de los mejores seguros frente al deterioro cognitivo.

«Para una persona mayor, un banco, una acera segura o un parque cercano no son detalles menores: pueden marcar la diferencia entre salir o quedarse encerrada«, recuerda Coll.

Sin olvidar que las zonas verdes actúan de colchón térmico y panel acústico, reduciendo tanto el calor como el ruido de la calle.

¿Importa la altura a la que vives?

Aunque algunos estudios urbanos han observado menor mortalidad en plantas elevadas, probablemente por menor exposición directa al tráfico y al ruido de calle, Coll pide prudencia: «No podemos decir alegremente que vivir más alto alarga la vida. Puede haber menos contaminación y ruido, pero también más aislamiento, dependencia del ascensor, riesgo en olas de calor si la vivienda está mal aislada y menor contacto espontáneo con el vecindario».

Lo que importa, según él, es «contar con ventilación cruzada, aislamiento térmico y acústico, luz natural, posibilidad real de salir y servicios cercanos. Pero, sobre todo, una red de apoyo». La soledad no deseada también mata.

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Cómo habitar en tu entorno urbano

Aun así, no todo está perdido ni todo depende del código postal. «El cerebro tiene una enorme capacidad de adaptación», recuerda Coll. Pero esa adaptación no es gratis. Tiene un coste acumulativo. Por eso, más que resignarse, se trata de compensar.

Para habitar el barrio en el que vives en condiciones, sin mudarse, el doctor Coll recomienda «caminar y tomar rutas más verdes cuando sea posible, aunque supongan cinco minutos extra. También exponerse a la luz solar por la mañana para anclar el reloj circadiano, y proteger el sueño con persianas y, si hace falta, tapones y máscaras».

No todo se reduce al entorno urbano, un factor sobre el que poco podemos hacer. En cambio sí podemos optimizar el ambiente de casa. Tener la casa ordenada reduce el estrés y decorar con plantas en casa mejora el confort percibido.

También realizar micropausas sin pantalla en parques cercanos y participar en iniciativas de barrio, desde un huerto urbano a una caminata semanal.

«Cuidar el cerebro no es solo hacer sudokus o tomar omega‑3. Poder respirar mejor, dormir mejor, caminar sin miedo, ver árboles, conversar con alguien y seguir formando parte del barrio», concluye Coll. Eso sí, insiste en que «no podemos cargar toda la responsabilidad sobre la persona». Las ciudades, y quienes las diseñan, también tienen que hacer su parte.

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