
El hambre emocional suele llegar con antojos muy específicos, nada de platos sencillos. Foto: Adrian Infernus / Unsplash
CUERPO
Cuando el síntoma no es lo que parece: hambre, cansancio y estrés con causa oculta
A veces, lo que sientes no es lo que parece. Tu cuerpo envía mensajes encriptados que, si respondes con lo de siempre, solo empeoran el malestar. Aprende a distinguir las señales para cuidarte bien
Por María Corisco
29 DE AGOSTO DE 2025 / 14:00
Tu cuerpo habla. Todo el tiempo. Pero en medio del ruido, las prisas y las obligaciones, a veces solo lo escuchas cuando grita: el cansancio extremo, la tensión en la espalda, el atracón que llega sin aviso. Y, aun así, muchas veces respondes sintiéndote culpable de cómo te encuentras. Como si sentir fuera un error, como si estar agotada o tener hambre emocional fuera una falta. Pero, en realidad, son mensajes, señales que tu cuerpo te envía para avisarte de que algo necesita tu atención. Aprender a escucharlas no es un lujo: es autocuidado esencial.
Hambre que no es de comida: el emocional busca consuelo, no la nevera
A veces crees que tienes hambre, pero no es tu estómago quien pide algo. «No me gusta hablar de hambre real como si el otro, el hambre emocional, fuera falso», advierte Ana Morales, psicóloga especializada en nutrición emocional. «Porque si estás hecha polvo y te tiras a por media tableta de chocolate, esa hambre también se siente muy real. Solo que no nace del estómago, sino de dentro. No es física, sino emocional. Pero empuja igual, arrastra igual… y, si la ignoras, grita más fuerte».


El hambre que se disfraza de capricho
El hambre fisiológica es paciente y flexible: acepta un plato sencillo, puedes retrasarla un poco y se marcha cuando estás saciada. La emocional, en cambio, «entra como una diva dramática: aparece de golpe, exige atención inmediata y suele tener antojos muy específicos. No busca nutrirte, busca consolarte«, explica Morales. Y te da pistas muy claras: si después de comer te sientes igual de triste, ansiosa o vacía, no era hambre de comida. «Era hambre de consuelo. De descanso. De alguien que te diga ‘todo va a estar bien’. Y, como no estaba, te lo dijiste tú con una bolsa de galletas».
Por qué confundimos el hambre emocional
¿Por qué nos cuesta tanto distinguirlas? «Porque hemos sido educadas para silenciar el cuerpo», resume la psicóloga. «Aprendiste a comer sin hambre, a terminar el plato aunque estuvieras llena, a no confiar en lo que sientes. Y luego llegaron las dietas, los planes, las reglas externas. El resultado: hoy confundes el hambre con la ansiedad, el aburrimiento con el picoteo».
Pero puedes volver a ti. Con gestos simples, como «la pausa de los cinco segundos antes de comer, el check-in a mitad de plato, escribir un diario emocional o comer sin pantallas. Pero, sobre todo, compasión. Si un día te atracas de galletas, no es un fracaso. Es un mensaje. Escúchalo».
Cansancio que no se quita durmiendo: cuando el agotamiento es otro
Escúchate también cuando no puedes más, pero sigues tirando. Estás cumpliendo con todo, incluso duermes tus horas, y sin embargo te sientes vacía, desconectada, sin chispa. No es falta de sueño. Es otro tipo de cansancio: el mental y emocional. Y, si no lo atiendes, se acumula y te pasa factura.
«No todo agotamiento se soluciona durmiendo», señala la psicóloga organizacional Saundra Dalton-Smith, autora del concepto de los siete tipos de descanso. El cansancio emocional aparece cuando sostienes demasiado sin darte tregua, cuando acompañas, resuelves, piensas para otros. El mental, cuando tu mente está activa incluso de noche, repasando listas, preocupaciones o tareas pendientes.
Señales que no debes ignorar
¿Cuáles son las señales? «Pérdida de concentración, irritabilidad, fallos de memoria, ganas de aislarte, apatía. También esa sensación de que podrías llorar por nada, o por todo«. Tu cuerpo y tu mente piden una pausa más profunda: una que no implique solo dormir, sino desconectar de las exigencias invisibles.
Descanso más allá del sueño
El descanso emocional no siempre se ve: a veces es quedarte en silencio, no dar explicaciones, cancelar ese plan que te agota, permitirte estar sin hacer. A veces es llorar a tiempo, pedir ayuda o darte diez minutos de soledad.
Diferenciar lo que recarga y lo que anestesia
La clave está en distinguir entre lo que te recarga y lo que simplemente te anestesia. El scroll infinito puede parecer descanso, pero muchas veces solo te embota más. En cambio, cerrar los ojos, moverte, escribir lo que sientes o hablar con alguien que no juzgue puede ayudarte a vaciar ese peso acumulado. Como dice Dalton-Smith: «Descansar es una forma de reparación. Y cada tipo de cansancio necesita un tipo de descanso diferente».
Y, muchas veces, ese descanso empieza por reconocer que estás en tensión constante.
Estrés que se siente en el cuerpo aunque no lo notes
Quizá no sientes ansiedad evidente, pero te duele la mandíbula al despertar, tienes los hombros duros como piedra o respiras tan superficial que olvidas llenar bien los pulmones. Son señales físicas de estrés. A veces tan sutiles que ni las detectas… hasta que tu cuerpo dice basta.
«Uno de los signos más comunes de estrés crónico es la respiración entrecortada o en apnea», explica Sol de la Torre, experta en respiración funcional y autora de Respira y sana (Ed. La Esfera de los Libros). «No respiramos bien y eso hace que el sistema nervioso se mantenga en estado de alerta continua».
El cuerpo en modo «hacer» sin encender el modo «ser»
La tensión muscular, los microdolores de cabeza, el bruxismo o la sensación de ahogo sin motivo claro pueden ser formas de decirte que estás demasiado en modo «hacer» y muy poco en modo «ser». Y no siempre es por un gran problema. El estrés también se acumula por pequeños malestares sostenidos: exceso de notificaciones, conversaciones incómodas, jornadas sin pausas, exigencias internas. Todo eso deja huella.
Respirar para calmar la ansiedad
Para mantener la ansiedad a raya, la experta recuerda que «respirar de modo lento y nasal te va a ayudar. La respiración está directamente relacionada con la ansiedad porque es la herramienta que te sirve para mantenerla bajo control. Si no prestas atención a tu respiración y sigues haciéndola por la boca, estarás constantemente en modo de lucha y huida. En cambio, tener día y noche la respuesta de relajación activada irá contrarrestando los picos de estrés o ansiedad que te vayan llegando».
Aprende a bajar el volumen y escuchar lo que tu cuerpo pide
Aprender a bajar el volumen del cuerpo requiere presencia. Técnicas como la respiración consciente, los estiramientos lentos, la meditación o simplemente parar a sentirte durante el día son aliados sencillos pero potentes. «El cuerpo lleva la cuenta de todo lo que vives», recuerda la terapeuta corporal Linda Hartley. «Y, cuando no lo escuchas, te lo recuerda a su manera».
En definitiva, tu cuerpo no necesita que lo controles, sino que lo escuches. Y si te habla con hambre, con cansancio o con tensión, no está fallando: está intentando cuidarte. La próxima vez que te sientas rara, molesta, o simplemente «no bien», detente un momento. Tal vez no sea una urgencia que atender, sino una señal que abrazar.
- TEMAS
- VIDA SALUDABLE
WeLife hoy
Entrenar sin perezaCereal sorgoMelatonina o valerianaMitocondriasObesidad o sedentarismoSiguenos :)