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NO TE PIERDAS Ponerse malo en vacaciones: cuando tu cuerpo elige el peor momento para colapsar

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Mujer descansando y esperando no ponerse enferma en vacaciones

¿Pensabas que el estrés se iba a retirar sin dejar su huella solo porque ahora te apetece estar de vacaciones? FOTO: Alexander Stemplewski (Pexels).

El síndrome del día libre

No es mala suerte, es que tu cuerpo espera a las vacaciones para colapsar

No falla... Apagas el portátil, empieza el descanso y, de repente, aparece el catarro, el dolor de cabeza o esa contractura que llevaba meses esperando el momento de atacar. Aquí la explicación

Por Patricia de la Torre

1 DE AGOSTO DE 2026 / 07:30

El plan parecía perfecto: cerrar el portátil, activar el mensaje de fuera de la oficina y despertar al día siguiente convertida en una criatura descansada, feliz y con ganas de desayunar mirando al mar. En vez de eso, te duele la cabeza, tienes catarro o una contractura de campeonato. Una faena. Sobre todo porque llevas meses soñando con ese momento. Caer enfermos cuando llegan las vacaciones no es para nada raro. De hecho, es bastante normal si los días o semanas previas has vivido hasta arriba de estrés. 

El cuerpo, para nuestra desgracia vacacional, va a su propio ritmo. Apunta cada noche de sueño recortado, cada comida frente al ordenador, cada correo respondido a horas intempestivas y cada domingo dedicado a pensar en el lunes. Cuando llega el descanso, saca la calculadora. Y cobra.

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El cuerpo te la guarda

Ponerte malo durante los primeros días libres puede parecer mala suerte. El clásico virus que aparece cuando más estorba. Sin embargo, la raíz suele encontrarse en los meses anteriores, cuando el estrés se convirtió en nuestro compañero de vida.

Laura Burriel, neuropsicóloga en el Hospital Universitario Viamed Santa Elena, explica que el estrés cumple una función básica. «Es una respuesta adaptativa que nos ayuda a sobrevivir». Ante una amenaza, una urgencia o una entrega con el plazo respirándonos en la nuca, el cerebro activa el mecanismo de lucha y permite aguantar el tirón. El cortisol y la adrenalina sostienen el esfuerzo, mientras el cuerpo reserva para más adelante el cansancio, el dolor o las emociones. Ese ‘más adelante’ suele coincidir con el primer sábado de vacaciones.

«Cuando llegamos a las vacaciones y desconectamos, se reduce ese estado de hiperalerta y el cuerpo baja la guardia«, señala Burriel. «Es en ese momento cuando aparecen los resfriados, las cefaleas, los problemas de estómago o una sensación de agotamiento».

Agotamiento con intereses

Ana Galán, psicóloga especializada en ansiedad y gestión emocional, compara las hormonas del estrés con una especie de chaleco protector. Mientras permanece puesto, aguantamos y hasta tenemos la impresión de llevarlo todo bastante bien. El problema aparece al quitarse ese chaleco de golpe. De pronto, brotan con saña todo el cansancio y la tensión acumulada

Galán habla de un efecto rebote del sistema nervioso. Tras varias semanas en modo simpático, el organismo necesita recuperar poco a poco el modo parasimpático, vinculado al descanso, la digestión y la reparación. El calendario puede decir ‘vacaciones’ en letras grandes, pero el sistema nervioso lleva otro ritmo. «El cuerpo interpreta la ausencia de exigencia como algo extraño, casi amenazante, porque llevaba tiempo funcionando con el acelerador pisado», explica Galán. 

La presión por disfrutar

Entre los síntomas más comunes los expertos señalan la fatiga profunda, las molestias musculares, el sueño poco reparador, los catarros y los problemas digestivos. En el terreno emocional pueden surgir ansiedad, apatía, picos de mal humor o dificultad para disfrutar.

Esto último desconcierta bastante. Una persona lleva meses esperando las vacaciones y, cuando llegan, siente una especie de vacío. La tumbona está preparada. El libro también. El cerebro, en cambio, continúa repasando conversaciones, tareas y posibles desastres del mes de septiembre.

Galán encuentra estas señales a menudo en consulta. Explica que las personas perfeccionistas, autoexigentes o acostumbradas a hacerse cargo de todo suelen acusar más el cambio. Su identidad lleva tanto tiempo pegada al rendimiento que el descanso acaba pareciendo una pérdida de control.

Y luego está la presión por disfrutar. Porque las vacaciones actuales también traen deberes: viajar, aprovechar, descubrir restaurantes, hacer deporte, leer tres libros y regresar con un carrusel de fotos que provoque la envidia justa. Agotador hasta escribirlo.

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Sin soltar el freno de golpe

Ana Galán asegura que «el cuerpo necesita una rampa de bajada». La transición puede comenzar antes de cerrar el ordenador. Laura Burriel recomienda reducir la carga durante los últimos días, repartir las entregas y evitar concentrar todos los asuntos difíciles en la víspera del viaje. «El secreto está en realizar la transición hacia tus vacaciones de forma progresiva», afirma la neuropsicóloga.

Mantener los horarios de sueño, caminar, estirar y reservar pequeños ratos de disfrute durante la semana previa facilita el cambio. Galán propone además cerrar los asuntos pendientes con algún gesto concreto. Escribir qué queda para la vuelta, ordenar el escritorio o apagar el teléfono laboral ayuda a que el cerebro registre el final de una etapa. La tarea queda aparcada en un lugar definido, en vez de dar vueltas por la cabeza durante toda la sobremesa.

¡Bienvenidos a las vacaciones!

Una vez empiezan a contar los días sin ir a la oficina, Galán recomienda dar cierta estructura a esas primeras jornadas. Un desayuno tranquilo, un paseo, una comida ligera y una tarde abierta ofrecen referencias al organismo. También explica que es clave «no soltar el freno con excesos de golpe (alcohol, comidas copiosas)» durante el aterrizaje.

Por último, Burriel insiste en tener en mente que las vacaciones no tienen que ser perfectas. Una tarde entera dedicada a procrastinar puede resultar mucho más reparadora que recorrer una ciudad bajo un sol de justicia porque la guía asegura que quedan siete monumentos imprescindibles. El descanso también consiste en recuperar el placer de improvisar.

«Si el malestar es muy intenso, la ansiedad te desborda, sufres ataques de pánico o esa incapacidad para disfrutar y desconectar se alarga más de dos semanas, conviene consultar con un profesional», señala Burriel.

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